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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 3: La gran confusión y un volante prestado

El crujido de las maderas nobles bajo las suelas de cuero anunció la llegada de los invitados de honor. Antonella contuvo la respiración, con la columna rígida y la barbilla en alto, lista para clavarle una mirada fulminante al hombre que pretendía adueñarse de su futuro.

Pero la figura que emergió al pie de la escalera no correspondía en lo más mínimo a la silueta de un joven ejecutivo de veintisiete años.

Primero descendió un hombre corpulento de unos sesenta años, enfundado en un traje diplomático a rayas, llevando del brazo a una mujer elegante con estola de visón que no dejaba de sonreír con condescendencia. Detrás de ellos, avanzando con paso lento y solemne, apareció un anciano de porte aristocrático. Tenía el cabello completamente blanco como la escarcha, el rostro surcado por arrugas profundas que parecían talladas en granito y los ojos pequeños, hundidos y calculadores. Se apoyaba en un bastón con empuñadura de plata maciza en forma de cabeza de lobo. Caminaba solo, emanando un aura de autoridad tan aplastante que el murmullo de los camareros se extinguió de golpe.

Antonella parpadeó, desconcertada. Miró hacia la parte superior de la escalera, esperando ver bajar a alguien más. No había nadie.

A su lado, su abuelo materno, Charles Belmont, dio un paso al frente con una sonrisa de complacencia servil. Le dio una palmada en el hombro a Antonella y, con un tono cargado de orgullo decadente, susurró con voz perfectamente audible:

—Míralo bien, niña. Al fin llegó tu prometido. El hombre que salvará a esta familia.

El mundo pareció detenerse. Un zumbido agudo y metálico le perforó los oídos.

¿Cinco años mayor? La frase de su madre resonó en su cráneo como una burla grotesca. Aquel hombre no le llevaba cinco años; le llevaba fácilmente medio siglo. Era un anciano decrépito al borde de la tumba. Toda la historia del joven educado en Europa, el brillante estratega corporativo... todo había sido una sarta de mentiras diseñadas para mantenerla tranquila hasta el día del matadero. No la estaban casando para una alianza moderna; la estaban vendiendo como enfermera de lujo, como un adorno de cama para calentar los últimos inviernos de un viejo multimillonario.

El horror le heló la sangre, pero la furia que le siguió fue instantánea, ardiente y letal.

—Arthur, qué puntualidad tan exquisita —saludó Richard Belmont, inclinando la cabeza con una reverencia casi vergonzosa mientras estiraba la mano para estrechar la del patriarca Prescott.

El anciano Arthur Prescott miró su reloj de bolsillo de oro y frunció el ceño con disgusto evidente.

—Odio la impuntualidad, Belmont. Y si acepté venir en persona a este antro subterráneo fue únicamente para cerrar los términos legales antes del mediodía. ¿Dónde está el champagne? Mi garganta no tolerará una conversación de negocios en seco.

Los padres de Antonella y los consejeros legales de ambas familias rodearon de inmediato al anciano en una nube de adulaciones, reverencias y copas de cristal que tintineaban al servirse. Arthur Prescott comenzó a hablar en tono bajo y áspero sobre los términos del fideicomiso, mientras los abogados desplegaban carpetas sobre la mesa principal. Todos estaban fascinados, hipnotizados por la presencia del magnate.

Nadie la miraba. Para ellos, ella ya no era un ser humano con voluntad; era un activo transferible esperando la firma de entrega.

«Ni muerta», pensó Antonella, con las uñas enterradas en las palmas de sus manos. «Prefiero dormir bajo un puente que dejar que este viejo me ponga una mano encima».

Aprovechando que un grupo de tres camareros cruzaba el pasillo con bandejas de plata para servir los aperitivos, Antonella dio un paso hacia atrás, deslizándose hacia la penumbra de las columnas de piedra. Dio otro paso. Luego otro. Su corazón latía a mil por hora, bombeando una mezcla pura de adrenalina y desprecio.

Giró sobre sus tacones y caminó a paso rápido hacia el vestíbulo. Pasó de largo los baños y empujó la pesada puerta de salida de emergencia que daba al callejón lateral. El aire fresco y húmedo de Manhattan la golpeó de lleno en el rostro como una bofetada salvadora.

Corrió. Con el vestido de marfil ondeando y el bolso apretado contra el pecho, Antonella salió a la ruidosa avenida. No miró atrás. No pensó en las consecuencias. Su único objetivo era poner tanta distancia entre ella y ese restaurante como fuera humanamente posible.

Tres kilómetros al norte, sobre la avenida Lexington, la situación era radicalmente distinta, pero igual de caótica.

Una densa columna de humo blanco salía del motor de un imponente deportivo gris plomo varado en el carril derecho. Junto al capó abierto, Andrew Prescott se quitó el saco del traje a medida de cinco mil dólares, lo arrojó con fastidio sobre el asiento del copiloto y se arremangó la camisa blanca de seda hasta los codos, revelando antebrazos firmes y un reloj deportivo de titanio que marcaba las doce y cincuenta y ocho.

—Maldita sea —gruñó en voz baja, cerrando el capó de golpe.

La bomba de refrigerante había reventado sin previo aviso. Andrew sacó el teléfono satelital, marcó al servicio de asistencia privada y dio tres órdenes secas para despachar una grúa blindada. Sin embargo, el operador le informó con cautela que, debido a una protesta en la zona baja de la ciudad, el remolque tardaría al menos veinticinco minutos.

Andrew apretó la mandíbula. Si llegaba tarde, su abuelo Arthur no lo dejaría en paz por el resto del mes. El viejo patriarca utilizaba cualquier retraso como excusa para cuestionar su disciplina al frente del consorcio. Y hoy era el almuerzo oficial para conocer a la supuesta prometida que le habían impuesto desde la cuna; una chica mimada de la alta sociedad que, según los informes de inteligencia de la empresa, probablemente no sabía hacer otra cosa que posar en cócteles benéficos.

Un viejo taxi amarillo —un Ford Crown Victoria gastado y con el techo abollado— frenó bruscamente unos metros más adelante para dejar a un pasajero. El conductor, un hombre mayor con gorra descolorida y termo de café en mano, puso las luces de emergencia dispuesto a tomarse un descanso.

Andrew no lo pensó dos veces. Caminó hacia la ventanilla del taxi con zancadas largas y seguras.

—Está fuera de servicio, muchacho —le ladró el taxista sin mirarlo, buscando un sándwich en una bolsa de papel—. Tengo que almorzar.

Andrew apoyó ambas manos en el borde de la ventanilla abierta. Su mirada ámbar, fría y penetrante, hizo que el hombre detuviera el movimiento de la mano.

—¿Cuánto ganas en una semana limpia de trabajo? —preguntó Andrew, sin rodeos.

El taxista parpadeó, desconcertado por el porte de magnate del tipo que tenía enfrente.

—¿Qué? ¿De qué habla?

—Pregunta simple. ¿Cuánto te queda en el bolsillo después de combustible, impuestos y turnos de doce horas durante siete días?

El chofer tragó saliva, dudando si estaba frente a un demente o a un policía encubierto.

—Mil dólares... si la semana es un milagro y no reviento un neumático.

Andrew metió la mano en el bolsillo interior de su chaleco y sacó un fajo de billetes nuevos sujetos por un clip de platino. Sin pestañear, desprendió veinte billetes de cien dólares y los arrojó con precisión sobre el regazo del conductor.

Luego extrajo una tarjeta negra metálica, grabada con letras plateadas que rezaban: Andrew Prescott – Vicepresidente Ejecutivo, Prescott Global.

—Ahí tienes dos mil dólares en efectivo —dijo Andrew con voz autoritaria y serena—. Te compraste dos semanas de vacaciones pagadas. Ahora bájate.

El taxista abrió la boca de par en par, mirando los billetes relucientes y la tarjeta ejecutiva que pesaba como una barra de plomo en su palma.

—¿M-mi taxi?

—Tu taxi. Te quedas parado junto a ese deportivo averiado que vale medio millón de dólares. Cuando llegue la grúa dentro de quince minutos, le entregas las llaves que están puestas en el encendido. Mañana por la mañana vas al helipuerto de la Torre Prescott, preguntas por mi jefe de seguridad y te devolverán tu taxi con el tanque lleno y un juego de neumáticos nuevos. ¿Tenemos un trato o prefieres tu sándwich frío?

El chofer no necesitó más explicaciones. Agarró el dinero, abrió la puerta y bajó del auto a tropezones, como si temiera que el fajo de billetes se evaporara en el aire.

—¡Es todo suyo, jefe! ¡Todo suyo! ¡Hasta le dejé la radio sintonizada en clásicos!

Andrew sonrió con ironía. Se deslizó en el desgastado asiento del conductor, que olía a aromatizante barato de pino y cuero viejo. Acomodó el espejo retrovisor, puso la palanca en marcha y pisó el acelerador a fondo. El motor rugió con un traqueteo asmático, pero respondió.

Con una camisa de diseñador remangada, el cabello ligeramente despeinado por el viento y el volante de un taxi destartalado entre los dedos, Andrew Prescott enfiló a toda velocidad hacia The Gilded Cellar.

Iba a llegar tarde, sí, pero pensaba entrar con la cabeza en alto.

Lo que jamás cruzó por su mente fue que, al doblar la esquina de Wall Street a toda velocidad, el destino le arrojaría al capó el mayor problema de su vida. Una mujer de ojos oscuros cargados de furia y un vestido marfil manchado de asfalto que se paró en medio de la calle, levantando los brazos como si estuviera dispuesta a ser atropellada antes de dar un paso atrás.

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Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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