●Novela: {Tu Guardián Sádico}.
●Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
●Para Bahir, la vida es tan pacífica como la tienda de flores y té de su abuelo beta, la cual cuida con esmero. A sus veintiún años, es un omega puro, inocente y con un dulce aroma a duraznos frescos que cautiva a cualquiera. Sin embargo, su corazón ya tiene dueño: Louie, un alfa dominante, imponente y protector que ha logrado ganarse su amor y, finalmente, un anillo de compromiso.
Bahir cree que ha encontrado a su príncipe azul. Lo que no sabe es que detrás de la fachada del prometido perfecto se esconde un acosador obsesivo, un alfa sádico y egocéntrico que lleva meses vigilando cada uno de sus pasos desde las sombras. Ahora que el compromiso es oficial, Louie está extasiado; el juego de la seducción ha terminado, y es hora de que el inocente omeguita descubra quién es realmente el dueño de su destino.
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Capítulo 10: La herencia del durazno
Capítulo 10: La herencia del durazno
Novela: Tu Guardián Sádico.
Autora: 💐🌿Zuilin T.R 🌿💐
En una exclusiva sastrería para caballeros a pocas calles de distancia, la atmósfera era radicalmente distinta, impregnada de aromas densos, madera y un lujo sobrio. Louie se miraba en el gran espejo, acomodándose los puños de su impecable esmoquin negro a medida. A sus veintiún años, su porte como Alfa Dominante era tan imponente que incluso los sastres se movían a su alrededor con un respeto que rayaba en la sumisión.
A un costado de la sala, sentado en un sillón de cuero, se encontraba su padre, Roland, un Alfa Dominante de 46 años de mirada firme y presencia respetable. Junto a él, el abuelo Bernard vestía un traje clásico gris, luciendo visiblemente conmovido al ver lo perfecto que lucía el prometido de su nieto.
Roland observó a su hijo y luego miró al anciano beta, dejando escapar una sonrisa pausada.
—Se ven muy bien, muchachos. El próximo mes de marzo la alta sociedad verá una boda inolvidable —comentó Roland, dando un sorbo a su vaso de whisky—. Bernard, debes estar orgulloso. Tu muchacho se lleva a un alfa que moverá el mundo por él.
—Lo estoy, Roland —respondió Bernard, con los ojos brillantes—. Bahir ha pasado por mucho desde la pérdida de su abuela. Verlo sonreír así, planeando su futuro... es todo lo que le pido a la vida. Sé que pronto querrán llenar ese gran nido en los Hamptons con cachorros, pero espero que no se presionen. Son muy jóvenes, acaban de graduarse y merecen disfrutar de su matrimonio.
Roland asintió, compartiendo la opinión del beta.
—Totalmente de acuerdo. Tienen toda una vida por delante. Dejen que disfruten de su paz y tranquilidad como recién casados antes de compartir el nido con los cachorros. No hay prisa.
Louie escuchaba la conversación en silencio, manteniendo su máscara de yerno e hijo ideal, aunque por dentro una sonrisa egocéntrica y posesiva se dibujaba en sus pensamientos. «Disfrutar a solas», pensó Louie, deleitándose con la idea. La propuesta de los mayores le encantaba. Su sadismo y su obsesión lo llevaban a querer a Bahir enteramente para él durante los primeros meses; quería adorar a su omeguita en la intimidad de los Hamptons, domar su sumisión sin interrupciones y establecer su territorio absoluto antes de que cualquier otra vida demandara la atención de su durazno.
Sin embargo, la idea de la paternidad no le era ajena. Al contrario, la esperaba con una sutil pero intensa expectativa.
Para Louie, la preferencia era clara y absoluta: quería que sus futuros cachorros fueran exactamente iguales a Bahir. No le importaba en lo más mínimo la jerarquía; si nacían alfas dominantes o pequeños omegas, le daba igual, siempre y cuando heredaran la pureza de su prometido, sus ojos grandes y llenos de luz, y ese aroma celestial a duraznos que tanto lo extasiaba.
Existía, sin embargo, una secreta "ansiedad" en la retorcida mente del alfa. Louie sabía perfectamente qué clase de monstruo sádico y despiadado era detrás de su fachada perfecta. Sabía que había nacido diferente, vacío de empatía hacia el resto del mundo. La sola idea de que un cachorro naciera con sus mismos ojos fríos, su misma apariencia física imponente o, peor aún, su misma naturaleza sádica, le causaba un sutil rechazo. No los odiaría —después de todo, llevarían la sangre de su omega—, pero la idea no le agradaba en absoluto. Él quería que el nido estuviera lleno de la luz de Bahir, no de su propia oscuridad.
«Pero... si mi omeguita quiere un cachorro que se parezca a mí, se lo daré», concluyó Louie en sus adentros, ajustándose la corbata de lazo con un destello de fría determinación. Su devoción por Bahir era tan enfermiza que si el omega deseaba un mini-Louie corriendo por el jardín de los Hamptons, él controlaría sus propios demonios con tal de hacer realidad ese deseo.
Louie se giró hacia los dos mayores, borrando cualquier rastro de sus complejos pensamientos psicológicos y mostrando una sonrisa impecable y caballerosa.
—Tienen razón, papá, abuelo Bernard —dijo Louie con su voz grave y segura—. Bahir y yo nos tomaremos nuestro tiempo. Mi prioridad absoluta es que él esté tranquilo, feliz y que disfrutemos de nuestra nueva vida juntos. Los cachorros llegarán cuando mi omega se sienta listo, y para entonces, les aseguro que tendrán el hogar más seguro y bendecido de todos.
Bernard sonrió, completamente conmovido por las palabras del alfa dominante, sin sospechar que detrás de esa promesa de un "hogar seguro", Louie ya estaba visualizando su futura fortaleza en los Hamptons, un nido donde su palabra sería la única ley y donde la inocencia de Bahir y sus futuros cachorros permanecería intacta, protegida con garras y dientes por el sádico más peligroso de la ciudad.