**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
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Capítulo 18
Cap 18: La trampa de Diego
Los contratos volvieron a su escritorio a las 9:07 de la mañana con una nota adhesiva amarilla pegada en la primera página. La letra era de Santiago —recta, sin adornos, como un código civil en miniatura—:
"Sin aprobación del sistema OA. No procede."
Valentina miró la nota. Miró los contratos. Miró la nota otra vez. OA. Sistema de aprobación. Esas palabras no significaban nada para ella anoche, cuando los reenvió a Santiago a las diez de la noche con un "dice que son urgentes" como si eso bastara para justificar cualquier cosa.
Ahora significaban todo.
Marcó el número de Emilio. Dos tonos.
—¿Qué es el sistema OA?
—Buenos días a ti también —dijo Emilio—. OA es el sistema de aprobaciones internas. Cada contrato, cada orden de compra, cada documento que implica dinero tiene que pasar por Legal, Finanzas y Cumplimiento antes de llegar al escritorio de Santiago. Sin el sello digital del OA, un contrato vale lo mismo que un post-it.
—¿Y si alguien le envía un contrato directamente al director sin pasar por OA?
Silencio.
—Eso no pasa —dijo Emilio—. Nunca. Quien lo hiciera estaría saltándose tres niveles de autorización. En el mejor de los casos, es una estupidez. En el peor, es una falta grave. —Pausa—. Val, ¿por qué preguntas?
—Gracias, Emi.
Colgó. La smartband marcó 97 lpm. Subiendo.
Los contratos tenían el membrete de Grupo Austral, los logos, las fechas. Parecían reales. Pero no tenían el sello OA —un recuadro con un código QR y tres firmas electrónicas que, según Emilio, debería estar en la esquina inferior derecha de cada página. Valentina revisó las cuatro páginas. Ningún sello. Ningún código. Nada.
Diego se los había enviado a ella. Por WhatsApp. A las diez de la noche. Con la palabra "URGENTE" en mayúsculas.
Valentina agarró los contratos y caminó hacia el elevador.
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La planta de creatividad olía a café quemado y a ambientador de lavanda. Las mesas compartidas formaban un zigzag desordenado de monitores, tazas, y plantas suculentas que nadie regaba. Era viernes de mañana y el departamento operaba al sesenta por ciento de su energía vital.
Valentina encontró a Diego junto a la impresora, alimentando papel como si la máquina fuera a devolvérselo convertido en ascensos.
—Diego.
Él se giró. Sonrisa amplia. Ojos que calculaban antes de mostrar emoción —Valentina no sabía cuándo había aprendido a leer eso, pero lo veía claro ahora: la sonrisa llegaba medio segundo después de que los ojos ya habían decidido qué cara poner.
—¡Val! ¿Qué tal? ¿Cómo va todo arriba?
—Los contratos que me mandaste anoche. —Valentina los puso sobre la impresora—. No tienen aprobación del sistema OA. Santiago los rechazó.
Diego miró los contratos. Luego miró a Valentina. Su expresión no cambió —ni sorpresa, ni culpa, ni preocupación. Solo esa calma estudiada que Valentina había visto en entrevistas de trabajo fallidas, la calma de alguien que ya tenía preparada la respuesta antes de que le hicieran la pregunta.
—Ah, sí, esos. —Asintió despacio, como recordando—. Es que yo se los di a Camila para que los procesara por el sistema. Ella debió subirlos al OA antes de pasarlos.
Valentina parpadeó.
—Camila no estaba ayer.
—¿No?
—Pidió día personal. Estuvo fuera todo el día.
Diego la miró. Inclinó la cabeza. Y luego hizo algo que Valentina no esperaba: se rio. Una risa corta, suave, como si le hubieran contado un chiste que solo él entendía.
—Ay, Val, no. Mira, yo te los di en tu USB azul clarito, ¿te acuerdas? La que tienes en tu escritorio, la que tiene un sticker de gatito. Te pedí que los subieras al sistema porque Camila no estaba.
Valentina se quedó sin aire.
Su USB era azul claro. Sí tenía un sticker de gatito —un Pusheen que le había regalado Camila en su primer día. Era un detalle minúsculo, insignificante, el tipo de cosa que solo notarías si observaras el escritorio de alguien con atención deliberada.
—Eso... eso no es cierto —dijo Valentina—. Tú me los mandaste por WhatsApp. Anoche. Puedo mostrarte el mensaje.
—¿WhatsApp? —Diego frunció el ceño con la confusión perfecta de alguien que ha ensayado su inocencia—. Mmm, puede ser que te mandé un recordatorio, sí. Pero los archivos originales estaban en tu USB. ¿No te acuerdas?
No. No se acordaba. Porque no había pasado. Pero la descripción era tan específica —el azul clarito, el sticker de Pusheen, la USB en el escritorio— que por un segundo, un segundo horrible, Valentina dudó de su propia memoria.
—Oigan, ¿qué está pasando?
Andrea Soto Ríos apareció detrás de ellos. Blusa perfectamente planchada, carpeta bajo el brazo, cara de alguien que tiene quince cosas que hacer y acaba de agregar una decimosexta.
Diego se enderezó. Cambió de postura —hombros hacia atrás, barbilla abajo, subordinado diligente—. El cambio duró menos de un segundo. Valentina lo vio. Nadie más lo habría notado.
—Licenciada, lamento la confusión. Le pasé unos contratos a Valentina para que los procesara por el sistema OA, pero parece que se enviaron directamente al director sin la aprobación. —Su tono era suave, preocupado, casi compasivo—. Yo debí verificar que ella supiera cómo funcionaba el proceso. Es mi culpa por asumir.
Valentina abrió la boca.
—Eso no fue...
—Valentina. —Andrea la miró con la paciencia medida de alguien que ya tomó una decisión—. Esto no puede pasar. Si no puedes manejar documentos simples, hay que reconsiderar tu posición.
Las palabras cayeron como ladrillos. "Reconsiderar tu posición." En recursos humanos eso significaba una cosa. En cualquier idioma eso significaba una cosa.
—Pero yo no...
—¿Tienes los archivos en tu USB? ¿Los subiste al sistema? ¿Seguiste el proceso?
—No, porque me los mandó por WhatsApp, no por...
—Si alguien te da un documento y no sabes qué hacer con él, preguntas. Punto.
Camila se levantó de su escritorio al fondo del departamento. Caminó hacia ellos.
—Licenciada, yo no estaba ese día. Pedí un permiso personal. No pude haber procesado ningún contrato porque no estuve aquí.
Andrea la miró.
—No formen grupitos —dijo—. Cada quien resuelve lo suyo.
Camila cerró la boca. Sus manos se cerraron en puños a los lados de su cuerpo. Diego no la miró. No necesitaba mirarla. Su trabajo ya estaba hecho.
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Andrea se fue. Diego volvió a la impresora. El departamento entero fingía trabajar mientras escuchaba todo con los auriculares puestos y el volumen al mínimo.
Valentina se quedó de pie.
Sus manos temblaban. No era un temblor fino —era el tipo de temblor que empieza en los dedos y sube por los brazos como electricidad buscando tierra. Su boca se abrió y se cerró tres veces sin producir sonido. Quería gritar. Quería explicar. Quería sacar el teléfono y mostrar los mensajes de WhatsApp, la hora, la fecha, la prueba irrefutable de que Diego le había enviado esos contratos directamente, sin intermediarios, sin USB, sin Pusheen, sin nada.
Pero su cerebro se había apagado.
No era estupidez. No era cobardía. Era la respuesta de un sistema nervioso que, ante una amenaza que no puede pelear ni huir, se congela. Freeze. La tercera opción que nadie enseña: cuando tu cuerpo decide que la supervivencia consiste en quedarse completamente quieto, como un animal en medio de la carretera frente a los faros de un camión.
Camila estaba a dos metros. Mirándola. Con los ojos rojos y los puños apretados y la mandíbula temblando de una rabia que no podía expresar sin empeorar las cosas.
Diego pasó junto a Valentina camino a su escritorio. Al pasar, le dijo en voz baja, tan baja que solo ella pudo oírlo:
—No te lo tomes personal, Val.
Valentina no se movió. La smartband vibraba sin parar. 131. 138. 144. Los números subían como una cuenta regresiva al revés.
En el piso veinticinco, Santiago estaba revisando el reporte trimestral de Lumière cuando su pecho se apretó de golpe —como si alguien hubiera metido la mano entre sus costillas y le estuviera estrujando el corazón con los cinco dedos. El dolor no era suyo. El miedo no era suyo. Pero la intensidad era tal que su Apple Watch emitió tres vibraciones cortas y una alerta en pantalla: "Frecuencia cardíaca inusualmente elevada: 148 lpm."
Santiago soltó la pluma. Se puso de pie. La silla giratoria chocó contra la pared detrás de él.
Algo estaba pasando.