Ella renace en otra época. Decidida a ser feliz y a no perder la sonrisa.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Cerncania 1
El aire dentro del taller parecía más cálido, más denso… como si el momento hubiera quedado suspendido entre ellos.
El conde Harlen no se apartó.
Al contrario, la sostuvo con más firmeza, como si temiera que, si la soltaba, todo aquello desapareciera.
La miró a los ojos, todavía cerca, con una intensidad que ya no intentaba ocultar.
—Conocerla… ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo.
Emily lo observó en silencio un segundo.
Y luego sonrió.
No con timidez.
Con ese brillo travieso que ya era tan suyo.
—Continúe.. Me gusta escucharlo.
Eso fue todo lo que necesitó.
El conde la acercó un poco más hacia él, rodeando su cintura con mayor seguridad, como si finalmente se permitiera sentir sin reservas.
—Es hermosa… Fascinante. Diferente a cualquiera que haya conocido.
Sus dedos se tensaron levemente en su cintura, no con fuerza, sino con emoción contenida.
—Y… en estos días… he vuelto a sonreír.
Emily sintió algo suave expandirse en su pecho.
—Solo por usted.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Fue íntimo.
Emily no dijo nada de inmediato.
Simplemente se acercó un poco más… y lo besó otra vez.
Esta vez, con más confianza.
Más consciente.
Cuando se separó, su sonrisa volvió a aparecer.
—Buena respuesta, querido conde —susurró, divertida.
Él sonrió también.
Y ese gesto… ya no parecía extraño en su rostro.
Entonces Emily, aún entre sus brazos, cambió apenas la expresión.
No perdió la cercanía.
Pero su mirada se volvió un poco más seria.
—Hay algo que debo pedirle.
El conde asintió sin dudar.
—Lo que desee.
Emily sostuvo su mirada.
—Quiero que esto… —dijo, refiriéndose a ambos, a ese momento— se mantenga en secreto.
No había duda en su voz.
Ni vergüenza.
Solo decisión.
El conde la observó unos segundos.
Y luego… asintió.
—Como usted quiera.
No preguntó por qué.
No discutió.
Simplemente aceptó.
Porque, en ese instante, lo único que le importaba… era no perder lo que acababan de empezar.
Emily volvió a sonreír, satisfecha.
Y por un momento más, se quedó ahí, entre sus brazos… disfrutando de algo que, aunque imperfecto y complicado, se sentía demasiado real como para ignorarlo.
Los días siguientes se deslizaron con una suavidad peligrosa.
La cercanía entre Emily y el conde Harlen creció casi sin que pudieran detenerla. Ya no eran solo encuentros casuales ni conversaciones prolongadas bajo excusas prácticas… ahora había algo más evidente, más difícil de ocultar.
Se buscaban.
En cada mirada.
En cada pausa.
En cada pequeño momento robado.
Y aunque ambos habían acordado mantenerlo en secreto… sus ojos no sabían mentir.
El taller fue inaugurado pocos días después.
Las ancianas no podían creerlo. El lugar era luminoso, cálido, ordenado… un espacio digno para su trabajo. Las mesas estaban llenas de lana, los telares listos, y las risas no tardaron en llenar cada rincón.
Emily estaba ahí, como siempre.
Entre ellas.
No como una noble distante, sino como una más.
Ese día, mientras el sol entraba por los ventanales, su voz comenzó a elevarse una vez más.
Cantaba.
Suave al principio… luego con más seguridad.
Las ancianas sonreían mientras trabajaban, algunas incluso acompañando con pequeños tarareos.
Era un momento simple.
Pero lleno de vida.
Afuera, el conde Harlen acababa de llegar.
Se detuvo antes de entrar.
No por duda.
Sino porque la escuchó.
La voz de Emily, clara, cálida… llenando el espacio desde el interior del taller.
Se quedó inmóvil.
Escuchando.
Algo en esa escena.. aunque no pudiera verla aún.. le pareció… perfecto.
No había pretensión.
No había formalidad.
Solo ella… siendo ella.
Y eso lo atrapó aún más.
Cuando la canción terminó, el murmullo volvió.
El conde respiró hondo… y entonces decidió entrar.
Pero justo en ese momento, la puerta se abrió.
Emily salió, aún con una ligera sonrisa en los labios, sin saber que él estaba allí.
Se detuvo al verlo.
—Conde —dijo, sorprendida, pero sin perder la calidez—. ¿Desde cuándo está aquí?
Él la observó unos segundos más de lo necesario.
—El tiempo suficiente.. para escucharla.
Emily ladeó la cabeza, divertida.
—¿Y?
El conde dio un pequeño paso hacia ella.
—No sabía que cantaba.
Ella soltó una risa ligera.
—Es porque no es un talento oficial.. Las señoras dicen que canto mejor de lo que tejo… así que me asignaron ese rol.
El conde no pudo evitar reír.
Una risa sincera.
Relajada.
Y mientras lo hacía, la miraba… con una atención que ya no intentaba esconder.
Había algo en su expresión.
Algo cercano a la admiración.
A la devoción.
Emily lo notó.
Y aunque no dijo nada… su sonrisa se suavizó.
—¿Eso significa que no le disgustó? —preguntó, apenas inclinándose hacia él.
—Significa… que cada vez me sorprende más.
El silencio entre ellos fue breve.
Pero cargado.
Porque aunque nadie más parecía mirar directamente… las miradas existían.
Algunos notaban cómo él la observaba.
Cómo ella respondía.
Cómo el aire entre ambos era distinto.
No había gestos indebidos.
No había palabras comprometedoras.
Pero lo que sentían…
Era imposible de ocultar del todo.
Emily sostuvo su mirada un instante más.
Y luego, como si nada, dio medio paso atrás.
—Debería entrar.. Las verdaderas protagonistas están adentro.
El conde asintió.
Pero antes de moverse, añadió en voz baja..
—Podría quedarme aquí… escuchándola.
Emily sonrió.
Esa sonrisa suya… que ya sabía exactamente lo que provocaba.
—No sea egoísta, conde.. Tiene que compartir.
Y sin esperar respuesta, se giró y volvió a entrar.
El conde la siguió.
Pero ahora…
Con una certeza clara.
Aquello ya no era solo un encuentro afortunado.
Era algo que crecía.
Y que, por más que intentaran mantener en secreto… ya empezaba a notarse demasiado.
hermosa novela
ame a Fred