Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
---
NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Capítulo 16: Toda la vida si es necesario
Santiago no se fue.
Valentina lo comprobó tres veces durante la noche.
A las once y media, miró por la mirilla y lo encontró sentado en el piso del pasillo, la espalda contra la pared, el abrigo sobre las rodillas. Tenía la cabeza inclinada y el celular apagado en la mano. No tocaba la puerta. No mandaba mensajes. Solo estaba ahí.
A la una, volvió a mirar. Seguía despierto.
A las tres, cuando la culpa le ganó al orgullo por un segundo, abrió apenas la puerta. Santiago levantó la vista de inmediato.
—¿Necesitas algo? —preguntó él.
La pregunta la desarmó. No dijo "por fin". No dijo "déjame entrar". Le preguntó si ella necesitaba algo.
Valentina volvió a cerrar.
No durmió bien.
Soñó con pasillos: el del hotel, el de su edificio, el de Lomas que llevaba a una llamada sobre una mujer desconocida. Se despertó antes de que sonara el despertador, con la boca seca y el corazón cansado.
El sol apenas entraba por la ventana cuando fue a la puerta.
Santiago seguía ahí.
Esta vez estaba de pie, como si hubiera escuchado sus pasos. Tenía la camisa arrugada, el cabello desordenado y ojeras que no lograban quitarle dignidad, solo volverlo más humano. En una mano sostenía dos vasos de café de una tienda de conveniencia. En la otra, una bolsa de pan que probablemente había comprado en cuanto abrió el local de la esquina.
Valentina abrió por completo.
—¿Toda la noche aquí?
Santiago la miró con una mezcla de cansancio y alivio.
—Toda la vida si es necesario.
El corazón de Valentina hizo algo estúpido.
—Eso no es saludable.
—Lo sé.
—Ni romántico, si te da neumonía en mi pasillo.
—No hacía tanto frío.
—Estás temblando.
—Un poco.
Valentina lo miró, furiosa porque le diera ternura, furiosa porque la ternura no borrara el enojo, furiosa porque quisiera quitarle el café de la mano y abrazarlo al mismo tiempo.
—Pasa.
Santiago no se movió.
—¿Estás segura?
—Antes de que mi vecina salga y te adopte o te denuncie.
Él entró.
El departamento era pequeño con él dentro. No porque estorbara, sino porque su presencia llenaba el aire. Valentina tomó la bolsa de pan y señaló el sofá.
—Siéntate.
—Valentina...
—Si vas a disculparte, siéntate. Me duele la cabeza.
Santiago obedeció.
Ella calentó agua, sacó dos tazas y puso el café barato junto al que él había comprado. Hacer cosas con las manos le ayudaba a no romperse en lugares equivocados. Cuando se sentó frente a él, el silencio ya no era de pelea, sino de resaca emocional.
—Perdón —dijo Santiago.
Valentina tomó su taza.
—Dijiste eso ayer.
—Ayer lo dije por partes. Hoy quiero decirlo completo.
Ella esperó.
Santiago entrelazó los dedos, los soltó, volvió a juntarlos.
—Me asusté. Vi a Rodrigo y reaccioné mal. No porque crea que me debas explicaciones de tu pasado, sino porque me di cuenta de que hay partes de ti que no conozco y me dio rabia no haber estado ahí.
—Eso no es culpa de Rodrigo.
—Lo sé.
—Ni mía.
—También lo sé.
Valentina bebió un poco de café. Estaba tibio y demasiado dulce.
—Saberlo no sirve si actúas como si no.
—Por eso estoy aquí.
—No quiero que pases noches en mi puerta cada vez que peleamos.
—No lo haré si me dices que me vaya.
—Te lo dije.
Santiago bajó la mirada.
—Me dijiste que no te siguiera. No te seguí. Me quedé.
Valentina lo miró sin expresión.
—No uses la obediencia literal contra mí dos veces.
Él casi sonrió, pero se contuvo.
—Tienes razón.
—Otra vez.
—Sí. Y no lo digo para arreglarlo rápido. Lo digo porque es verdad.
El cansancio le quitaba filo a ambos. Valentina dejó la taza en la mesa.
—Rodrigo me recuerda a Puebla. Eso no significa que quiera volver a él. A veces una persona no es tentación, Santiago. A veces es solo una prueba de que tu vida empezó antes de tu pareja.
Él asintió despacio.
—Quiero conocer esa parte sin sentir que compito con ella.
—Entonces pregúntame sin acusarme.
—Lo haré.
Hubo un silencio. Desde la calle subió el ruido de un camión de basura. La vida normal entrando por la ventana, sin pedir permiso.
Santiago sacó algo del bolsillo del abrigo y lo puso sobre la mesa.
Era la mariposa de peluche de la que Valentina había hablado. No la original, por supuesto. Una pequeña, comprada quizá en una tienda cualquiera, torpe y colorida.
Valentina la miró.
—¿Qué es esto?
—Una disculpa que no cuesta millones ni resuelve nada. Pero quería decirte que si Rodrigo tiene una mariposa en tu historia, no voy a fingir que no existe. Solo quiero que haya espacio para las mías.
Valentina sintió que la garganta se le cerraba.
—Eres muy injusto cuando haces cosas así después de portarte como idiota.
—Puedo intentar hacerlo en otro orden.
Ella soltó una risa pequeña, agotada.
Santiago levantó la vista, esperanzado, pero no se acercó.
—No estoy diciendo que ya no esté molesta —advirtió ella.
—Lo sé.
—Y sigo queriendo saber lo de la mujer con la que no vas a casarte.
La esperanza se le apagó un poco, reemplazada por algo más serio.
—Te lo voy a contar.
Valentina respiró hondo.
—¿Ahora?
Santiago miró la ventana. La luz de la mañana le marcaba el cansancio en el rostro.
—No todo ahora. No porque quiera esconderlo, sino porque necesito contarlo bien. Hay cosas de mi familia que no son simples y no quiero darte pedazos otra vez.
—Santiago...
—Lo sé. Suena a "todavía no".
—Porque lo es.
—Entonces déjame hacerlo distinto. Hoy te digo esto: no estoy comprometido. No amo a nadie más. No hay ninguna mujer ocupando tu lugar. Mi padre quiere usar una promesa vieja entre familias para empujarme hacia una boda que jamás acepté.
Valentina sintió que el aire volvía a sus pulmones, pero no del todo.
—¿Tiene nombre?
Santiago dudó.
—Sí.
—¿Me lo vas a decir?
—Sí. Pero antes necesito hablarte de mi padre.
La palabra padre volvió a llenar el departamento pequeño.
Valentina se recargó en el respaldo de la silla. Miró el café, la bolsa de pan, la mariposa ridícula sobre la mesa y al hombre que había pasado una noche en su pasillo sin exigir entrada.
—Está bien —dijo—. Pero esta vez no quiero enterarme por una llamada.
Santiago extendió la mano sobre la mesa, sin tocarla todavía.
—No volverá a pasar.
Valentina dejó pasar unos segundos. Luego puso su mano sobre la de él.
La piel de Santiago estaba fría.
—Ve a dormir —dijo ella.
—¿Me estás corriendo?
—Te estoy cuidando. No te acostumbres.
Santiago cerró los dedos alrededor de los suyos, suave.
—Demasiado tarde.
Valentina quiso retirar la mano. No lo hizo.
Le alcanzó una cobija del respaldo del sofá y señaló el cojín sin mirarlo demasiado.
—Veinte minutos —dijo—. Luego te vas a tu cama de millonario.
Santiago obedeció con una sonrisa cansada. Se quedó dormido casi de inmediato, todavía sentado, con la cobija sobre los hombros. Valentina lo observó el tiempo justo para comprobar que respiraba parejo y luego fingió ordenar la cocina.
Más tarde, cuando él por fin se levantó para irse, se detuvo en la puerta. Había algo en su rostro que todavía no terminaba de salir.
—Val...
Ella levantó la vista.
—Hay algo que debo decirte sobre mi familia.