A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 19
Capítulo 19
Protección cálida
Jamás imaginé que la primera vez que llevara a Santiago a mi empresa familiar terminaría viendo a mi abuelo poner a todos en su lugar.
Me sentía pequeña, avergonzada y furiosa conmigo misma.
Entonces Santiago habló.
—Don Ernesto, es cierto que yo dije públicamente que Valeria era mi novia.
Levanté la cabeza.
Él no me miró; miraba a mi abuelo con respeto serio.
—Lo hice para sacarla de una situación fabricada por mi familia. Valeria no le fue infiel a Diego. Fue víctima de una trampa y después de una filtración. Si mi declaración causó problemas a los Salcedo, lo lamento.
Paula soltó un ruido escéptico.
Santiago continuó:
—Este asunto nace en Grupo Alcázar. Yo me encargaré de que no afecte a Dulces Salcedo.
No tenía obligación de decir eso.
La parte racional de mí sabía que Santiago también tenía intereses. Que nada en él era puro altruismo. Pero en ese momento, después de escuchar a Paula llamarme carga, tener a alguien de pie a mi lado diciendo que yo no había hecho lo que los titulares sugerían fue como recibir aire.
No me defendió como quien reclama propiedad. No dijo “ella es mía”, ni intentó convertir el escándalo en una demostración masculina frente a mi familia. Habló de hechos, de responsabilidad, de consecuencias. Tal vez por eso me conmovió más. Porque por primera vez en muchos días, un hombre poderoso no usaba mi nombre para obtener algo delante de otros.
Me limité a mirarlo, incapaz de agradecer sin delatar cuánto me había importado.
Julián sonrió sin alegría.
—Agradecemos la intención, Santiago. Pero si no es novio de Valeria, los asuntos de familia los resolvemos nosotros.
La frase marcó territorio, aunque lo hizo con educación.
Paula se levantó de golpe.
—¿Familia? Claro. Cuando es ella, todos somos familia. Cuando mi hijo necesita algo, entonces hay reglas, porcentajes y prudencia.
—Paula —advirtió Julián.
—No. Que me escuchen. Valeria no es una niña pobre. Tiene apellido, acciones, casa, padres que la adoran. Y aun así cada vez que mete la pata, todos corren a cubrirla.
—No estoy pidiendo que me cubran —dije.
—¿No? Entonces ¿qué haces aquí?
Me quedé sin respuesta.
Ella se volvió hacia mi abuelo.
—Usted siempre prefirió a la familia de su hijo mayor. A Héctor, a su esposa, a Valeria. Mi hijo también es su nieto. Mateo también merece algo más que sobras.
Las lágrimas le llenaron los ojos, pero su voz seguía cargada de veneno.
—Y ahora esta muchacha trae a un hombre distinto del marido, sale en periódicos, pelea con una actriz vulgar y nosotros tenemos que fingir que pobrecita.
Me levanté.
—Tía Paula, entiendo que estés molesta. Pero no voy a aceptar que digas que yo...
—¿Que eres qué? ¿Decente? Por favor. Las mujeres decentes no salen de un escándalo con el hermano del marido.
El aire se cortó.
Julián le dio una bofetada.
No fue teatral. Fue seca, horrible, definitiva.
Paula se llevó la mano a la mejilla, incrédula.
Yo retrocedí, impactada.
Santiago me sujetó por los hombros antes de que tropezara.
—Tranquila —dijo bajo, cerca de mi oído.
No sé por qué esa palabra casi me rompió.
Julián miró a su esposa con una frialdad que nunca le había visto.
—Regresa a tu oficina. Ahora. Y si llamas a Héctor o a Marcela para echarles esto encima mientras están fuera, te juro que esta vez no voy a defenderte.
Paula respiraba con dificultad. Al llegar a la puerta, se volvió hacia mí.
—Algún día vas a destruir a esta familia, Valeria.
Salió dando un portazo.
Nadie habló durante varios segundos.
Julián intentó recuperar su tono bromista, pero no le salió.
—Las crisis familiares son más baratas cuando uno las ve en televisión.
No pude sonreír.
Mi abuelo se sentó, agotado. Julián le sirvió agua. Yo quería disculparme, explicar, desaparecer.
Al final, Santiago dijo:
—Valeria necesita descansar. Si ustedes quieren, mañana podemos coordinar con abogados y comunicación.
Mi abuelo asintió.
—Llévala. Y Valeria.
Lo miré.
—La próxima vez, vienes antes.
—Sí, abuelo.
Ya en el auto, se me deshizo la compostura.
Al principio lloré en silencio. Luego con pequeños hipos que me dieron vergüenza. Me tapé la cara con las manos.
—Perdón —dije—. Vio demasiado.
—He visto peores escenas.
—Eso no consuela.
—No intentaba consolar.
Solté una risa rota entre lágrimas.
Cuando pude hablar, le expliqué cosas que no necesitaba saber: que mis padres eran buenos, que mi abuelo siempre había tratado de ser justo, que mi tío me quería aunque fuera un irresponsable con las mujeres, que Paula llevaba años resentida porque él había tenido aventuras y porque sentía que la rama de mi padre recibía más cariño.
Hablar me ordenaba. Cada frase era un hilo para salir del nudo. Le conté que de niña Mateo y yo jugábamos entre cajas de obleas, que Paula siempre me corregía el vestido en las fotos, demasiado fuerte, demasiado seria, como si mi presencia le molestara incluso antes de que yo pudiera merecerlo. Le conté que mi madre intentaba compensar con regalos y que mi padre prefería hacerse el distraído para no pelear con su hermano.
Santiago escuchaba con una paciencia extraña.
—¿Siempre explica a los demás antes de enojarse con ellos? —preguntó.
—No los explico. Solo... intento entender.
—A veces entender no obliga a perdonar.
Miré por la ventana.
Esa frase se quedó conmigo.
—Mi primo Mateo está en preparatoria —agregué—. Paula cree que todo lo que me dan se lo quitan a él.
Santiago escuchó sin interrumpir.
—Puede ser resentimiento —dijo al final—. También puede ser interés.
—En las familias casi siempre es ambas cosas.
El auto avanzó por la tarde.
La luz empezaba a ponerse dorada sobre los edificios. En otro día, habría parecido bonito. Ese día solo me recordó que llevaba demasiadas horas saltando de un desastre a otro sin comer nada decente. Mi estómago sonó con una falta de dignidad absoluta.
Santiago lo oyó.
—¿Cuándo fue la última vez que comió?
—No sé. ¿Cuenta café?
—No.
—Entonces no haga preguntas tristes.
No respondió, pero cambió de carril y se detuvo minutos después en una cafetería pequeña. Compró pan dulce, agua y café. Me lo entregó sin ceremonia, como si alimentar mujeres llorosas fuera parte normal de su agenda.
—No era necesario —dije.
—Sí lo era.
Comí el pan en silencio. Estaba tibio. Casi me hizo llorar otra vez, lo cual era ridículo, así que culpé al azúcar.
—No me gusta llorar frente a usted —confesé.
—Ya lo noté.
—No porque me importe su opinión.
—Por supuesto.
—Es que usted siempre parece tener todo controlado. Una llora al lado de alguien así y se siente doblemente desordenada.
Santiago sostuvo el volante con una mano.
—No tengo todo controlado.
Lo miré. Su perfil seguía siendo perfecto, frío, casi imposible de leer.
—Disimula bien.
—Es distinto.
No pregunté más, pero la respuesta me dejó pensando. Tal vez esa era la diferencia entre nosotros: yo hacía ruido cuando me rompía; él se volvía más silencioso.
El cambio de tema llegó tan brusco que casi me reí cuando habló de Nox. Pero antes de eso hubo un segundo raro, un segundo donde quise preguntarle qué era exactamente lo que no tenía controlado. Su padre, Diego, Clara, yo, él mismo. Todas las opciones parecían peligrosas.
No pregunté.
Una parte de mí empezaba a entender que Santiago contestaba pocas cosas porque cada respuesta abría una puerta demasiado pesada. Y yo, con mi vida ardiendo, no sabía si podía cargar también con las cenizas de otro.
Pero esa comprensión no me alejó. Al contrario, me inquietó. Era más fácil tratarlo como un hombre arrogante, un aliado incómodo, un Alcázar usando a otra Salcedo para su guerra. Era mucho más peligroso verlo como alguien que también cargaba cosas en silencio.
Me limpié las migas de los dedos y decidí que el pan dulce había sido mala idea: con azúcar en la sangre, una se pone sentimental.
Guardé la servilleta en mi bolso porque no encontraba dónde tirarla, y ese gesto doméstico, pequeño, casi ridículo, me devolvió un poco al cuerpo. Seguía habiendo escándalos, sí, pero también migas, agua, semáforos y una tarde que no se detenía por mi tragedia.
Quizá sobrevivir era eso: seguir haciendo cosas mínimas mientras lo enorme intentaba aplastarte.
Respirar. Masticar. No contestar todos los golpes.
—¿Conoce Nox? —preguntó de pronto.
Parpadeé.
—¿El club?
—De Ximena. Buen lugar para beber.
—¿Ahora? Todavía hay sol.
—Primero cambiaremos esa ropa.
Miré mi blusa arrugada, mis ojos hinchados y mi dignidad en pedazos.
—¿Otra vez me va a arruinar financieramente?
—Hoy no.
Me llevó a una tienda menos suicida que la boutique de Lido. Compré un vestido negro por encima de la rodilla y sandalias rojas. Frente al espejo, me vi cansada, sí, pero también viva. Más adulta. Menos dispuesta a pedir permiso.
—¿Se ve bien? —pregunté a la vendedora.
Ella sonrió.
—Claro. Su novio la ha mirado varias veces.
Me giré.
Santiago leía una revista con una seriedad sospechosa.
Varias veces, dijo la vendedora.
Mi corazón, traidor profesional, decidió creerle.