Celeste Marín fue abandonada frente a toda la manada el día de su ceremonia. Sin Alpha, sin voz y con su madre agonizando en una clínica privada, quedó marcada como la esposa muda que nadie quería proteger.
Dos años después, Damián Valcárcel regresa a Silver Crown decidido a cerrar un matrimonio político que nunca deseó. Pero en cuanto se acerca a Celeste, su lobo reconoce un aroma imposible: jazmín nocturno, lluvia fría y una promesa de luna que ningún contrato puede romper.
Celeste no quiere un dueño. Quiere recuperar la voz que le arrebataron, destruir a la familia que la usó y descubrir por qué su madre desapareció al despertar. Damián no quiere otra Luna. Quiere a la mujer que su lobo ya eligió, aunque los Ancianos, una falsa salvadora y una manada entera intenten separarlos.
Cuando la verdad del incendio salga a la luz, Celeste tendrá que decidir si acepta el vínculo que la consume o si rechaza al Alpha que una vez la dejó sola ante todos.
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Capítulo 19
Capítulo 19: La cirugía del lobo
El quirófano olía a metal limpio, hierbas lunares y miedo controlado.
Celeste estaba acostumbrada al miedo. No a la esperanza.
Esa era más difícil de tragar.
Dr. Elías le explicó el procedimiento tres veces. Cirugía breve. Sedación ligera por su sensibilidad al acónito. Ritual del sanador después, con agua lunar y raíz amarga para obligar al veneno viejo a salir del tejido.
—Puede doler cuando despiertes —dijo.
Celeste escribió:
Todo duele.
El doctor no sonrió.
—No así.
Damián esperaba fuera del área estéril. No discutió cuando le dijeron que no podía entrar. Eso, en sí mismo, parecía una operación distinta.
Antes de que se cerrara la puerta, Celeste lo miró.
Él estaba quieto. Demasiado Alpha para parecer indefenso. Demasiado pálido para ocultarlo.
—Voy a estar aquí —dijo.
Celeste escribió:
No lo necesito.
Él leyó. Asintió.
—Lo sé.
No se fue.
La anestesia olió a sueño químico.
Celeste cayó.
No en oscuridad completa.
En bosque.
Pinos altos. Tierra húmeda. Niebla baja. La luna no se veía, pero su luz estaba en todas partes, atrapada entre ramas.
Celeste estaba descalza.
Y alguien respiraba detrás de ella.
No Damián.
No humano.
Su lobo.
La loba era apenas una silueta al otro lado de una pared transparente. Pelaje que quizá era gris, quizá plata sucia. Ojos cansados. Costillas marcadas.
Celeste levantó una mano.
La loba también.
Entre ambas, la pared olía a acónito.
*Voz*, dijo la loba.
Esta vez Celeste la oyó completa.
No como rasguño.
Como palabra.
Quiso responder.
No pudo.
La loba golpeó la pared con la frente.
*Voz.*
El entrenamiento empezó con una humillación mínima: vocales.
Elías se sentó frente a ella con una paciencia insoportable y le pidió formar sonidos sin empujar. Damián salió de la habitación por decisión propia, no porque ella se lo pidiera.
—Demasiado emocional para un Alpha —dijo Elías cuando la puerta se cerró—. Si se queda mirándote así, vas a querer consolarlo a él y arruinar mi trabajo.
Celeste escribió: Usted es cruel.
—Soy eficiente.
El primer intento fue aire. El segundo, dolor. El tercero produjo una vibración tan pequeña que habría pasado desapercibida si su loba no hubiera respondido con un golpe de cola interna.
*Otra.*
Celeste cerró los ojos.
No quería llorar por una vocal.
Lloró igual.
Elías fingió revisar una nota para no verla demasiado.
—Bien —dijo—. Mañana otra. No más por hoy.
Cuando Damián volvió, Celeste no le contó.
Solo dejó que él oliera el cambio.
Su scent se llenó de orgullo silencioso.
Y eso bastó.
Por esa noche, bastó.
Mañana volvería el dolor, la terapia, la paciencia.
Pero también volvería la voz.
Celeste se durmió con esa idea como una piedra tibia en la palma.
En sueños, no volvió al cuarto blanco.
Volvió al bosque interior donde la loba esperaba. Esta vez, la loba no estaba detrás de barrotes de veneno. Seguía lejos, apenas una silueta plateada entre árboles oscuros, pero cuando Celeste dio un paso, la distancia no creció.
*Ven despacio*, pareció decir.
Celeste obedeció.
Celeste despertó con fuego en la garganta.
El dolor la dobló sobre la camilla. Manos la sostuvieron. Dr. Elías. Una enfermera. Otra presencia cerca, enorme y contenida.
Damián.
—Respira —dijo Dr. Elías—. No intentes hablar.
Celeste no quería hablar.
Quería arrancarse la garganta.
El agua lunar le tocó los labios. Amarga. Fría. El fuego bajó un grado y volvió a subir cuando el sanador presionó dos dedos bajo su mandíbula.
El viejo acónito respondió como una criatura viva.
Dolor verde.
Su loba aulló.
Celeste no emitió sonido.
Pero el vidrio de un gabinete vibró.
Dr. Elías se quedó inmóvil.
Damián dio un paso hacia ella.
—¿Qué fue eso?
—Su loba —murmuró el doctor—. La escuché.
Celeste abrió los ojos.
No pudo enfocar.
Solo sintió la mano de Damián cerca de la suya, abierta, esperando permiso incluso en medio del caos.
La tomó.
No pensó.
La tomó.
El bond no confirmado respondió con calor limpio. No curó el dolor. Lo ordenó. Lo convirtió en algo que podía atravesar sin romperse.
Damián cerró los dedos alrededor de los suyos.
—Estoy aquí.
Por primera vez, su presencia no se sintió como una jaula.
Se sintió como una pared entre ella y el veneno.
Horas después, cuando el dolor bajó a una quemadura soportable, Dr. Elías le entregó una libreta.
No hables hoy.
Celeste leyó la indicación y casi se rió.
No tenía intención.
Entonces su loba habló otra vez.
Más cerca.
*Celeste.*
Ella dejó caer la libreta.
Damián se inclinó.
—¿Qué pasa?
Celeste tocó su propia garganta. Lágrimas, inesperadas y furiosas, le llenaron los ojos.
No por tristeza.
Porque alguien dentro de ella acababa de llamarla por su nombre.
Damián entendió lo suficiente.
No la abrazó.
Solo se quedó.
Y esa vez, Celeste no le pidió que se fuera.
En la madrugada, el dolor cambió de forma.
No disminuyó. Se volvió más preciso. La garganta ardía al respirar, la espalda dolía como si hubiera cargado una montaña y, aun así, debajo de todo, la loba seguía allí. No como ruido. Como presencia.
Celeste abrió los ojos y encontró a Damián dormido en una silla, incómodo, con la cabeza inclinada hacia adelante y una mano aún abierta sobre la manta, cerca pero sin tocar.
Su scent estaba agotado.
Eso la sorprendió.
Los Alphas, en las historias, parecían no cansarse nunca. Damián sí. Tenía ojeras, la camisa arrugada y una línea de tensión en la boca. El hombre que la había dejado sola en una ceremonia ahora llevaba horas cuidando la distancia exacta entre acompañar y estorbar.
Celeste movió los dedos.
El bond respondió antes que él.
Damián despertó de golpe.
—¿Dolor?
Ella señaló la garganta, luego hizo un gesto pequeño con la mano: soportable.
Elías apareció como si hubiera olido la desobediencia desde otro piso.
—No intenten conversación dramática a las cuatro de la mañana.
Damián parpadeó.
—No hice nada.
—Su aura sí.
Celeste quiso reír.
Esta vez salió un sonido mínimo, casi aire.
Los dos hombres se quedaron quietos.
Ella también.
La loba, dentro, levantó la cabeza.
*Voz.*
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que víva los novios
vamos tu puedes
siempre
luchando
Que lindo
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