Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.
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El aroma que no podía olvidar
CAPÍTULO 18 — Camila
El ascensor del hospital era viejo, lento, de esos que tardan una eternidad en llegar y que obligan a compartir un silencio incómodo con quien sea que esté esperando al mismo tiempo. Esa tarde, subiendo a ver a mi madre después de un turno agotador en el supermercado, todavía con el uniforme puesto, las puertas se abrieron en el segundo piso y un hombre alto entró, vestido con ropa deportiva simple, una gorra calada hasta los ojos como si no quisiera ser reconocido.
No le presté demasiada atención al principio. Estaba cansada, con la cabeza llena de preocupaciones sobre los análisis que le tenían que hacer a mi madre esa semana, sobre si me alcanzaría el dinero para el próximo pago del alquiler. Pero en cuanto las puertas se cerraron y quedamos los dos solos en ese espacio reducido, algo me golpeó de una manera que no supe explicar en el momento.
Un aroma. Una colonia, tal vez, mezclada con algo más difícil de nombrar, algo que me generó un escalofrío en la nuca y una sensación de vértigo completamente desproporcionada para la situación. Cerré los ojos un instante, desorientada, sintiendo que mi cuerpo reaccionaba a algo que mi mente no lograba identificar, como si una parte muy antigua y muy escondida de mí reconociera algo que el resto de mi ser ya había olvidado hacía años.
El hombre, de reojo, pareció notar también algo extraño, porque lo vi tensarse levemente, respirar hondo, mirarme apenas un segundo de más de lo que hubiera sido normal entre dos desconocidos compartiendo un ascensor. Tenía los ojos verdes, muy verdes, enmarcados por unas ojeras profundas que hablaban de noches sin dormir, y algo en su rostro me resultó vagamente familiar, aunque no hubiera sabido decir de dónde.
—¿Nos conocemos? —me preguntó él, de pronto, con una voz ronca que también me generó una inquietud extraña, difícil de nombrar.
—No lo creo —respondí, sonriendo con la incomodidad típica de esas situaciones—. Aunque la verdad es que tengo esa misma sensación.
Él no dijo nada más. El ascensor llegó a mi piso y salí, todavía con esa sensación rara instalada en el pecho, esa mezcla de atracción y desconcierto que no lograba explicarme, preguntándome durante el resto del día quién sería ese hombre y por qué su presencia me había afectado de una manera tan desproporcionada.
No tenía forma de saber, esa tarde, que yo había generado exactamente el mismo efecto en él. Que Hugo, de pie en ese mismo ascensor, había sentido que el mundo se le movía bajo los pies al percibir un aroma que reconocía de sus sueños más recurrentes, sin lograr todavía atar ese reconocimiento a ningún rostro concreto, a ninguna certeza real.
Se lo comenté a Renata esa misma noche, sin darle demasiada importancia, casi como una anécdota curiosa del día.
—Me crucé con un tipo raro en el ascensor del hospital —le dije, mientras cenábamos juntas en mi casa, con Thiago ya dormido—. No sé, tuve una sensación rarísima. Como si lo conociera de algún lado, aunque estoy segura de que nunca lo había visto antes.
Vi cómo Renata se quedaba quieta un segundo, con el tenedor a mitad de camino hacia su boca, y algo en su expresión cambió de una manera que en ese momento no supe interpretar.
—¿Cómo era? —me preguntó, con un cuidado extraño en la voz.
—Alto. Ojos verdes. Con cara de no haber dormido en meses —respondí, sin darle mayor importancia—. Tenía puesta una gorra, como si no quisiera que lo reconocieran. Debe ser famoso o algo así.
Renata no dijo nada más sobre el tema esa noche, aunque la vi distraída el resto de la cena, mirándome de reojo con una expresión que no logré descifrar del todo. Yo, por mi parte, me fui a dormir esa noche pensando, sin poder evitarlo, en unos ojos verdes que se negaban a salir de mi cabeza, sin la menor sospecha de cuánto más profunda era la conexión que acababa de rozar sin saberlo.