Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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El Escándalo
-April-
Volví pensando que el miedo más grande todavía tenía el rostro de Jhony.
Me equivoqué.
La ciudad me recibió con el mismo ruido de siempre, pero mi teléfono ya no sonaba igual. Mientras el taxi avanzaba entre semáforos y toldos, las notificaciones se apilaban con una insistencia que no reconocí del todo hasta bajar las maletas en el vestíbulo de mi edificio. Elena. Ana. Varios números desconocidos. Un mensaje de Pierre. Y debajo, sin nombre propio, una captura.
La abrí mientras iba en el ascensor.
Primero reconocí el estacionamiento. Después los cuerpos. El forcejeo. El instante en que Derek empujaba a Jhony contra el muro. La imagen estaba recortada, movida, lo bastante clara para no dejar dudas y lo bastante sucia para invitar a cualquier interpretación. Debajo, un encabezado de esos que no necesitan pruebas para hacer daño:
“Chef reconocido y figura del medio veterinario se agarran a golpes: el nombre de una joven estaría en el centro de la pelea.”
El estómago se me cayó con una precisión cruel. No decía mi nombre completo. Todavía no. Pero en los comentarios, en las historias reenviadas, en ese lenguaje cobarde de “fuentes cercanas” y “se rumora”, yo ya estaba. La practicante. La chica del Royal Veterinary Center. La que aparecía cerca de uno y del otro. La pieza jugosa que convertía una denuncia en cotilleo y un miedo real en espectáculo.
Cerré la pantalla cuando el ascensor llegó a mi piso. Las manos me temblaban tanto que me costó acertar con la llave.
Dentro, el apartamento olía a cerrado. Dejé la maleta en el suelo sin abrirla y me senté en el borde del sofá, como si el cuerpo hubiera decidido apagarse un segundo antes que la cabeza. Volví a abrir el teléfono. Más capturas. Más reenvíos. Una cuenta de chismes había subido el video con música y texto superpuesto. Otra hablaba de “triángulo”, de “romance oculto”, de “escándalo laboral”. Alguien mencionaba el divorcio de Derek. Alguien más, el apellido de Jhony y la sombra de su padre.
Mi vida, reducida a insinuaciones.
El zumbido del teléfono me sacó del pozo. Elena. No contesté a la primera. Ni a la segunda. A la tercera, el miedo a que pensara algo peor pudo más que la vergüenza.
—¿April? —La voz de mi madre salió tensa, contenida—. ¿Ya estás en la ciudad? ¿Qué es todo esto que está circulando?
Cerré los ojos.
—Acabo de llegar.
—Hay un video. Hay gente hablando. Pierre me dijo que no saltara a conclusiones, pero necesito que me digas si estás bien y si eres tú de quien están hablando.
La pregunta me entró como una bofetada suave.
—Estoy bien —mentí por reflejo. Después me corregí—. No estoy bien. Pero estoy aquí. Y sí… creo que soy yo.
El silencio al otro lado se llenó de todo lo que Elena no dijo de inmediato.
—Voy para allá.
—No. Todavía no. Necesito ordenar esto. Necesito… —Me pasé una mano por la cara—. Después te llamo.
Colgué antes de que la preocupación de mi madre me hiciera llorar.
Ana escribió, nuevamente, segundos más tarde:
Ana:
En el Centro está el infierno.
¿Estás bien?
Miré el mensaje sin saber qué responder. ¿Bien? ¿Cómo se estaba bien cuando de pronto tu miedo tenía comentarios, tu agresor tenía narrativa y tu nombre empezaba a convertirse en entretenimiento?
El teléfono vibró otra vez.
Derek. Esta vez no dudé.
—Dime que ya lo viste —fue lo primero que dijo él.
—Lo vi.
Una exhalación pesada al otro lado.
—Estoy yendo a tu casa.
—Derek…
—No para hacer una escena. Para que no te tragues esto sola.
Me reí sin gracia, con los ojos ardiendo.
—Ya no es solo “esto”. Ahora es público. Ahora mi cara, o la idea de mi cara, está en la boca de desconocidos. Pelearte con él se convirtió en una historia sobre mí.
Hubo una pausa.
—Lo sé —dijo. Y por la forma en que lo dijo entendí que también a él le estaba costando respirar dentro de esa exposición—. Ábreme cuando llegue.
Me quedé mirando la puerta del apartamento, con el video todavía alojado detrás de los ojos y una certeza nueva, más fría que el miedo a Jhony: Ya no estaba solo defendiéndome de un hombre.
Estaba empezando a defenderme de una versión de mí que yo no había escrito.
Llegó menos de media hora después.
No tocó dos veces. Ni siquiera esperó a que yo armara una versión decente de mí misma: pelo recogido a medias, cara lavada, el mismo pantalón del viaje. Cuando abrí la puerta, él estaba ahí con la mandíbula tensa y esa mirada que ya no buscaba solo si estaba rota sino cuánto del daño venía de afuera.
Entró. Cerré detrás de él.
Por un segundo no nos tocamos. El apartamento pareció demasiado pequeño para los dos y para todo lo que circulaba en los teléfonos.
—¿Cuánto viste? —pregunté.
—Lo suficiente. El video. Dos notas. Los comentarios. —Se pasó una mano por el rostro—. Mauricio también me llamó. Dice que esto complica la narrativa, pero no tumba la medida. Al contrario: si alguien está filtrando, hay que tener cuidado de no alimentar más el circo.
Asentí, aunque la palabra circo me revolvió el estómago.
—En el Centro ya se habla —dije—. Ana me avisó. Elena también llamó. Todavía no sale mi nombre completo en todas partes, pero no hace falta. La gente junta las piezas. El chef. El hijo de Castell. La practicante. Qué historia tan conveniente.
Derek dejó las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—No es una historia. Fue una agresión. Y una pelea. Punto.
—Para nosotros. —Me crucé de brazos—. Para ellos es entretenimiento. ¿Sabes lo que más asco me da? Que logran hacerme dudar de cómo se ve. Como si yo hubiera estado en ese estacionamiento repartiendo motivos.
Él levantó la vista de golpe.
—No.
—Derek, por favor. Yo sé que no. Pero el resto del mundo no estuvo en mi posición. No escuchó lo que él me dijo. No me vio empujarlo. Solo tiene un video de dos hombres golpeándose y una mujer en el medio a la que pueden convertir en lo que les dé la gana.
El silencio quedó cargado entre los dos. Derek apoyó las manos en el respaldo de una silla, inclinándose apenas, como si necesitara un punto físico para no reventar.
—Fui yo quien le pegó —dijo al fin—. Si alguien tiene que cargar con el ruido, que sea yo.
—Eso no funciona así. —Me acerqué un paso, la voz más baja y más dura—. Tú puedes ser el chef temperamental. Él puede ser el heredero problemático. Yo termino siendo la chica por la que dos hombres se agarran. Esa es la versión fácil. Y la versión fácil siempre gana en este tipo de basura.
Derek me miró entonces de verdad. Sin estrategia. Sin contención impecable. Solo con esa mezcla de rabia y culpa que se le escapaba por los ojos.
—No iba a quedarme quieto después de lo que te hizo.
—Lo sé. —Tragué saliva—. Y una parte de mí te agradece que te haya importado hasta ese punto. Pero otra parte… otra parte tiene miedo de que lo que sea que está pasando entre tú y yo ya haya nacido manchado.
La frase quedó ahí, demasiado honesta, demasiado pronto. Él se enderezó despacio.
—¿Y qué está pasando entre tú y yo? —preguntó.
No lo dijo como presión. Lo dijo como alguien que también estaba parado al borde de nombrarlo.
Me senté en el sofá porque las piernas ya no me estaban ayudando. Él se quedó de pie un segundo más y después ocupó el sillón frente a mí, sin acercarse del todo. La distancia era absurda y necesaria a la vez.
—No sé —admití—. Sé que te busqué cuando no tenía a nadie. Sé que me cuidaste. Sé que desde la graduación no puedo fingir que solo eres una persona conveniente en medio del desastre. Y ahora sé que cualquier cosa que sintamos va a leerse desde afuera como parte del escándalo.
Derek apoyó los codos en las rodillas, juntó las manos y miró el suelo.
—No voy a pedirte que definas nada mientras te están despedazando en notas de chismes.
—¿Y tú? —pregunté—. ¿Puedes soportar esto? Porque si sigue escalando, también van a sacar tu divorcio, tu apellido, tu restaurante. Sarah. Mauricio. Todo. A Jhony lo van a defender o crucificar según convenga, pero a ti también te van a morder.
Él levantó la vista.
—Que me muerdan a mí. No a ti.
La forma en que lo dijo me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
—No quiero que te conviertas en mi escudo —susurró.
—Demasiado tarde —respondió—. Ya me puse delante cuando firmó esa carta bajo presión. Ya me puse delante cuando te buscó otra vez. Y sí, también cuando le rompí la boca. Puedes estar enojada conmigo por eso. Puedes gritarme. Pero no me pidas que me haga a un lado ahora y pretenda que me da igual.
Me ardían los ojos. Aparté la cara.
—Te pedí que no hicieras nada estúpido.
—Lo sé.
—Y lo hiciste igual.
—Lo sé —repitió, más bajo—. Si pudiera regresar ese golpe, no sé si podría. Y eso también me jode.
Por primera vez desde que entró, se le quebró un poco la dureza. No del todo. Solo lo suficiente para que yo viera el coste real: no solo había golpeado a Jhony. Había puesto su nombre, su oficio y su calma en medio de mi guerra.
El teléfono vibró otra vez sobre la mesa. Una notificación nueva. Otra página. El titular ya no era tan cobarde:
“Se filtraría el nombre de la joven vinculada a la pelea entre el chef Derek Baker y Jhony Castell.”
El aire se me agotó.
Derek tomó el teléfono, leyó y lo dejó boca abajo con una lentitud peligrosa.
—Mauricio tiene que adelantarse a esto —dijo—. Comunicado sobrio. Sin detalles sórdidos. Enfocarlo en la denuncia y en la medida de protección, no en el show. Si dejamos que la prensa rosa arme sola el relato, te comen viva.
Asentí, todavía mirando el aparato como si pudiera morder.
—No quiero salir a explicar mi vida.
—No tienes que contar todo. Solo no dejar que ellos escriban primero la única versión.
Me pasé las manos por la cara. Estaba exhausta. Sucia por dentro. Y, al mismo tiempo, absurdamente consciente de que Derek estaba ahí, a un metro, sosteniendo el desastre conmigo sin pedir que le agradeciera la postura.
—Quédate un rato —dije sin mirarlo—. No toda la noche. Solo… un rato. No quiero ver sola cómo se abre esto.
Él no respondió de inmediato. Después se levantó, se quitó la chaqueta y la dejó sobre el respaldo del sillón.
—Me quedo.
No se sentó a mi lado. Se quedó cerca, lo bastante como para que su presencia llenara el espacio sin invadirlo. Afuera, la ciudad seguía. Dentro, mi teléfono seguía recibiendo el eco de una historia que todavía no terminábamos de controlar. Y por primera vez desde que volví, entendí que el verdadero problema ya no era solo que Jhony me hubiera tocado. Era que ahora cualquiera podía tocar mi nombre.