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La Menor De Los Sergeyev

La Menor De Los Sergeyev

Status: En proceso
Genre:Mafia / Omegaverse / Romance
Popularitas:328
Nilai: 5
nombre de autor: milu carrera

Isabella Sergeyev huyó de Rusia después de la muerte de su abuela, cargando una culpa que la convirtió en una alfa fría y despiadada. Tres años después, un problema relacionado con la explotación de omegas la obliga a regresar al mundo que abandonó. Pero entre enemigos ocultos, secretos y una guerra que crece en silencio, Sasha se convierte en la única persona capaz de romper las murallas que Isabella construyó alrededor de sí misma.

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capitulo 19

La nieve había dejado de caer, pero el cielo seguía cubierto.

 Desde la ventana del hospital, Moscú parecía detenida en una pausa incómoda, como si la ciudad misma estuviera esperando algo. Isabella llevaba varios minutos mirando sin realmente ver, con los brazos cruzados y la mente en otro lugar.

 Había aprendido a reconocer esa sensación.

 No era duda.

 Era desconfianza.

 Algo no encajaba.

 Detrás de ella, el sonido suave del monitor marcaba el ritmo constante de la respiración de Sasha. Ya no era irregular. Ya no parecía frágil. Pero Isabella no se permitía relajarse por eso. Había visto lo rápido que todo podía cambiar.

 —Estás demasiado callada —dijo Sasha desde la cama.

 Isabella no se giró de inmediato.

 —Estoy pensando.

 —Eso nunca es buena señal.

 Esa vez sí giró, apenas lo suficiente para mirarla por encima del hombro.

 —Para los demás, no.

 Sasha sostuvo su mirada unos segundos y luego dejó escapar una respiración lenta.

 —Entonces dime qué no te gusta.

 Isabella dudó un instante. No porque no quisiera decirlo, sino porque todavía estaba ordenándolo en su cabeza.

 —Volkov.

 Sasha frunció levemente el ceño.

 —¿Qué pasa con él?

 Isabella caminó lentamente hacia la cama, apoyándose en el borde con una mano.

 —No está reaccionando como debería.

 —Le cerraste negocios, congelaste cuentas… —enumeró Sasha—. Está perdiendo dinero.

 —Sí.

 —Entonces está a la defensiva.

 Isabella negó con la cabeza.

 —No. Está reorganizando.

 El silencio que siguió no fue inmediato. Sasha procesó la palabra antes de responder.

 —¿Eso es malo?

 Isabella la miró con atención.

 —Eso es inteligente.

 Y Volkov no lo era tanto.

 Sasha entendió el problema sin que hiciera falta decirlo en voz alta.

 —Crees que alguien más está moviendo las cosas.

 Isabella no respondió, pero su silencio fue suficiente.

 En ese momento, la puerta se abrió con un golpe suave y Aleksander entró con una tablet en la mano. Su expresión era más tensa de lo habitual.

 —Encontramos algo —dijo sin rodeos.

 Isabella se enderezó ligeramente.

 —Habla.

 Aleksander se acercó y dejó la tablet sobre la mesa frente a ella.

 —Rastreamos las transferencias hacia el guardia. No vienen directamente de las empresas de Volkov.

 Isabella bajó la mirada hacia la pantalla.

 —Eso ya lo sabíamos.

 —Sí —respondió Aleksander—. Pero ahora sabemos de dónde vienen.

 El dedo de Aleksander señaló una serie de movimientos financieros. Cuentas intermedias. Empresas fantasma. Rutas diseñadas para ocultar el origen.

 Pero había algo distinto.

 Algo más limpio.

 Más ordenado.

 Isabella lo vio al instante.

 —Esto no es su estilo.

 Aleksander asintió.

 —Exacto.

 Sasha, desde la cama, observaba en silencio.

 —¿De quién es entonces?

 Aleksander no respondió de inmediato. Miró a Isabella antes de hablar, como si quisiera asegurarse de que estaba preparada para escucharlo.

 —No tenemos un nombre confirmado.

 Isabella levantó la vista.

 —Entonces no me estás diciendo todo.

 Aleksander apretó ligeramente la mandíbula.

 —Tenemos un patrón.

 Eso hizo que el aire cambiara.

 Isabella volvió a mirar la pantalla, esta vez con más atención.

 —¿Qué tipo de patrón?

 Aleksander deslizó el dedo y aparecieron nuevos datos.

 —Las empresas que aparecen como intermediarias han estado activas durante años. No son recientes. No son improvisadas. Y no trabajan solo con Volkov.

 Sasha se incorporó un poco, ignorando la incomodidad.

 —¿Con quién más?

 Aleksander negó lentamente.

 —Con varias familias. En distintos países.

 El silencio se volvió más pesado.

 Isabella sintió algo frío recorrerle la espalda, pero no era miedo.

 Era reconocimiento.

 —No es una red —murmuró—. Es una estructura.

 Aleksander asintió.

 —Sí.

 Sasha miró a Isabella.

 —Eso significa que Volkov no es el problema.

 Isabella no apartó la mirada de la pantalla.

 —Es una pieza.

 Y entonces todo encajó.

 El ataque en el jardín.

 El guardia infiltrado durante años.

 Los movimientos financieros precisos.

 La forma en que Volkov había reaccionado.

 No era caos.

 Era diseño.

 Isabella dejó la tablet sobre la mesa con cuidado.

 —Alguien lo está usando.

 Aleksander cruzó los brazos.

 —Eso parece.

 —¿Y nosotros? —preguntó Sasha en voz baja.

 Isabella levantó la mirada lentamente.

 —Nos están midiendo.

 La frase cayó con un peso distinto.

 Sasha sintió un leve escalofrío.

 —¿Para qué?

 Isabella caminó hacia la ventana otra vez.

 —Para ver hasta dónde llegamos.

 —¿Y qué pasa cuando lo descubran?

 Isabella apoyó una mano contra el vidrio frío.

 —Entonces deciden si valemos la pena… o si nos eliminan.

 El silencio fue absoluto.

 Pero no duró mucho.

 Porque algo en Isabella cambió en ese instante.

 No fue visible en un gesto grande.

 No fue una reacción.

 Fue más profundo.

 Se giró lentamente.

 —Vamos a cambiar eso.

 Aleksander la observó con atención.

 —¿Cómo?

 Isabella volvió hacia la mesa, tomó la tablet y la apagó.

 —Dejando de reaccionar.

 Sasha la miró.

 —¿Y qué hacemos entonces?

 Isabella sostuvo su mirada.

 —Los obligamos a mostrarse.

 Aleksander frunció levemente el ceño.

 —Eso es arriesgado.

 —Todo esto es arriesgado.

 La respuesta fue tranquila.

 Demasiado tranquila.

 Sasha la estudió en silencio unos segundos.

 —¿Qué necesitas?

 Isabella no dudó.

 —Tiempo.

 Se acercó nuevamente a la cama y tomó su mano con suavidad.

 —Y que te recuperes.

 Sasha entrelazó los dedos con los de ella.

 —No voy a quedarme atrás.

 Isabella sostuvo su mirada.

 Y por primera vez no intentó contradecirla.

 —Lo sé.

 Hubo una pausa breve.

 Luego añadió:

 —Pero esta vez no vamos a correr.

 Afuera, la ciudad seguía igual de gris.

 Pero ya no se sentía quieta.

 Algo se estaba moviendo.

 Algo que no habían visto antes.

 Y en algún lugar, alguien estaba observando.

 Esperando.

 Decidiendo.

 Isabella volvió a mirar la ventana.

 —Si quieren jugar —murmuró—, van a tener que hacerlo conmigo.

 No levantó la voz.

 No hizo una amenaza.

 Pero en ese momento, por primera vez desde el disparo…

 no estaba respondiendo al juego.

 Estaba entrando en él.

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