Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
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Capítulo 19
Capítulo 19
Un helicóptero sobre el Valle
"Por ahora."
Envié el mensaje y creí que ahí terminaba la broma.
Me equivoqué.
A la mañana siguiente, desperté con olor a aceite caliente, jitomate asado y algo que definitivamente se estaba quemando.
Me senté en la cama.
Villa Montero era demasiado ordenada para oler a emergencia culinaria. Eso reducía los sospechosos a uno.
Bajé descalza, con el cabello revuelto y el celular en la mano.
En la cocina, Sebastián Montero estaba frente a la estufa con una camisa blanca, el cabello ligeramente despeinado y una concentración digna de cirugía abierta. Sobre la barra había tres platos fallidos: un huevo roto, tortillas demasiado tostadas y una salsa que parecía haber sufrido una guerra.
Su iPad reproducía un video:
"Chilaquiles verdes perfectos para principiantes."
La mujer del video decía con una alegría ofensiva:
"Ahora incorporamos los totopos suavemente..."
Sebastián pausó el video como si lo hubiera atrapado cometiendo fraude financiero.
—Buenos días.
Miré la estufa.
—¿Debo evacuar?
—No.
—¿Debo llamar a Don Tomás?
—Tampoco.
—¿Debo fingir que no vi el cementerio de huevos?
Él miró los platos fallidos.
—Eso ayudaría.
Me apoyé en la barra para no reír demasiado fuerte.
—¿Qué haces?
—Desayuno.
—Eso sospechaba. Mi pregunta es más filosófica: ¿por qué?
Sebastián volvió a encender la estufa, esta vez con menos fuego.
—Porque tú cocinaste para mí.
La respuesta me dejó sin burla.
—Casi incendió la cocina.
—Y aun así fue para mí.
Tomó los totopos con pinzas, los incorporó a la salsa con un cuidado exagerado y frunció el ceño cuando uno se rompió.
—No tienes que devolver todo lo que hago —dije.
—No estoy devolviendo. Estoy aprendiendo.
Me quedé mirando su perfil.
Sebastián podía comprar cualquier desayuno de la ciudad. Podía llamar a un chef, pedir a un restaurante, hacer que Don Tomás trajera una mesa completa desde Casa de los Arcos. En cambio, estaba ahí, peleando con totopos y tutoriales porque yo había cocinado una sopa imperfecta.
—¿Cuánto llevas despierto?
—No mucho.
El historial del iPad lo delató: seis videos vistos, uno a las 5:18 a. m.
—Sebastián.
—La primera salsa fue un error.
—¿La primera?
—Y la segunda.
Me tapé la boca.
—No te rías.
—No me estoy riendo.
—Se te está riendo toda la cara.
Era verdad.
Al final, los chilaquiles quedaron buenos. No perfectos, pero buenos. Les puso crema, queso, cebolla morada aparte porque recordó que no me gustaba cruda en exceso, y un huevo encima que sí sobrevivió.
Tomé una foto.
—No —dijo él.
—Sí.
—Valentina.
—Sebastián.
Subí la foto a @NaranjaDulce. No era una acuarela. Era la primera foto de mi vida nueva: un plato de chilaquiles, una taza de café, el iPad con el tutorial pausado y, en una esquina, la mano de Sebastián con una mancha de salsa en el pulgar.
Escribí:
"Desayuno hecho por mi esposo. Hubo bajas en combate, pero sobrevivimos."
Publiqué antes de que pudiera detenerme.
Sebastián leyó la descripción y cerró los ojos.
—Mi reputación.
—Está a salvo. A todos les gustan los hombres que aprenden.
Los comentarios llegaron antes de que termináramos de comer.
"Señora Montero, necesitamos receta y video del desastre."
"El señor de la gorra ahora cocina. Este matrimonio es televisión premium."
"La mancha de salsa en el pulgar es cine."
Lucía escribió:
"Primo, si sobreviviste a chilaquiles, ya puedes sobrevivir a terapia emocional."
Gabriel añadió:
"Confirmo que finanzas no estaba preparado para esta era doméstica."
Sebastián dejó el celular boca abajo.
—Voy a prohibirle internet a Gabriel.
—No puedes. Es parte del encanto.
—¿Mi humillación pública?
—Tu desarrollo de personaje.
—¿A ti?
La pregunta llegó suave.
Demasiado directa para estar entre chilaquiles y café.
Le sostuve la mirada.
—A mí también.
No sonrió.
Pero la mancha de salsa en su pulgar dejó de importarle.
Dos horas después, me pidió que me pusiera algo cómodo.
—¿Moto otra vez? —pregunté.
—No.
—¿Eso debería tranquilizarme?
—Depende de tu relación con las alturas.
Me quedé inmóvil.
—Sebastián.
—No es montaña rusa.
—Eso no responde.
Un helicóptero nos esperaba en un helipuerto privado al poniente de la ciudad.
El Valle de México se abría alrededor con una luz limpia, casi transparente. A esa hora, la contaminación todavía no había borrado los contornos de los volcanes en el horizonte. La ciudad parecía enorme y frágil, hecha de avenidas, azoteas, árboles y millones de vidas empezando al mismo tiempo.
—Tú le tienes miedo a las alturas —le recordé.
Sebastián se ajustó los audífonos.
—Esto es distinto.
—¿Porque ahora puedes fingir mejor?
—Porque tú vas conmigo.
El piloto nos indicó cómo abrocharnos. Yo intenté aparentar calma y fallé cuando el helicóptero empezó a elevarse. La ciudad cayó debajo de mis pies con una suavidad imposible.
El cinturón me apretó sobre el vientre. Los audífonos hicieron que el mundo sonara dentro de una caja: la voz del piloto, el pulso de las aspas, mi propia respiración demasiado rápida. Sebastián miraba al frente, muy quieto.
Demasiado quieto.
—¿Estás bien? —pregunté.
—Sí.
—Tienes la misma cara que en la montaña rusa.
—No es la misma.
—Es la versión ejecutiva.
Un músculo se le movió en la mandíbula.
—Estoy bien.
Le creí solo porque su mano estaba buscando la mía con la misma discreción con que todo en él pedía permiso.
Mi mano buscó el asiento.
Sebastián la encontró antes.
No me apretó fuerte. Solo lo suficiente para que el cuerpo entendiera que no estaba sola.
Volamos sobre Chapultepec, Reforma, el Centro que despertaba, las torres de Santa Fe brillando a lo lejos. El sol empezó a subir detrás de los edificios y pintó las nubes de naranja.
—Mira —dijo Sebastián.
Miré.
El valle entero parecía una acuarela antes de secarse.
Saqué el celular con torpeza y tomé una foto por la ventana. En el reflejo del cristal aparecíamos los dos: yo con los ojos abiertos de asombro, él mirándome a mí en lugar de mirar la ciudad.
No la publiqué.
Todavía.
La guardé.
Había fotos que una compartía para decir "miren lo que tengo".
Y había fotos que una guardaba porque todavía no sabía cómo nombrar lo que estaba pasando.
Esa era de las segundas.
—¿Por qué esto? —pregunté por los audífonos.
Sebastián tardó un momento.
—Dijiste que mi mundo era raro bonito.
Me acordé de los churros, la moto, la montaña rusa, su mano temblando apenas en la caída.
—Y quise mostrarte otra parte —añadió—. Una donde no tengas que mirar desde afuera.
El ruido del helicóptero me salvó de responder rápido.
Abajo, la ciudad seguía moviéndose. Arriba, su mano seguía sobre la mía.
Yo había pasado años intentando entrar al mundo de Diego por una puerta que nunca terminaba de abrirse.
Sebastián no me pidió que tocara.
Me subió al cielo y dijo: mira.
Al aterrizar, las piernas me temblaron apenas. Sebastián fingió no notarlo y me ofreció la mano como si él no necesitara también un segundo para recuperar el color. Bajé primero. Él bajó después, todavía sosteniéndome.
—¿Valió la pena? —preguntó.
Miré el cielo ya claro, limpio sobre una ciudad que seguía despertando debajo de nosotros, lenta, brillante, inmensa, casi nuestra.
—Sí.
Cuando el sol terminó de salir sobre el Valle de México, entendí que el vértigo no venía de la altura.