Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
NovelToon tiene autorización de Wang Chao para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 18. Cargar con su odio.
Regresé a mi oficina después de la reunión con Robert y los demás. En mi vida pasada, él lo había presentado departamento por departamento, sin escándalos ni juegos de poder. No armó este circo. Definitivamente alteré demasiadas cosas desde el momento en que decidí rechazarlo.
Ocupé mi lugar frente al escritorio, dejando caer el peso de mi cuerpo en la silla. Aún tenía que encontrar a alguien que tomara el proyecto de Manhattan para poder irme a D.C., que, si no mal recordaba, recibiría hoy mismo la visita de los clientes. El tiempo corría y no podía permitirme errores.
—Sí, será hoy —murmuré, confirmando la fecha en la pantalla de la computadora.
En mi vida pasada, Robert me llamó de inmediato para exigirme que fuera. Él mismo se encargaría del proyecto de Manhattan, como siempre, apartándome con una excusa mal disfrazada. No quise irme entonces. Me colgué de su cuello, le supliqué que me dejara quedarme a su lado. Sabía perfectamente que me enviaba lejos para estar con Axel, pero aun así mendigué. Me humillé.
Ahora no.
Ahora aprovecharía esa oportunidad para irme. Para poner distancia. Para respirar. Pero antes tenía que dejar toda la información organizada; el proyecto estaba prácticamente terminado: tres meses y medio, no más. No podía dejar cabos sueltos.
Busqué todos los archivos relacionados con la construcción del edificio en Manhattan y los guardé en una memoria USB. Planos, presupuestos, permisos, correos. Todo. Cuando terminé, solo quedaba esperar a que Robert me llamara.
Me recosté en la silla y giré lentamente, observando a través del ventanal los edificios que se alzaban alrededor. Fríos, impersonales. El reflejo perfecto de lo que había sido mi vida durante años.
Lo que ocurrió esa mañana con Daniel fue, sin duda, un golpe de suerte.
Aunque no pude contarle aún sobre mi posible embarazo, sí hablé de Robert. Omití, por supuesto, las partes más humillantes, aquellas donde yo era poco más que un hombre arrastrándose por migajas de atención. Agradecí que no me juzgara. Aunque, siendo honesto conmigo mismo, lo merecía. Me arrastré durante años detrás de un cabrón que nunca me miró realmente. Y ahora que lo hace, lo único que deseo es que se mantenga lejos.
Quizá le habría creído si ese interés hubiese llegado antes. Quizá. Pero ahora no. Ahora sé perfectamente que Robert no me extraña a mí; extraña la devoción, la atención constante, el mundo girando a su alrededor. Es su ego herido el que habla por él. Esa es la verdadera razón por la que me persigue, por la que intenta provocarme. No hay amor ahí. Nunca lo hubo.
Suspiré, frustrado, con una mezcla amarga de enojo y cansancio.
—Justo cuando quiero alejarme… —murmuré en voz alta.
Apreté los labios y cerré los puños sobre los reposabrazos, traicionado por los recuerdos de sus manos sobre mi cuerpo, del calor que desprendían, del aroma que siempre lograba arrastrarme de vuelta a él. Me volví adicto a ese contacto. A ese fuego breve, insuficiente, pero devastador.
Siempre me tuvo ahí. Nunca me eligió, pero tampoco me dejó ir. Hubo momentos en los que estuve a punto de rendirme, en los que su indiferencia dolía más que cualquier rechazo abierto. Y justo entonces, él cedía un poco: un beso robado, una caricia distraída, una cita improvisada, una noche de películas, una cena. Migajas. Siempre migajas. Nunca más.
Tal vez, si no hubiese hecho nada de eso, lo habría dejado mucho antes. No ahora. No cuando sé con absoluta certeza el destino que me espera si decido quedarme a su lado otra vez.
Esta mañana, cuando me tomó por la cintura, sus manos quemaron como el infierno mismo, y tuve que luchar conmigo para no doblegarme. Porque Robert no quiere mi amor. No me quiere a mí. Solo odia que mi mundo ya no gire en torno al suyo.
Sé que esto es una trampa. Una más. Una diseñada para devolverme a sus pies.
Y si no huyo ahora, si no me escondo, si no lo olvido…
Jamás podré dejarlo.
Y como si todo eso no fuera suficiente, mi mano fue, casi de manera inconsciente, a posarse sobre mi vientre.
Aún no había confirmación médica. Aún no había un nombre, un estudio, un diagnóstico que me permitiera decirlo en voz alta. Pero mi cuerpo ya lo sabía. Yo lo sabía. Ese cansancio persistente, las náuseas suaves pero constantes, la sensación de fragilidad que no reconocía como propia. No era imaginación. No podía serlo.
Tragué saliva.
Si esto era real… si de verdad estaba gestando una vida, entonces no solo estaba huyendo de Robert. Estaba huyendo para proteger a alguien más.
El miedo me atravesó como un golpe seco. Porque en mi vida pasada lo oculté. Me escondí. Dejé de existir para el mundo, reduje mis pasos, mis palabras, mi voz. Me convertí en un secreto vergonzoso. Y aun así, no fue suficiente. Aun así, fallé.
Mi hijo murió.
La sola idea hizo que el aire se me atascara en los pulmones. Cerré los ojos con fuerza, como si así pudiera borrar esa imagen, ese recuerdo que nunca se iba del todo. No podía repetirlo. No otra vez. No permitir que esta vida —si existía— creciera rodeada de silencios, de mentiras, de miedo.
Robert jamás lo aceptaría.
No de verdad.
Quizá diría las palabras correctas, haría las promesas necesarias, se mostraría protector. Pero en el fondo, yo sabía que me vería como una carga. Como algo que estorbaba sus planes, su imagen, su control. Y cuando algo estorba en la vida de Robert, tarde o temprano desaparece.
Mi estómago se revolvió.
No podía quedarme. No podía permitir que supiera nada. Ni siquiera debía sospecharlo. Porque si se enteraba antes de que yo pudiera irme, antes de estar a salvo, lo usaría. Lo usaría como siempre me usó a mí: como un ancla.
Apoyé la frente contra el respaldo de la silla y respiré hondo, tratando de calmar el temblor que recorría mis manos.
Esta vez no.
No voy a cometer el mismo error. No voy a suplicar. No voy a rogar amor ni comprensión. No voy a quedarme esperando a que alguien me elija.
Si este bebé existe, entonces yo lo elegiré primero.
Aunque tenga que irme solo. Aunque tenga que desaparecer de nuevo. Aunque Robert me odie por ello.
Porque prefiero cargar con su odio que volver a enterrar a un hijo.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard