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EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

EL ARTE DE AUTO DESTRUIRNOS

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Embarazo no planeado / Posesivo
Popularitas:579
Nilai: 5
nombre de autor: Paula_noches de tintas

⚠️ Advertencia: Esta no es una historia de amor tradicional. Aquí no hay príncipes azules, ni finales color de rosa, ni relaciones sanas.

Si buscas un romance tranquilo, este libro no es para ti. Pero si te encantan las historias llenas de tensión palpable, celos enfermizos, orgullo inquebrantable, peleas verbales que queman y una química tan intensa que duele, bienvenida al caos.

Dicen que de los amores sanos se escriben libros bonitos, pero de los tóxicos, adictivos y destructivos nacen las mejores tragedias.

Liam Black y Zoé Miller tienen un acuerdo tácito: mantenerse a kilómetros de distancia. Separados son una bomba de tiempo a punto de estallar, dos almas intentando fingir que el otro ya no importa. Pero juntos... juntos son un campo de minas.

Se odian con la misma intensidad con la que se necesitan. Cada reencuentro es una guerra de orgullo, reproches y miradas que queman, terminando siempre en el mismo abismo del que juraron escapar.

NovelToon tiene autorización de Paula_noches de tintas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Sobredosis de realidad

La cena terminó como una obra de teatro mal actuada. Sonrisas fingidas, platos vacíos y miradas de reojo que quemaban más que el fuego. En cuanto los padres de Liam se despidieron y cruzaron la puerta de salida, sentí que por fin podía volver a respirar. O eso creía.

Porque lo peor de jugar con fuego no es quemarte; es darte cuenta de que te gusta el dolor.

Esa misma noche, a las dos de la mañana, mi teléfono vibró sobre la mesa de noche con una notificación que ya me sabía de memoria.

Liam: Sal a la ventana.

Mi corazón dio un vuelco idiota, furioso y desesperado. Quise ignorarlo. Juro por Dios que intenté cerrar los ojos, darme la vuelta en la cama y dejar que su mensaje se quedara en leído. Pero la abstinencia es una perra sádica. Diez minutos después, con el pijama mal puesto y los pies descalzos, me asomaba por el balcón de mi habitación.

Ahí estaba él. Recostado contra el capó de su auto estacionado en la calle oscura, con la misma chaqueta de cuero y una postura que exudaba peligro. Al verme asomar la cabeza, no sonrió; solo se apartó del auto y me hizo una seña seca con la barbilla, indicándome que bajara.

No abrí la puerta principal para no hacer ruido. Me descolgué casi por inercia, abriendo la puerta trasera que daba al jardín, y en menos de un minuto estaba cruzando el patio hasta llegar al callejón lateral donde él me esperaba.

-¿Estás demente? -le solté en un susurro áspero nada más tenerlo enfrente, cruzándome de brazos para intentar protegerme del frío y de su presencia-. Son las dos de la mañana, Liam. Mis papás están durmiendo a unos metros.

-No podía dormir, Zoé -respondió él sin rodeos. Su voz era un eco ronco que me recorrió toda la espina dorsal-. Y tú tampoco. No finjas.

Dio un paso hacia mí y mi espalda chocó contra la pared de ladrillos de la casa. No había escapatoria, y lo peor es que ninguna parte de mí quería huir.

-Me estás cansando con esta mierda -le reclamé, intentando inyectar toda la dureza posible en mi tono, aunque mis ojos lo traicionaban al recorrer sus labios-. Dijimos que se acabó. Terminó.

-Nada ha terminado -replicó Liam con una calma peligrosa, apoyando ambas manos en la pared a los lados de mi cabeza, encerrándome en su órbita-. Lo intentamos en el club, lo intentamos en la cocina de tus padres, y cada maldita vez terminamos peor que antes. Ya no hay vuelta atrás, Zoé.

-¿Qué quieres de mí, Liam? -le exigí, sintiendo que la garganta se me cerraba por la mezcla de rabia y una atracción que rayaba en la enfermedad-. ¿Quieres verme destruida? ¿Quieres que te suplique? ¡Dilo de una vez!

Liam se quedó en silencio un segundo. Sus ojos oscuros, fijos en los míos, perdieron toda la armadura de chico malo e intocable. Por un instante, vi el mismo vacío, la misma dependencia desesperada que me consumía a mí por dentro.

-No quiero verte destruida, Zoé... quiero destruirme contigo -susurró él con una crudeza que me dejó sin aliento.

Antes de que pudiera procesar el peso de esas palabras, su boca se estrelló contra la mía.

Esta vez no hubo resistencia, ni reproches, ni intentos de huir. Mis manos volaron a su nuca, enredándose en su cabello con la desesperación de quien se está ahogando y encuentra aire por fin. El beso fue profundo, salvaje, cargado de todo lo que no sabíamos decir con palabras. Sus manos me alzaron sin esfuerzo, haciendo que mis piernas rodearan su cintura, apretándome contra su cuerpo con una fuerza que me hizo gemir en su boca.

El frío de la madrugada desapareció por completo, devorado por el calor de nuestras pieles y la certeza absoluta de que éramos el peor error de nuestras vidas... y, al mismo tiempo, lo único verdadero que teníamos.

El roce de nuestras respiraciones se mezclaba con el silencio de la madrugada. Cada latido de mi corazón golpeaba contra su pecho como un recordatorio de lo inevitable que era caer.

Liam me dio la vuelta con una fluidez peligrosa, apoyando mi espalda contra la fría puerta trasera de la casa, sin romper el beso ni un solo segundo. Su cuerpo me presionaba con fuerza, bloqueando cualquier rincón, recordándome la enorme erección que se marcaba contra mi cadera y encendiendo otra vez esa chispa de urgencia que nos consumía.

-Mierda, Zoé... eres una maldita droga -murmuró contra mis labios, con la voz rota y jadeante, antes de bajar sus besos con desesperación por mi mandíbula hasta morder suavemente la piel sensible de mi cuello.

Un gemido ahogado se escapó de mi garganta. Mis manos, temblorosas y febriles, se deslizaron por debajo de su chaqueta de cuero, aferrándose con desesperación a la tela de su camisa, queriendo romper la distancia, queriendo tenerlo tan dentro de mí que ya no hubiera forma de separarnos jamás.

Cada caricia suya era áspera, cargada de una posesión enfermiza que conocía de memoria. Sabía exactamente dónde tocarme, qué puntos exactos de mi cuerpo lograban apagar mi cerebro y encender el fuego que solo él sabía provocar.

-Si vamos a quemarnos... -logré decir con la voz hecha un hilo, arqueándome contra su cuerpo al sentir su mano deslizarse por mi muslo-, hagámoslo bien, maldita sea.

Liam soltó un gruñido ronco contra mi piel, un sonido primitivo y hambriento que me hizo perder los últimos jirones de cordura. Con una mano me sostuvo firmemente de la cintura, levantándome otra vez mientras con la otra comenzaba a tantear el picaporte de la puerta trasera, buscando la forma de colarnos a oscuras.

Pero el destino, o la ironía más cruel de nuestras vidas, decidió intervenir justo en el peor momento.

Un fuerte golpe seco resonó al otro lado de la puerta de la cocina, seguido del sonido inconfundible de pasos arrastrados sobre el piso de cerámica y el interruptor de la luz encendiéndose de golpe.

El haz de luz se filtró por la pequeña rendija inferior de la puerta, iluminando el suelo del callejón.

Nos congelamos al instante.

El corazón se me subió a la garganta, latiendo con tanta fuerza que pensé que iba a estallar. Liam detuvo todo movimiento; su frente quedó apoyada contra la mía, ambos respirando de manera errática, con el pecho subiendo y bajando violentamente, y las manos aún atrapadas en la ropa del otro.

*-¿Dejó alguien la puerta abierta o es el viento? -*se oyó la voz ronca de mi papá resonando desde la cocina, apenas a unos metros de donde estábamos pegados a la madera.

El pánico heló la sangre en mis venas. Si abrían esa puerta y nos encontraban así, medio desnudados en la madrugada contra la pared de la casa, el desastre familiar y personal habría sido de proporciones épicas.

Liam lo entendió de inmediato. Sin hacer el más mínimo ruido, con una agilidad felina, me bajó con cuidado hasta que mis pies tocaron el suelo del callejón. Me dio un último apretón rápido en la mano, con los ojos oscuros brillando en la penumbra cargados de una frustración infinita, antes de retroceder hacia las sombras del jardín.

-Mañana -me susurró en apenas un soplo de aire que apenas alcancé a leer en sus labios, antes de desaparecer fundiéndose con la oscuridad de la noche.

Me quedé sola, apoyada contra la puerta fría, temblando de pies a cabeza, con la piel ardiendo y los labios hinchados, sabiendo perfectamente que la madrugada siguiente volveríamos a caer en la misma trampa.

Me quedé allí unos segundos más, con la espalda apoyada contra la madera fría de la puerta, intentando que mis pulmones recordaran cómo inhalar aire. El corazón me latía en las sienes con la fuerza de un tambor de guerra.

Con los dedos aún temblorosos y los labios hinchados por la aspereza de sus besos, giré el picaporte con sumo cuidado, me deslicé al interior de la casa y subí las escaleras de dos en dos en completa oscuridad, esquivando cada tabla que sabía que crujía.

En cuanto cerré con cerrojo la puerta de mi habitación, la adrenalina dio paso a un vacío punzante y febril.

Me encinté los brazos alrededor del torso, pero no servía de nada; el frío no venía de afuera, sino de la ausencia de su cuerpo. El eco de su voz ronca susurrando "quiero destruirme contigo" reverberaba en las paredes de mi mente como una sentencia. Encendí la lámpara de noche con desgana y me miré en el espejo de cuerpo entero. Tenía el cabello revuelto, la blusa ligeramente desalineada y la boca marcada por el fuego de Liam.

La frustración era tan grande que me quemaba por dentro. Estábamos a solo un segundo de cruzar la línea definitiva, de fundirnos hasta no saber dónde terminaba él y dónde empezaba yo, y la maldita casa se había interpuesto otra vez.

Solté un suspiro frustrado, dejándome caer pesadamente sobre el borde de la cama.

Cerré los ojos, y de inmediato su imagen inundó la oscuridad. Recordé el peso de su cuerpo sobre el mío, el calor de sus manos recorriendo mis piernas, y sobre todo, la firmeza dura e imponente de su erección presionando contra mi cadera en el callejón. El recuerdo me hizo arquear la espalda y soltar un gemido ahogado contra el silencio de la habitación.

El deseo, antes contenido, estalló en mi interior como una chispa en un barril de pólvora.

Lenta y temblorosamente, metí las manos por debajo de la tela de mi pijama, deslizándolas directamente sobre mi piel caliente. Cada caricia que me daba era el sustituto cruel y desesperado de los dedos de Liam. Imaginé que era él quien me tocaba, que esa aspereza en sus yemas era la suya, que sus labios oscuros recorrían cada centímetro de mi cuello mientras me exigía más.

-Mierda, Liam... -murmuré su nombre contra las sábanas, con la voz rota y ahogada por la necesidad.

Aceleré el ritmo de mis caricias, arqueando el cuerpo con fuerza contra el colchón a medida que la tensión se acumulaba en mi centro, volviéndose insoportable. Las imágenes de sus ojos oscuros mirándome con esa posesión ciega me empujaban al límite. Mi respiración se convirtió en jadeos cortados y mis uñas se clavaron en las sábanas mientras el orgasmo me golpeaba, una ola de calor intenso que me hizo contraerme con fuerza, pronunciando su nombre una última vez en la oscuridad.

Me quedé allí, tendida boca arriba, con el pecho subiendo y bajando de manera errática, sudorosa y con los ojos abiertos mirando al techo.

Había conseguido calmar el fuego físico por unas horas, pero al girarme hacia la ventana y ver la oscuridad de la noche, tuve la certeza absoluta de algo: al día siguiente, volvería a caer en sus brazos. Porque por mucho que intentara huir, su veneno ya corría demasiado hondo en mis venas.

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