Hace seis años, Renata Salas dejó al amor de su vida de rodillas bajo la lluvia. Él era ciego, pobre, un don nadie. Ella le gritó que un ciego jamás estaría a su altura, le dio la espalda y se casó con otro.
Seis años después, todo se invirtió.
Maximiliano Montenegro recuperó la vista y construyó un imperio. Hoy es el dueño de Grupo Montenegro, el hombre más temido de la ciudad. Renata, en cambio, regresó arruinada, ahogada en deudas, con una sola salida humillante: convertirse en su médica personal.
—¿Necesitas dinero? —le dice él, con esa sonrisa de hielo—. Por lo que alguna vez fuimos, puedo darte una limosna.
Pero lo que Maximiliano no sabe es por qué Renata lo abandonó de verdad. No fue por falta de amor. Fue un secreto que la destroza por dentro: su propia familia arruinó a la del hombre que ama, y ella decidió cargar sola con la culpa para protegerlo, aunque eso significara que él la odiara para siempre.
Él la desprecia, la castiga... y aun así mueve cielo, mar y todo su imperio cada vez que alguien se atreve a lastimarla. Porque por más que jure haberla olvidado, sigue llevando al cuello el anillo que ella le regaló.
Entre venganzas que arden, mentiras que separan y un amor que se niega a morir, los dos tendrán que elegir: ¿hundirse en el orgullo... o atreverse a amarse otra vez?
Y cuando por fin la verdad salga a la luz... ¿quedará algo que salvar?
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Capítulo 19
Capítulo 19: Veneno, Fin de Año y la infidelidad
Algo le pasaba a don Genaro.
Renata lo notó en la ronda matutina del Hospital Santa Elena. Las constantes del paciente, estables durante seis años, se habían disparado de un día para otro: presión irregular, marcadores hepáticos alterados, una respuesta neurológica que iba para atrás en vez de para adelante. No tenía sentido. Un cuerpo en estado vegetativo no se descompone así, de golpe, sin una causa externa.
Pidió análisis de sangre completos y los revisó ella misma, sin delegar. Lo que encontró le erizó la piel: rastros de una sustancia que no estaba en ninguna de sus indicaciones. Un compuesto raro, parcialmente degradado, que su laboratorio no logró identificar del todo. Lo único claro era que alguien se lo había inyectado. A propósito.
—Alguien quiere que empeore —murmuró, mirando los resultados—. Alguien quiere que se muera.
Pero ¿quién? ¿Y por qué, después de seis años? Don Genaro llevaba media vida en esa cama; ¿qué cambió para que alguien decidiera, justo ahora, acelerarle la muerte? Renata repasó la lista de quienes tenían acceso a la habitación 401 y no le gustó ninguna de las posibilidades. Guardó las muestras bajo llave, pidió cámara en el cuarto, reforzó las restricciones de acceso y dejó orden de que solo el personal que ella autorizara pudiera entrar. No le dijo nada a Max todavía. No tenía pruebas, solo una certeza fría en el estómago y la sensación de que ese frasco anónimo era la punta de algo enterrado hacía mucho.
—
Con Max, las cosas estaban heladas.
Desde la noche del antro, desde la palabra "amante", él la evitaba con una disciplina militar. Coincidían en los pasillos de la casa y él miraba a otro lado. Le hablaba lo justo, en usted, cortante. Dormía del otro lado de la pared y no volvió a inventar pretextos para tocar a su puerta. Renata se decía que era exactamente lo que había buscado. Se lo decía cada noche, sin creérselo nunca.
Lo que no sabía era que Max, del otro lado de esa pared, tampoco dormía.
—
La cena de Fin de Año fue idea de Fernanda y Emilio, los dos únicos que en esa casa no estaban librando una guerra fría.
—Es Fin de Año —decretó Fernanda, plantando una olla de bacalao en la mesa de Las Lomas—. Nadie se amarga el bacalao por orgullosos. Los cuatro, sentados, comiendo, y el que ponga mala cara se queda sin uvas.
Así que cenaron los cuatro, en una mesa demasiado grande, con Fernanda y Emilio peleándose por todo y Max y Renata tratando de no mirarse. Fue casi soportable. Hasta agradable, por momentos, con la tele de fondo dando las campanadas y Emilio robándole uvas a Fernanda.
—Las doce uvas hay que comérselas con un deseo cada una —explicó Fernanda, repartiéndolas—. Y nada de hacer trampa.
—Eso es superstición —protestó Emilio, pero se las comió todas.
—¿Qué pediste? —lo picó Fernanda.
—No se dice o no se cumple.
Renata, frente a su platito de uvas, no supo qué pedir. Tenía tantas cosas que no se atrevía ni a nombrar. Al levantar la vista, sorprendió a Max mirándola desde el otro extremo de la mesa, las uvas intactas frente a él, como si tampoco él supiera qué desear o lo supiera demasiado bien. Los dos apartaron la mirada al mismo tiempo.
Entonces sonó el teléfono de Max. En el silencio de un brindis, todos alcanzaron a oír el nombre en la pantalla: Ariadna.
Max miró el aparato. Miró, apenas un segundo, a Renata. Y contestó en altavoz, a propósito, con una voz de hielo que no admitía dudas:
—Ariadna. Escúchame bien, porque lo voy a decir una sola vez. No vuelvas a llamarme. No vuelvas a buscarme. No vuelvas a usar mi nombre. Te voy a bloquear de todo, y si te le acercas otra vez a la doctora Salas, hablo con tu padre de cosas que te van a costar la herencia completa. Feliz año.
Colgó. Bloqueó el número delante de todos. Y aunque no miró a Renata al hacerlo, todos en la mesa entendieron para quién había sido ese gesto.
Renata bajó la vista a su copa para que nadie le viera la cara. Era un hombre furioso con ella, que la trataba en usted y la evitaba como a la peste. Y acababa de cortar de raíz a otra mujer, en público, por ella. Los dos podían estar en guerra; eso no cambiaba de qué lado estaba él.
—
Pasada la medianoche, Renata pidió un taxi para ir a ver a su abuela y de paso pasar por casa de Rubén a recoger unos documentos del seguro de Daniela. Llovía, una de esas lluvias frías de invierno en la ciudad.
—No vas a pedir taxi a esta hora, con esta lluvia. —Max apareció en el recibidor con las llaves del coche, áspero—. Sube. Te llevo. Es por seguridad, no te hagas ideas.
Fueron en silencio, los limpiaparabrisas marcando el ritmo. Cerca de la casa de Rubén, en una calle mal iluminada, Max frenó de golpe.
—¿Esa no es…?
Renata siguió su mirada. Bajo el alero de una tienda cerrada, resguardándose de la lluvia, había dos siluetas demasiado juntas. Una era Imelda, su madrastra. El otro, un hombre que ella no conocía, fornido, de gabardina. Y no se estaban resguardando de la lluvia precisamente: se besaban, las manos de él bajo el abrigo de ella, con la urgencia de quien lo hace a escondidas desde hace mucho.
A Renata se le aceleró el corazón. No de escándalo. De cálculo.
—Espérame aquí —murmuró.
—Rena, ¿qué…?
—Un segundo.
Bajó del coche, se cubrió con la capucha y se acercó por la acera de enfrente, protegida por la lluvia y la penumbra. Sacó el teléfono. Y grabó: a Imelda, al hombre, los besos, las caras perfectamente reconocibles bajo la luz amarilla del único poste que funcionaba. Treinta segundos. Suficiente.
Volvió al coche empapada, con el teléfono apretado en la mano y una calma nueva en la cara.
—¿Qué fue eso? —preguntó Max.
—Mi madrastra —dijo Renata, guardando el video— acaba de regalarme algo muy útil.
Max la miró, sin entender del todo, pero reconoció esa expresión: la de una mujer que acababa de encontrar una palanca y sabía exactamente dónde meterla.
—
Esa noche, sola en su cuarto, Renata vio el video tres veces.
Imelda. Engañando a Rubén. Con un hombre cuyo rostro tenía grabado. No sabía aún quién era ese tipo, ni desde cuándo, ni qué tenía que ver con nada. Pero sí sabía dos cosas: que ese video podía romperle el matrimonio a Imelda cuando ella quisiera, y que su madrastra, la mujer que la había despreciado toda la vida, acababa de ponerse, sin saberlo, en sus manos.
Lo que Renata todavía no imaginaba era que ese hombre de la gabardina, ese amante secreto, era la llave de un secreto mucho más grande y más oscuro: la verdad sobre quién había empujado a don Genaro al vacío seis años atrás.
Guardó el video con doble contraseña y se acostó, escuchando la lluvia golpear el cristal, sin saber que acababa de tirar, sin querer, del primer hilo de toda la madeja que llevaba seis años enredada en la oscuridad.
Ojalá él consiga otra mujer y ella quede sola ! No
Merece un hombre como él !!😭