Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 19
Capítulo 19
Después del muro
Después del cumpleaños, algo cambió en la oficina.
No fue un cambio grande. No fue un anuncio ni una declaración. Fue más bien como cuando alguien baja un grado la temperatura del aire acondicionado: no lo notas al instante, pero después de un rato te das cuenta de que ya no tienes frío.
Sebastián dejó de mandarle los informes a rehacer sin motivo. Cuando pasaba por su escritorio, en lugar de dejar carpetas con un golpe seco, las ponía con un gesto que casi podría describirse como cuidadoso. Un lunes, a las tres de la tarde, apareció un café americano en su escritorio sin explicación. Valentina lo miró. Miró hacia la oficina de Sebastián. Él estaba al teléfono, de espaldas, como si el café hubiera aparecido por generación espontánea.
Carolina no dijo nada. Pero la mirada que le lanzó a Valentina por encima del cubículo valía más que mil palabras.
Los encuentros de la semana siguieron su nueva rutina: él la recogía, comían, caminaban, hablaban. Cada vez hablaban un poco más. Cada vez los silencios eran más cortos y los temas más reales.
—¿Estás saliendo con el jefe? —preguntó Carolina el jueves, directamente, sin preámbulo, mientras compartían una bolsa de cacahuates japoneses en la cocina.
—No.
—Valentina.
—No estamos saliendo.
—Ayer te trajo un café sin que se lo pidieras. Hoy no te gritó en la junta cuando a todos nos gritó. Antier te abrió la puerta del elevador. Sebastián Montero no le abre la puerta ni al consejo de administración.
—Es mi jefe. Es cortesía.
—¿Cortesía? ¿Sebastián Montero? —Carolina se comió tres cacahuates de golpe—. Valentina, el día que ese hombre sea cortés con alguien sin motivo, la Virgen de Guadalupe baja de su marco. Dime la verdad.
Valentina la miró. Carolina era su única amiga en esa oficina, tal vez su única amiga en la ciudad después de Andrés. Le debía más que mentiras.
—Es complicado —dijo.
—Siempre es complicado. Eso no es respuesta.
—Pues es la única que tengo.
Carolina suspiró. Le puso la mano en el brazo.
—Oye, sea lo que sea, me da gusto. Te ves diferente. No sé si mejor, pero diferente. Y "diferente" después de tres años de verte con la misma cara de velorio, ya es algo.
El viernes por la noche, Sebastián la llevó a su departamento.
No el de ella. El de él.
Polanco, piso dieciocho, ventanales del piso al techo que mostraban la Ciudad de México como si fuera un cuadro que alguien pintó con luces. El departamento era grande, minimalista, con muebles oscuros y una limpieza que delataba servicio doméstico diario. Olía a madera y a café recién hecho.
—¿Quieres algo de tomar? —preguntó Sebastián, dejando las llaves en un plato de cerámica junto a la puerta.
—Agua, por favor.
Le trajo un vaso. Valentina lo tomó y caminó hasta el ventanal. Desde el piso dieciocho, la ciudad era un río de luces que se extendía hasta el horizonte. Los coches en Reforma parecían hormigas luminosas. El Ángel de la Independencia brillaba como un faro dorado en medio de todo.
—Es increíble —dijo.
—Te acostumbras.
—No creo.
Sebastián se paró a su lado. Estuvieron un momento mirando la ciudad, los dos reflejados en el cristal como fantasmas superpuestos sobre las luces de la noche.
—Quiero enseñarte algo —dijo él.
La llevó hasta un escritorio de madera oscura que estaba contra la pared del estudio. Abrió un cajón. Sacó una foto.
Era una fotografía vieja, impresa en papel mate, un poco amarillenta por los bordes. Tres personas: una chica de pelo oscuro con aretes de mariposa, una chica con el pelo corto y una sonrisa enorme, y un joven desgarbado con una camiseta de los Pumas y una expresión que Valentina nunca le había visto a Sebastián: felicidad sin filtro.
Lucía, Valentina y Sebastián. Graduación de preparatoria. Tenían dieciocho, dieciocho y veinte años.
Valentina tomó la foto. La mano le temblaba.
—No sabía que tenías esta foto.
—Lucía me la dio. Dijo que la guardara por si algún día se le perdía la suya.
En la foto, Lucía estaba en el centro. Tenía los brazos sobre los hombros de ambos, Valentina a la izquierda, Sebastián a la derecha. Los tres sonreían como si el futuro fuera algo bueno que les estaba esperando.
—Éramos tan felices —dijo Valentina.
Sebastián miró la foto. Sus ojos recorrieron los tres rostros, deteniéndose un segundo en el de Lucía.
—Sí. Lo éramos.
El pasado tense cayó entre ellos como una piedra en agua quieta. "Éramos." Ya no. Eso fue antes. Antes de la noche, antes de la ambulancia, antes de los cinco años de hielo.
Valentina dejó la foto en el escritorio. Al hacerlo, sus ojos captaron algo más: un sobre color crema con un nombre escrito en la parte frontal con letra de mujer — "Carmen" — y al lado, parcialmente cubierto por unos papeles, un folder con el logo del Hospital Ángeles.
No preguntó. No era el momento. Pero lo registró.
Sebastián la llevó de vuelta a Coyoacán a las once. En el auto, ella se reclinó contra el asiento y cerró los ojos. Él condujo en silencio, con la radio baja — una estación de jazz que Valentina no sabía que existía en la Ciudad de México.
—Sebastián.
—¿Hmm?
—Gracias por enseñarme la foto.
—Era tuya también.
Valentina abrió los ojos. Lo miró de perfil: la mandíbula dura, la nariz recta, las manos firmes en el volante. Y detrás de todo eso, apenas visible, como una grieta en una pared que de lejos parece perfecta: la sombra del chico de veinte años con la camiseta de los Pumas que alguna vez fue feliz.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo ella.
—Depende.
—El sobre en tu escritorio. El de Carmen.
Sebastián no contestó inmediatamente. Sus manos se tensaron en el volante.
—Es un informe médico.
—¿De tu mamá?
—Sí.
Valentina esperó. Sebastián condujo dos cuadras más antes de hablar.
—El doctor dice que la quimioterapia está funcionando, pero más lento de lo que esperaban. Quieren añadir otro ciclo.
—¿Ella lo sabe?
—Sí. Y no le importa. Mi madre pelea contra el cáncer con la misma terquedad con la que pelea contra todo lo demás.
Valentina miró la calle oscura pasar por la ventanilla.
—¿Eso incluye pelear contra mí?
Sebastián la miró un segundo. Volvió a la carretera.
—Mi madre no pelea contra ti. Pelea contra la idea de que Lucía pueda ser reemplazada. Y en su cabeza, cualquier mujer que se acerque a mí está reemplazando a Lucía.
—Yo nunca reemplazaría a Lucía.
—Lo sé.
Llegaron a su edificio. Valentina se quitó el cinturón. Abrió la puerta. Entonces, sin pensarlo, sin calcularlo, extendió la mano y tomó la de Sebastián que estaba sobre la palanca de cambios.
Él se quedó inmóvil.
La mano de Valentina era pequeña y fría. La de Sebastián era grande y cálida. Se quedaron así tres segundos, tal vez cinco, con los dedos entrelazados sobre la palanca de un auto estacionado en una calle oscura de Coyoacán.
Sebastián le apretó la mano. Una vez. Firme. Como quien dice "estoy aquí" sin usar palabras.
Luego la soltó.
—Buenas noches —dijo él.
—Buenas noches.
Valentina bajó del auto. Caminó hasta la puerta, entró, subió las escaleras. Encendió la luz.
El auto no arrancó hasta que la luz se encendió.
Siempre esperaba a que la luz se encendiera.