Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 12 Amor Odio
Mientras tanto...
La campana anunció el final de clases. Cyran caminaba tomado de la mano con Seraphina, ajenos al mundo, sumergidos en su propia burbuja de paz recién encontrada.
Adriel los vio desde lejos. Sus manos se cerraron en puños, las uñas clavándose en la piel. Un odio visceral, negro y espeso, le quemaba el pecho mientras observaba cómo ella sonreía, cómo se apoyaba en Cyran con una confianza que a él jamás le había dado.
No quería estar con Seraphina. Pero tampoco podía soportar que alguien más la tuviera.
La odio. Amo verla llorar. Pero más amo ser la razón de su llanto, pensó, con una sonrisa torcida que no alcanzaba a dibujarse en sus labios.
—¿Vamos, amor? —preguntó su novia, una joven rubia que tiraba de su brazo con inocencia.
Él la miró un segundo, fastidiado.
—No, no puedo. Tengo planes.
Se soltó sin miramientos y comenzó a caminar tras la pareja, manteniéndose en las sombras, sigiloso como un depredador.
Ellos no notaron nada. Itan demasiado absortos el uno en el otro.
—Jamás pensé que podría sentirme segura contigo —dijo Seraphina, apretando su mano.
Cyran sonrió, aunque ella no podía verlo.
—Me alegra escucharte decir eso.
Caminaron unos pasos más en silencio, un silencio cómplice, cálido. Hasta que ella habló de nuevo.
—Cyran.
—¿Mmm?
—Te odio —susurró.
Él se detuvo en seco. Su rostro perdió todo color. Las manos, esas manos que horas antes habían sido letales, comenzaron a temblar. El mundo pareció derrumbarse a su alrededor en un instante.
Pero entonces ella se acercó lentamente, se puso de puntillas y lo besó.
Cuando se separó, sus ojos brillaban con picardía.
—Realmente cumpliste tu promesa —dijo—. Así que quizás… en esta vida sí sea tuya.
El corazón de Cyran, que había estado a punto de estallar en mil pedazos, se aceleró por completo. Y finalmente, después del susto más grande de su vida, una sonrisa genuina iluminó su rostro.
—Por un instante… me asustaste —dijo, rodeándola con sus brazos por detrás, atrayéndola hacia él.
—Lo siento, no era mi intención —rió ella, apoyando la cabeza en su pecho.
Sus risas se mezclaron con el atardecer, con el viento suave, con la paz que ambos habían encontrado el uno en el otro.
Pero a la distancia, tras una esquina, Adriel observaba todo.
Y en sus ojos no había nada de esa luz.
Solo odio. Un odio inmenso, profundo, devorador. Un odio que necesitaba verla sufrir, verla romperse, verla llorar como solo él sabía hacerla llorar.
Apretó los dientes y desapareció entre las sombras, llevándose consigo la promesa de una agonía que aún estaba por escribir.
Adriel estaba unos metros más atrás, rodeado de sus amigos y amigas, observando cómo Cyran y yo caminábamos de la mano. Su mirada era una mezcla de celos y frustración, un veneno silencioso que intentaba encontrar la forma de filtrarse en nuestra burbuja.
—Tengo una idea —dijo con una sonrisa torcida.
Antes de que pudiera advertir nada, una de sus amigas se separó del grupo y se acercó a nosotros con paso seguro y sonrisa ensayada.
—Hola —dijo, dirigiéndose a Cyran mientras me lanzaba una mirada rápida, evaluadora—. Te me haces muy guapo. ¿Me das tu número?
Cyran se detuvo en seco. Sentí cómo su mano, la que sostenía la mía, se tensó. Cuando levanté la vista, sus ojos ya habían cambiado: esa tormenta oscura que yo conocía tan bien comenzaba a formarse.
—¿Acaso no ves que estoy con mi novia? —respondió, la voz firme, cortante como una hoja.
La chica fingió indiferencia, encogiéndose de hombros con falsa seguridad.
—¿Y eso qué?
Cyran respiró hondo. Muy hondo. Cuando habló de nuevo, su voz había bajado varios grados de temperatura, hasta volverse peligrosamente serena.
—Largo de aquí —dijo, cada palabra medida, afilada—. Maldita zorra. ¿No ves que nos arruinas el momento?
La chica abrió la boca para replicar, pero él no terminó ahí.
—Y agradece que mi novia está presente —añadió, y en sus ojos brilló algo que hizo que hasta a mí se me helara la sangre por un instante—. Porque si no, te habría metido un golpe.
Ella dio un paso atrás. Luego otro. El miedo se dibujó en su rostro con claridad meridiana, y sin mediar palabra, se dio la vuelta y se alejó casi corriendo, sin atreverse a mirar atrás.
Yo aún temblaba, pero no de miedo. Me apoyé contra su pecho, poniendo mis manos sobre sus hombros, intentando suavizar la tensión que vibraba en cada músculo de su cuerpo.
—Tranquilo… —susurré—. No vale la pena.
Cyran inclinó la cabeza hacia mí. Su respiración aún era agitada, pero cuando sus dedos encontraron mi cabello y comenzaron a acariciarlo con una suavidad que contrastaba brutalmente con lo que acababa de hacer, sentí cómo la tormenta amainaba.
—Lo siento, mi amor —murmuró, y su voz ya no era la cuchilla de antes, sino un susurro cálido, casi vulnerable—. Es que no me gusta que nada te haga sentir mal.
Hizo una pausa. Sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me quitaba el aire.
—Además… solo soy tuyo.
Mi corazón dio un vuelco.
—El que otra chica piense que puede tenerme —continuó, y ahora su voz había bajado hasta convertirse en un murmullo cargado de posesión—… me ofende.
Sonreí, aunque por dentro sentía que me derretía. Sabía que su protección era extrema, que rozaba la obsesión. Pero también sabía que esa obsesión estaba construida sobre un amor tan inmenso que no cabía en un pecho humano.
—Lo sé —susurré, apoyando mi frente contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de su corazón—. Y no tienes que disculparte. Solo… sigue siendo tú. Solo mío.
Cyran me abrazó con una fuerza que no quería lastimar, sino poseer, proteger, reclamar. Sus brazos me envolvieron por completo, y por un instante el mundo dejó de existir.
A lo lejos, Adriel observaba todo. Sus manos estaban cerradas en puños, los nudillos blancos. La frustración le quemaba el pecho. Había querido provocar algo con ese movimiento, había esperado una reacción que pudiera usar en su contra, pero Cyran no había mordido el anzuelo de la manera esperada. Simplemente había reafirmado, con violencia contenida, lo que ya era evidente para cualquiera con ojos: Seraphina era suya.
Y no había nada que Adriel pudiera hacer para cambiarlo. Al menos, no todavía.
—Vamos —susurró Cyran contra mi oído, tomando mi mano de nuevo con esa delicadeza que solo yo conocía—. Sigamos disfrutando nuestro paseo. Que nadie nos arruine este momento.
Y así lo hicimos. Caminamos por la ciudad, de la mano, ajenos a las miradas, a los susurros, a la oscuridad que nos seguía desde las sombras. Con la certeza de que, mientras estuviéramos juntos, nadie podría tocar lo que era suyo.
Lo que era nuestro.