¿Puede un amor nacido del engaño sobrevivir a la verdad? ¿Podrá la esposa sustituta reclamar el corazón de un hombre que juró nunca volver a amar?
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capitulo 16
Dante estaba allí también, de pie en la sombra de la puerta principal, con Arthur a su lado. Se veía como una estatua de sal. Su mirada estaba perdida en algún punto del horizonte, como si ya hubiera aceptado su destino.
Julian aparcó el coche en la acera lateral, evitando a los fotógrafos.
—Escúchame, Zoe —dijo Julian, entregándome una copia de los documentos—. Yo entraré por el garaje para dárselo a los abogados de la junta que están dentro. Tú tienes que llegar hasta Dante. Tienes que evitar que Vanessa abra la boca frente a esos micrófonos.
—¿Cómo voy a pasar entre la prensa? Me reconocerán como la impostora.
—No —Julian me miró con una sonrisa triste—. Hoy vas a ser la única de la Vega con honor. No te reconocerán como la impostora si entras como la dueña de la verdad.
Me bajé del coche. La lluvia había cesado, dejando un aire húmedo y pesado. Caminé hacia la multitud. Al principio, nadie me notó. Pero a medida que me acercaba a la luz de los focos, el murmullo empezó a crecer.
—¡Es ella! ¡Es la otra! —gritó un fotógrafo.
Los flashes empezaron a estallar a mi alrededor como disparos. El ruido era ensordecedor. Las preguntas llovían sobre mí como piedras: *"¿Es cierto que engañó al magnate?", "¿Cuánto le pagó su padre?", "¿Dónde ha estado escondida?"*.
No respondí. Mantuve la cabeza alta, caminando con una seguridad que no sabía que poseía. Cuando llegué a la base de los escalones, Vanessa se quedó petrificada. Su sonrisa de triunfo se desmoronó, reemplazada por una máscara de puro odio. Elena, por el contrario, se encogió tras ella, el miedo asomando por sus ojos.
Subí el primer escalón. Luego el segundo. La prensa estaba enloquecida.
Dante dio un paso hacia adelante desde las sombras. Sus ojos se encontraron con los míos. Vi la sorpresa, luego la furia, y finalmente, algo que parecía una agonía silenciosa.
—¿Qué haces aquí? —rugió Dante, su voz proyectándose sobre el ruido de los periodistas—. Te dije que te fueras. ¡Seguridad, sáquenla de aquí!
—No me voy a ir, Dante —dije, deteniéndome a tres metros de él—. No hasta que todos oigan la verdad.
Vanessa se recuperó y se acercó al micrófono que habían instalado los periodistas.
—Señores de la prensa —dijo Vanessa, su voz amplificada y temblorosa de rabia fingida—, aquí tienen la prueba de la desfachatez de esta mujer. Zoe de la Vega, la estafadora que ha intentado destruir la vida del señor Volkov, ha regresado para seguir con su espectáculo. Pero no se dejen engañar. Tenemos las pruebas de su chantaje y su...
—La única que tiene pruebas aquí soy yo, Vanessa —la interrumpí, levantando el sobre con los documentos del banco.
El silencio que siguió fue absoluto. Hasta los fotógrafos dejaron de disparar.
Caminé hacia Dante. Él no se apartó, pero su cuerpo estaba en tensión, como si esperara un golpe físico. Me detuve frente a él y le tendí los papeles.
—Esto es de la caja de seguridad de mi madre —dije en un susurro que, gracias a los micrófonos cercanos, se escuchó en todo el jardín—. Son los registros de los sobornos que Vanessa Sterling le pagó a mi padre en 2022 para hundir tu empresa. Ella no tiene nada contra ti, Dante. Tú eres la víctima de un complot que ella diseñó hace cuatro años.
Dante tomó los papeles con manos lentas. Vanessa intentó arrebatárselos, pero Arthur intervino con una firmeza que me hizo querer abrazarlo. Dante empezó a leer. Sus ojos se movían con rapidez, su rostro pasando de la palidez al rojo vivo.
La prensa empezó a murmurar. Vanessa intentó retroceder, pero Julian apareció en ese momento por la puerta principal con dos hombres de traje oscuro: los auditores de la junta directiva.
—Señorita Sterling —dijo Julian con una calma letal—, estos señores tienen mucho interés en hablar con usted sobre la cuenta en el extranjero mencionada en estos documentos. Y los agentes de la fiscalía están en camino.
Vanessa miró a su alrededor. Estaba atrapada. Miró a Elena, que ya estaba intentando escabullirse hacia el interior de la casa, y luego me miró a mí. Si las miradas pudieran matar, yo habría caído muerta en ese mismo escalón. Sin decir una palabra, bajó la cabeza y trató de abrirse paso entre la prensa, pero los periodistas la rodearon como tiburones que han olido sangre nueva.
Dante seguía mirando los papeles. El silencio entre nosotros era una barrera que no me atrevía a romper. Había salvado su imperio. Había destruido a mi familia. Había cumplido con la "redención" antes incluso de que llegara el Bloque 4 de mi plan.
—Zoe —dijo él, finalmente levantando la vista. Su voz era ronca, cargada de una emoción que no lograba identificar.
—Me voy, Dante —dije, dando un paso atrás—. Tienes lo que necesitas para limpiar tu nombre. Julian tiene el resto de las pruebas. Mi madre... mi madre no sabía nada, por favor, tenlo en cuenta.
Me di la vuelta para bajar los escalones, sintiendo que mi misión había terminado. La adrenalina estaba desapareciendo, dejándome solo con un cansancio infinito. Pero no había dado ni tres pasos cuando sentí su mano cerrándose sobre mi muñeca.
Fue un agarre firme, pero no violento. Un agarre que me obligó a girarme.
Dante me miraba frente a todas las cámaras, frente a todo el mundo que esperaba ver nuestra destrucción. No le importaba la prensa, no le importaba el escándalo.
—¿A dónde crees que vas? —preguntó, su voz vibrando con una intensidad que me hizo temblar.
—A donde pertenece la impostora, Dante. Fuera de tu vida.
—El contrato dice cien días, Zoe —dijo él, y por primera vez en toda la historia, vi una sombra de sonrisa en la comisura de sus labios, una sonrisa triste y feroz a la vez—. Y apenas vamos por el catorce.
Me atrajo hacia él con un movimiento brusco, rodeándome con sus brazos frente a los flashes que estallaron de nuevo con una furia renovada. Apoyó su frente contra la mía, ignorando el caos que nos rodeaba.
—Me salvaste —susurró, tan bajo que solo yo pude oírlo—. Me salvaste cuando yo solo quería destruirte.
—Te amo, estúpido "Glaciar" —respondí, escondiendo mi rostro en su pecho, sintiendo finalmente que las lágrimas eran de alivio.
Pero mientras él me abrazaba, vi a Elena mirándonos desde la ventana del segundo piso. Su rostro estaba desencajado por el odio. Y supe, con una certeza aterradora, que la batalla por la mansión Volkov no había terminado. Vanessa caería, pero mi hermana... mi propia sangre acababa de encontrar una nueva razón para odiarme.
Dante me tomó de la mano y me guio hacia el interior de la casa, cerrando las pesadas puertas dobles y dejando fuera el ruido del mundo. Estábamos a salvo, por ahora. Pero el aire dentro de la mansión seguía oliendo a traición, y el capítulo catorce terminó con el sonido de mis propios pasos resonando en el mármol, dándome cuenta de que haber salvado al magnate era solo el primer paso de un camino que se volvía cada vez más oscuro y peligroso.