Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°19
La mansión estaba silenciosa, pero el corazón de Isabella no lo estaba.
Sentada en su habitación, con las piernas cruzadas sobre la alfombra y los ojos fijos en la ventana, no dejaba de pensar en lo que había escuchado la tarde anterior. Le enseñarían a usar un arma. No sabía si tener miedo, emoción… o ambas cosas. Solo sabía que su estómago no dejaba de dar vueltas, y que en su cabeza, una sola pregunta se repetía una y otra vez:
¿Y si no soy capaz?
Toc, toc.
—Isabella, despierta —se escuchó la voz grave y firme del señor León desde el otro lado de la puerta—. Es hora.
Ella se levantó de un salto. Se puso rápidamente una chaqueta sobre el pijama y abrió la puerta. León la esperaba de pie, impecable como siempre, con una caja negra en las manos.
—¿Ya? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Es ahora o nunca, pequeña —respondió él, caminando hacia una habitación contigua que Isabella no había visto antes. La puerta se abrió con un clic seco, y lo primero que notó fue la mesa metálica al fondo, completamente vacía salvo por una funda de cuero.
—Ven. Acércate.
Isabella tragó saliva y obedeció. Sus pies descalzos hacían ruido sobre el suelo de madera. El señor León colocó la caja sobre la mesa y la abrió con cuidado. Dentro, reposaba una pistola negra, pulida y amenazante. No era enorme, pero tampoco se veía ligera.
—¿Eso... eso es para mí? —preguntó ella, dando un paso hacia atrás.
—No. Aún no. —La miró con calma—. Pero vas a aprender a entenderla, a respetarla... y, si algún día lo necesitas, a no temerle.
León sacó el arma y se la mostró con ambas manos, como si fuera algo frágil. Luego se la extendió.
—Tómala.
—¿Yo? ¿Ahora?
—Ahora —repitió él.
Isabella estiró las manos con cuidado. Cuando sus dedos tocaron el frío del metal, un escalofrío le recorrió los brazos. La sujetó como pudo, pero al instante hizo una mueca.
—¡Pesa mucho! —dijo, mirándolo sorprendida.
—Exacto. No es un juguete —dijo León—. El peso es parte de la responsabilidad.
Se acercó y puso sus manos sobre las de ella, corrigiendo la postura con precisión.
—Así no. No debes sujetarla con miedo, sino con decisión. Mira —León le mostró cómo poner los dedos, cómo mantener firme la muñeca y cómo apuntar—. Nunca pongas el dedo en el gatillo si no vas a disparar, ¿entiendes?
—¿Y si se me cae?
—No va a pasar. Porque tú vas a respetarla. Y ella te va a respetar a ti.
Isabella respiró hondo y trató de mantener el pulso firme. El arma le temblaba en las manos, pero logró mantenerla al frente.
—Eso es —dijo León, asintiendo con aprobación—. Ya es suficiente por hoy.
—¿Ya? Pero apenas...
—Por hoy —la interrumpió él—. Lo importante era que la sintieras. Que supieras lo que significa tenerla en tus manos. No quiero convertirte en nada que no quieras ser. Solo quiero que estés lista, si algún día el mundo no te da opción.
Ella lo miró en silencio, con una mezcla de admiración y miedo.
—Ahora ve a comer algo, ¿sí? La cocinera preparó panqueques esta mañana.
—¿Con chocolate?
—Y con frutillas —dijo con una leve sonrisa, que en él era como una carcajada.
Isabella bajó el arma con cuidado y se la entregó. Luego dio media vuelta y salió de la sala con el corazón acelerado, como si acabara de correr una maratón.
Mientras caminaba por el pasillo, murmuró para sí:
—Es pesada… pero no más que todo lo que siento ahora.
Y siguió su camino hacia la cocina, donde la dulce normalidad la esperaba... Por ahora.