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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 19: EL ECO DE LA SANGRE

Los días pasaron lentos después de que la abuela Elena se fue. Alessandra se levantaba cada mañana y se sentaba junto al lago, con las sombras a sus pies y el collar brillando contra su piel. El árbol ya no brillaba como antes, pero ella lo sentía. Una presencia suave, como una caricia en la nuca, como un susurro en el viento.

Aeron la acompañaba en silencio la mayoría de las mañanas. A veces hablaban. Otras no. No hacía falta.

—¿Vas a estar bien? —preguntó una mañana, mientras el sol empezaba a calentar el agua del lago.

—No lo sé. Pero voy a intentarlo.

—Eso es suficiente.

Alessandra lo miró. En la luz dorada del amanecer, sus ojos brillaban como dos monedas de fuego.

—¿Cómo haces? —preguntó—. Para seguir después de tanto tiempo. Para no rendirte.

—Porque sabía que ibas a llegar. Porque tenía fe.

—¿Y si no hubiera llegado?

—Habría seguido esperando. No sabía hacer otra cosa.

Alessandra sintió algo en el pecho. No era el calor de siempre. Era algo más profundo. Algo que no sabía nombrar, pero que la hacía querer estar cerca de él.

—¿Y ahora? ¿Ahora qué vas a hacer?

—Quedarme. Contigo. Todo el tiempo que me dejes.

Alessandra sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Aeron la vio.

—Entonces quédate.

Por la tarde, Clarissa la encontró en la biblioteca de la abuela. Alessandra estaba sentada en el suelo, con los libros abiertos a su alrededor, tratando de entender lo que no había podido aprender en el poco tiempo que tuvieron.

—¿Qué haces? —preguntó Clarissa.

—Trato de entender. De aprender. De no olvidar.

Clarissa se sentó a su lado.

—No vas a olvidar. Está en ti. En tu sangre. En tu magia.

—¿Y si no es suficiente? ¿Y si vuelven y no puedo protegerlas?

—No tienes que protegernos sola. Estamos nosotras. Está él.

—¿Y si no alcanza?

Clarissa tomó su mano.

—Mi abuela me dijo una vez que el miedo no es enemigo. Que es parte de una. Que cuanto más lo aceptás, más fuerte te hace.

—¿Y tú le creíste?

—Ahora sí.

Alessandra apretó la mano de su hermana. Las sombras a su alrededor se movían suaves, como si también estuvieran escuchando.

—¿Tú también vas a pelear? —preguntó—. Cuando vuelvan.

—Sí. No sé mucho de magia. Pero sé que voy a estar a tu lado. Pase lo que pase.

—Gracias.

—No me des las gracias. Para eso están las hermanas.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo. Se dejó caer contra el hombro de Clarissa y lloró todo lo que no había llorado en los días anteriores.

No era tristeza. Era alivio. Era el peso que llevaba cargando desde que su abuela se fue, y que por fin empezaba a soltar.

Esa noche, las tres hermanas se sentaron en la terraza con mantas y té caliente. Aeron estaba en el jardín, junto al roble, pero Alessandra sabía que estaba ahí. Lo sentía como un latido que no era el suyo.

—¿Qué vamos a hacer cuando vuelvan? —preguntó Fiorella.

—Vamos a pelear —dijo Alessandra—. Como mi abuela hubiera querido.

—¿Y si no podemos?

—Vamos a poder. Porque estamos juntas. Porque no estamos solas.

Clarissa asintió. En sus ojos avellana había una determinación que Alessandra no recordaba haber visto.

—Mi abuela me enseñó algo antes de irse —dijo—. Me dijo que la magia no es solo poder. Es memoria. Es historia. Es todo lo que las que vinieron antes nos dejaron.

—¿Y eso qué significa? —preguntó Fiorella.

—Que no estamos empezando de cero. Que tenemos a todas las mujeres de nuestra línea con nosotras. Que su fuerza está en nuestra sangre.

Alessandra apretó el collar en su mano. La piedra brillaba suavemente, como si también estuviera escuchando.

—Mi abuela me dijo algo parecido —dijo—. Me dijo que la magia no se domina. Se acepta. Se escucha. Se aprende a vivir con ella.

—¿Y tú cómo lo haces? —preguntó Fiorella.

—No lo sé. Pero voy a aprender. Por ustedes. Por él. Por ella.

Las tres se quedaron en silencio, mirando la luna reflejarse en el lago. Las sombras de Alessandra descansaban a sus pies, quietas, en paz.

—¿Creen que ella nos ve? —preguntó Fiorella, con la voz más baja de lo habitual.

—Sí —respondió Alessandra—. En el árbol. En el viento. En cada flor que abre en el jardín. Ella está ahí.

—¿Y eso les alcanza?

—Por ahora, sí.

Más tarde, cuando las estrellas brillaban sobre el valle y la luna estaba en lo más alto, Alessandra bajó al jardín. Aeron la esperaba junto al roble, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el agua.

—¿No puedes dormir? —preguntó.

—Tú tampoco.

—No necesito dormir mucho.

—Eso siempre dices.

Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo.

Se sentaron juntos en el banco de piedra. La luna se reflejaba en el lago, y las sombras descansaban a sus pies.

—¿Cómo estás? —preguntó él.

—Mejor. Como si hubiera soltado algo que no sabía que estaba cargando.

—¿Qué era?

—Miedo. Culpa. No sé. Algo que llevaba desde que ella se fue.

—¿Y ahora?

—Ahora quiero seguir. Quiero aprender. Quiero estar lista para cuando vuelvan.

—Vas a estarlo.

—¿Cómo sabes?

—Porque eres más fuerte de lo que creés. Porque no estás sola. Porque te tengo a ti.

Alessandra lo miró. En la luz de la luna, sus ojos dorados parecían estar ardiendo con un fuego suave.

—¿Tú también vas a pelear? —preguntó—. Cuando vuelvan.

—Sí. Por ti. Por tu familia. Por mi manada.

—¿Y si perdemos?

—No vamos a perder. Porque tú estás con nosotras.

Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo. Se dejó caer contra su pecho, sintiendo su corazón latir junto al suyo, sintiendo que el mundo, por fin, estaba en su lugar.

—No te vayas —susurró.

—No me voy a ir. Nunca más.

A la mañana siguiente, Alessandra despertó con el collar brillando contra su piel. La piedra estaba más caliente que otros días, como si algo estuviera cambiando.

Salió al jardín sin cambiarse, con el cabello suelto y los pies descalzos. Aeron ya estaba junto al lago, con los brazos cruzados y la mirada fija en el horizonte.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—No lo sé. Algo viene.

Alessandra sintió que la sangre se le enfriaba. Las sombras a su alrededor se agitaron, inquietas.

—¿El aquelarre?

—No. Algo diferente. Algo más viejo.

Aeron se acercó a ella. Tomó su rostro entre las manos.

—Pase lo que pase, no te voy a dejar. ¿Entiendes? No importa lo que venga. No importa lo que pase. Voy a estar contigo.

—Lo sé —respondió Alessandra, con la voz más firme de lo que se sentía.

Aeron la besó. No fue un beso suave como los anteriores. Fue un beso con miedo. Con esperanza. Con todo lo que no sabía decir con palabras.

Cuando se separaron, los dos estaban temblando.

—Juntos —dijo él.

—Siempre —respondió ella.

Y en el jardín, junto al lago, las sombras de Alessandra se extendieron como un manto, envolviéndolos a los dos, protegiéndolos.

Porque algo venía. Y esta vez, iban a estar listos.

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