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Tres Veces 69

Tres Veces 69

Status: Terminada
Genre:Yaoi / Mafia / Amor a primera vista / Romance de oficina / Romance oscuro / Harén Inverso / Completas
Popularitas:2
Nilai: 5
nombre de autor: Belly fla

“Para heredar el imperio de la mafia, Pedro necesita ser entrenado por los gemelos Danilo y Diogo. Pero las lecciones de poder pronto se convierten en juegos de deseo, donde el placer es el arma más peligrosa y el heredero se convierte en el premio.”

NovelToon tiene autorización de Belly fla para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 7

"Qué bueno que lo lograste," dijo Diogo, su voz cargada de una aprobación que hizo que el pecho de Pedro se hinchiera de orgullo. Pero el triunfo fue corto. Diogo tomó un pedazo de tela negra, un terciopelo suave y siniestro. "Tu próximo desafío es disparar con los ojos vendados."

Pedro miró la venda, luego al blanco, y luego de vuelta a Diogo. "¿Cómo voy a hacer eso?" La voz salió más aguda de lo que le gustaría. "¿Si ni siquiera con los ojos abiertos lo hacía bien hasta hace cinco minutos?"

Danilo soltó una risita baja, acercándose. "No te preocupes si no lo logras. Nosotros enseñamos. Esa es la parte divertida." Tomó la venda de las manos de Diogo. "Vamos a cubrirte los ojos ahora."

Una ola de pánico irracional se apoderó de Pedro. La sala, que antes parecía un parque de diversiones mortal, ahora se transformaba en una trampa claustrofóbica. "No voy a poder," protestó, retrocediendo un paso.

"Quién entrena eres tú. Quién enseña somos nosotros," dijo Danilo, su voz firme, eliminando cualquier espacio para discusión. "Y nosotros estamos diciendo: confía."

Diogo cerró la distancia, quedando delante de Pedro. "Se trata de memoria muscular. De sentir, no ver. Ya conoces la postura. Ahora es sentirla."

A regañadientes, Pedro asintió con la cabeza. Danilo vino por detrás y colocó la venda sobre sus ojos. El mundo desapareció, reemplazado por una oscuridad aterciopelada y absoluta. Sus otros sentidos se dispararon. Podía oír su propia respiración jadeante, el susurro casi inaudible de la ventilación de la sala y el olor distintivo del perfume amaderado de Danilo, que aún estaba cerca.

"Listo," susurró Danilo en su oído, y Pedro se estremeció.

"Pésimo comienzo," se burló Diogo desde frente a él. "Vamos. Levanta el arma."

Pedro intentó. Sus brazos se movieron de forma hesitante, vacilante en la oscuridad. No tenía idea de dónde estaba apuntando.

"Equivocado," la voz de Diogo cortó el aire. "Estás girado casi 45 grados hacia la derecha."

De repente, un par de manos firmes tocaron su cintura. Eran las manos de Diogo. Se apretaron levemente, girándolo en la posición correcta. El toque fue eléctrico, profesional, pero la intimidad era innegable. "Aquí. Esa es tu línea."

Antes de que Pedro pudiera procesar, otro par de manos—más suaves, pero igualmente firmes—ajustó sus brazos. Danilo. Él guio el codo izquierdo de Pedro hacia arriba, sus dedos presionando suavemente el músculo tríceps. "Altura. Siempre esa altura. Siente esto."

Pedro estaba atrapado entre los dos, inmovilizado no por la fuerza, sino por la intensidad de la situación. Podía sentir el calor de Diogo en su espalda y el de Danilo en su brazo. La oscuridad amplificaba cada sensación. El toque de ellos era como un mapa siendo trazado en su cuerpo.

"Ahora," susurró Diogo, su boca demasiado cerca de la nuca de Pedro. "Siente el peso del arma. Siente el equilibrio. Dónde está tu dedo en el gatillo. Ya no se trata de mirar. Se trata de saber."

"La respiración," recordó Danilo, su mano aún en su brazo, un punto de calor constante. "Lo mismo. Inspira. Aguanta."

Pedro obedeció. En la oscuridad, con las manos de ellos sobre él, respiró. Era lo único que lo anclaba a la realidad.

"El blanco está frente a ti," Diogo continuó, su voz un hilo de seda en la oscuridad. "No puedes verlo, pero está ahí. Tu bala sabe dónde está. Sólo necesitas apuntar el camino."

Las manos de ellos se retiraron lentamente, dejando atrás una sensación fantasma en su piel. Pedro estaba solo en la oscuridad de nuevo, pero ahora su cuerpo lo recordaba. Los ajustes, la postura, la línea.

"Ahora," ordenó Danilo, su voz viniendo de algún lugar a su derecha. "Dispara."

Pedro contuvo la respiración. Su mente gritaba que era imposible. Pero sus músculos, aún haciendo eco del toque de ellos, se mantenían firmes. Confió en lo que sentía, no en lo que veía. Y apretó el gatillo.

El sonido del tiro fue seguido por un pitido agudo y distante del blanco electrónico. Un pitido verde.

"Acertaste de lleno," dijo Diogo, y Pedro podía oír la sonrisa en su voz. Era una sonrisa de verdadera sorpresa y admiración.

"Carajo, muchacho," se rió Danilo, la diversión evidente. "¡Eres un prodigio del tiro a ciegas!"

Una risa de alivio y triunfo explotó de Pedro. Casi dejó caer el arma. "¿Yo... yo lo logré?"

Las manos volvieron a tocarlo, esta vez para remover la venda. La luz de la sala ofuscó sus ojos por un segundo. Cuando se ajustaron, vio a los dos gemelos mirándolo. Danilo con una sonrisa abierta y relajada, y Diogo con una expresión intensa y calculadora que hacía que el estómago de Pedro diera un vuelco.

"Lo lograste," confirmó Diogo, sus ojos oscuros fijos en los de Pedro. "Porque confiaste en nosotros. Y en tu instinto." Dio una palmada en el rostro de Pedro, un gesto rápido y posesivo. "Pero no te confíes mucho. Mañana empezamos con los cuchillos."

El toque quemó en la piel de Pedro más que el retroceso del arma.

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