Cinco años después de haber sido absuelta por la misteriosa muerte de sus dos primeros esposos, la enigmática Rubí Vicentelli regresa al ojo de la tormenta pública al anunciar su tercer matrimonio con Julián, un millonario cuya fortuna promete salvar de la ruina a la aristocrática pero decadente familia Vicentelli. Sin embargo, la noche de bodas se convierte en un matadero cuando Julián aparece colgado del candelabro principal de la mansión.
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Capitulo 18
La tensión tras la llegada de Rodolfo sigue flotando en cada rincón de la mansión. En la penumbra del despacho, Rubí sostiene el teléfono de la casa contra su oído. Su respiración es agitada y habla en un susurro desesperado.
—No me importa cuánto dinero haga falta, búscalo en las cuentas de Barinas si es necesario —dice Rubí, apretando el auricular con fuerza—. Nadie se puede enterar de que ese niño está vivo. Si Alejandro o Elena descubren que el hijo de mi hermana no murió en el parto, lo van a usar para quitarme lo que me queda. Mantén el secreto, te lo ruego...
De pronto, el pomo de la puerta gira con un chirrido metálico.
Rubí se pone pálida y corta la llamada abruptamente, arrojando el auricular sobre la base. Su rostro se desfigura en una reacción de pánico exagerada. Cuando Alejandro entra al despacho, la encuentra de pie, temblando y de espaldas a la mesa, intentando inútilmente ocultar el sudor de sus manos entre los pliegues de su bata. Ante los ojos de cualquiera, esa llamada oculta el rastro de sangre del pueblo, pero para Rubí, es el peso de una verdad familiar completamente ajena a los crímenes.
—¿Con quién hablabas, Rubí? —pregunta Alejandro, entornando los ojos con profunda sospecha.
—Con... con nadie —miente Rubí en una mentira piadosa, forzando una sonrisa—. Estaba revisando si la línea seguía muerta tras la tormenta. No he salido de aquí en toda la tarde, Alejandro.
***
El fiscal Diviana y la detective Samtina interrogan a los miembros de la familia en un intento desesperado por encajar las piezas tras la muerte de Henrique. Altagracia escucha desde su sillón, con la muñeca de luto de Elena aún fresca en su memoria.
—Necesitamos reconstruir los horarios de la noche del crimen —declara Diviana, anotando en su libreta—. Don Juan asegura que la última vez que vio a Henrique con vida fue en los muelles de la naviera.
Elena, cruzada de brazos cerca del ventanal, suelta una risa amarga y mira directamente a su hijo.
—Deberían preguntarle a Alejandro —suelta Elena con malicia—. Yo misma vi a Alejandro salir por el portón trasero de la mansión a las 10:00 p. m. en punto, justo la hora en que Henrique estaba guardando el dinero en la oficina.
Alejandro ni siquiera parpadea. Se mantiene firme al lado del sofá, sosteniendo la mirada acusadora de su madre con una tranquilidad pasmosa.
—Te falló la memoria esta vez, mamá —responde Alejandro con voz firme—. A esa hora yo estaba en la biblioteca con el Padre Damián, revisando los viejos testamentos de la familia. Él mismo puede certificar que no me moví de su lado.
Samtina anota el dato con frustración, dándose cuenta de que alguien en esa habitación está tejiendo una red de coartadas falsas para proteger al verdadero verdugo.
***
El encuentro con Rodolfo ha dejado a Alejandro al límite de sus fuerzas psicológicas. Camina por el pasillo largo hacia su habitación cuando Rubí sale a su encuentro. Sus ojos se cruzan en la penumbra, reviviendo esa tensión romántica que los une y los destruye al mismo tiempo.
Rubí se acerca despacio y apoya sus manos en el pecho de Alejandro.
—Tengo miedo, Alejandro... —susurra ella, buscando refugio en sus brazos—. El regreso de Rodolfo, las mentiras de tu madre... siento que este amor nos va a sepultar a los dos.
Alejandro la rodea con sus brazos, pegándola a su cuerpo con una calidez protectora. Le besa la frente con delicadeza, acunando su rostro entre sus manos.
—No temas, mi vida —le asegura Alejandro con una sonrisa tierna, mirándola con una devoción absoluta—. Mientras yo esté de pie, nadie te va a tocar. Todo estará bien, te lo prometo. Confía en mí.
Rubí suspira aliviada, sintiendo por un instante que ha encontrado un puerto seguro en medio de la tormenta. Se da la vuelta y camina despacio hacia el interior de la habitación, cerrando la puerta detrás de ella.
Pero en cuanto ella cruzó la puerta, la calidez del rostro de Alejandro se evaporó por completo. La ternura de sus ojos desapareció en un parpadeo, dejando una mueca fría, calculadora y despiadada en sus labios mientras miraba fijamente hacia las escaleras oscuras que conducían al sótano.
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