Antonia Valentini es una talentosa actriz de teatro que ha conquistado al público con su impecable interpretación de cada personaje. Su belleza, dulzura y noble corazón la convierten en una mujer admirada por todos los que la conocen. Lejos del brillo de los escenarios, dedica su vida a cuidar de su madre enferma y a apoyar a su hermano menor, Lorenzo Valentini, quien cursa su último año de instituto. El salario que recibe apenas alcanza para cubrir los medicamentos de su madre y los estudios de Lorenzo, pero jamás se ha rendido.
Su tranquila existencia cambia por completo cuando Aaron De Santis, el frío e implacable CEO de una de las corporaciones más poderosas del país, se convierte en el nuevo patrocinador del teatro donde ella trabaja.
NovelToon tiene autorización de Marilinaa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 19
Aarón la esperaba en la entrada de su casa, con el rostro desencajado y los puños apretados a los costados. En cuanto ella bajó del coche, la agarró del brazo con tanta fuerza que le hizo daño, empujándola hacia el interior sin decir una palabra. Cerró la puerta de golpe y la miró con ojos llenos de una ira oscura que ella nunca antes había visto tan cerca.
—¿Qué le dijiste? —le espetó, sin darle tiempo ni de respirar—. ¿Qué secreto le contaste a Vicent mientras estaban solos en la calle?
Antonia dio un paso atrás, asustada.
—No le dije nada, se lo aseguro. Solo me preguntó si me sentía bien. Solo eso.
—¿Crees que soy tonto? —gritó él, golpeando la pared junto a su cabeza—. Lo conozco toda la vida. Sé cuándo algo le cambia la mirada. Sé cuándo empieza a juzgarme. Y desde que habló contigo, me mira como si fuera un monstruo. ¿Qué le has contado? ¿Las amenazas? ¿El contrato? ¿Lo que hice con los medicamentos?
—¡Nada de eso! —exclamó ella, con las lágrimas brotando de inmediato—. Solo le agradecí que fuera amable. Solo le dije que… que nadie me había tratado como una persona en mucho tiempo. No le conté nada más. Lo juro.
Aarón la observó en silencio unos segundos, sopesando sus palabras, pero el celo ya le había nublado la razón.
—No debiste hablarle. No debiste mirarlo. No debiste permitir que viera más allá de lo que yo quiero que vea. —Se acercó más, invadiendo su espacio, y su voz se volvió un siseo helado—. Vicent es mi amigo. Pero tú eres mía. Y nadie, absolutamente nadie, puede interponerse entre nosotros. Nadie puede darte esperanzas que yo no he autorizado.
—Él no me dio esperanzas —intentó defenderse ella—. Solo me dijo que no estaba de acuerdo con lo que hace. Solo eso.
—Y eso es suficiente —cortó él con firmeza—. A partir de este momento, no le dirigirás la palabra. No te acercarás a él. Ni siquiera lo mirarás a los ojos. Si él intenta hablarte, te apartarás de inmediato y me lo contarás. ¿Entendido? No permitiré que nadie te meta ideas en la cabeza. No permitiré que nadie te ayude a escapar.
—Es su amigo —susurró ella—. ¿De verdad estaría dispuesto a enfrentarse a él por mí?
—Por ti haría cualquier cosa —respondió él sin dudarlo, con una intensidad que le heló la sangre—. Cualquiera que se ponga en mi camino, sea quien sea, pagará un precio que no podrá soportar. No importa si es mi socio, mi familia o el hombre que más he querido en el mundo. Si intenta separarnos, lo destruiré.
Antonia sintió que el corazón se le detenía. Comprendió entonces que Aarón no solo estaba dispuesto a perder su propia alma por tenerla, sino también a arrastrar a todos los que le rodeaban al abismo.
—Lo haré —prometió con voz quebrada—. No le hablaré. No me acercaré. Solo por favor… no le haga daño a él. No tiene culpa de nada.
—Eso depende de ti —respondió Aarón, acariciando su mejilla con una ternura que contrastaba brutalmente con sus palabras—. Si obedeces, nadie sufre. Si no lo haces… empezaré por quien más te haga dudar de mí. Y tú sabrás que es tu culpa.
Aarón soltó su brazo de golpe, pero ella no se atrevió a moverse del sitio, temblando bajo su mirada. Él se giró y caminó unos pasos por la habitación, como si buscara calmar una ira que no se apagaba, y volvió a detenerse frente a ella.
—¿Crees que no sé lo que pasa en tu cabeza? —le dijo con voz baja, pero cargada de veneno—. Vicent te dio una migaja de cariño, te dijo que no eres una marioneta… y ya empiezas a soñar con que alguien te salve. Pues escúchame bien: no hay salvación fuera de mí. Nadie más puede protegerte. Nadie más puede mantener a tu madre con vida.
—Él solo fue amable —repitió ella, intentando que entendiera—. No quiso salvarme de nada. Solo quiso que no me sintiera tan sola.
—Y esa es la peor traición —la interrumpió él, acercándose de nuevo hasta que su aliento le rozó la frente—. Porque yo soy el único que tiene derecho a estar en tu mente. Si te sientes sola, es porque no sabes valorar todo lo que te doy. Si necesitas consuelo, me lo pides a mí. No a él. No a nadie más.
Tomó su rostro entre las manos, con una fuerza que le dejaba marcas en la piel, y clavó sus ojos oscuros en los suyos.
—Si vuelvo a ver que lo miras así, como si él fuera la luz y yo la oscuridad… si vuelvo a saber que intercambias una sola palabra con él sin mi permiso… te aseguro que Vicent deseará nunca haberte conocido. No dudaré en arruinar su carrera, su reputación, todo lo que ha construido en años. Y todo por tu culpa. ¿Quieres esa carga en tu conciencia? ¿Quieres que la sangre de mi amigo te manche las manos?
Antonia sintió que se ahogaba. Las lágrimas le nublaban la vista, y apenas pudo negar con la cabeza.
—No… por favor. No le haga nada. Ya entendí. No le hablaré. No lo miraré. Borraré que existe. Solo déjelo en paz.
—Así me gusta —susurró él, besando su frente con una crueldad que dolía más que un golpe—. Porque al final, todos los que te rodean dependen de ti. Y tú… dependes totalmente de mí. No lo olvides nunca.
La soltó entonces, y se dirigió hacia la puerta como si nada hubiera pasado, dejándola allí, rota y asustada, sabiendo que ahora tenía una cadena más: la de proteger a los demás de su propia existencia.