Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.
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Capítulo 18: La revelación del bigote postizo.
La oscuridad que sepultó el escenario del festival no era solo la ausencia de luz; era una capa de incertidumbre que paralizó el corazón de la plaza. El griterío del público se transformó en un zumbido sordo y confuso, un oleaje de voces que exigían explicaciones en mitad de la penumbra. En su estación de cocina, Ramiro sentía que el sudor de la frente se le enfriaba de golpe. La réplica de pan del Ayuntamiento perdía temperatura a cada segundo, y con ella, se desvanecía el esfuerzo de toda una vida de disciplina artesanal.
Con los dientes apretados y el pulso desbocado, sacó el teléfono móvil del bolsillo de su pantalón. Desbloqueó la pantalla con dedos rápidos y encendió la linterna integrada. El haz de luz blanca y afilada cortó la penumbra, enfocando la base de metal de sus hornos portátiles. Ramiro se agachó por completo, hincando una rodilla en el suelo del escenario, metiéndose debajo de la estructura de la encimera para revisar si el disyuntor local había saltado por una sobrecarga o si el problema venía de la toma de tierra.
Fue entonces, al deslizar el foco de luz por el espacio vacío entre las lonas del decorado trasero y las patas del escenario, cuando vio algo que no encajaba con un accidente técnico.
A menos de dos metros de distancia, agachado entre las sombras de la tramoya y moviéndose con la rapidez sigilosa de una rata de alcantarilla, se encontraba el secuaz de Don Cornelio. El hombre, de espaldas a la luz, intentaba escabullirse hacia el callejón posterior de la plaza. En su mano derecha apretaba unas cizallas industriales de mango rojo, un cortaalambres pesado que aún desprendía un sutil olor a quemado por el chispazo del corte.
Ramiro contuvo la respiración, congelado en su posición. Movió levemente la linterna del móvil, siguiendo la silueta del intruso. Al hacerlo, el haz de luz iluminó con precisión el bolsillo lateral de la gabardina oscura del secuestrador de energía. De la solapa de cuero sobresalía un fajo de papeles doblados de color rosa fucsia: una copia idéntica, con el mismo membrete y la tipografía exacta, de las hojas del cuaderno de recetas falsificado que Penélope le había arrojado al pecho veinticuatro horas antes. Incluso llevaba un trozo de cinta de carrocero blanca con una anotación manuscrita que decía: "Plantas de la competencia - Calle Principal".
Una oleada de comprensión absoluta, caliente y violenta, le recorrió la espina dorsal a Ramiro. El rompecabezas del desastre encajó en su mente con la fuerza de un golpe de mazo sobre la encimera. No había habido traición; no había habido espionaje por parte de ninguno de los dos. Todo el dolor de la mañana anterior, las lágrimas de rabia de Penélope y el muro de hielo que los había separado en el escenario eran el resultado de un guion de demolición corporativa escrito en los despachos de "Pan-Industrial S.A.".
Ramiro emergió de debajo de la mesa de un solo impulso, con el rostro transfigurado por una mezcla de indignación y un alivio tan profundo que le hizo ensanchar los pulmones. Ya no le importaba la estructura del centeno ni los baremos del jurado; la urgencia de limpiar su nombre ante los ojos de la única persona que le importaba se convirtió en una fuerza motriz imparable.
Buscó a ciegas en la repisa de emergencias del escenario hasta que sus dedos tropezaron con el plástico rugoso del megáfono de seguridad de la junta de protección civil. Lo agarró con fuerza, encendió el interruptor de batería auxiliar y se pegó la bocina a los labios.
¡Breeeeep!
Un acople agudo y estridente rasgó el aire de la plaza, acallando los murmullos de la multitud de golpe. Todos los rostros de las gradas se giraron hacia el centro del escenario a oscuras.
—¡Penélope! —la voz de Ramiro, amplificada por el cono de plástico, retumbó en las paredes de ladrillo de la plaza con una potencia rústica que heló el ambiente—. ¡Escúchame bien! ¡No te robé nada! ¡Jamás toqué tus malditas recetas secretas!
A tres metros de distancia, en mitad de la estación a oscuras donde intentaba sujetar con sus manos los macarons que amenazaban con deslizarse por el caramelo derretido, Penélope se quedó paralizada. El corazón le dio un vuelco violento dentro del pecho. Miró hacia la silueta de Ramiro, recortada contra la claridad de la tarde por el haz de su propio teléfono.
—¡El calvo del traje gris nos tendió una trampa! —continuó Ramiro, sin bajar el megáfono, su voz vibrando con una verdad tan pura que el público contuvo el aliento—. ¡El cuaderno que encontraste en mi mostrador lo plantaron ellos por la noche! ¡Querían que nos destruyéramos entre nosotros en este concurso para quedarse con la calle principal y cerrar nuestros hornos para siempre!
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Ramiro estiró el brazo izquierdo, apuntando con la linterna del móvil hacia el lateral del escenario, justo donde el secuaz intentaba saltar la valla de seguridad hacia el coche negro de la corporación. El potente haz de luz blanca enfocó de lleno al hombre de la gabardina, que se quedó inmóvil como un ciervo ante los faros de un camión, con el cortaalambres en la mano y los papeles fucsias sobresaliendo del bolsillo.
La luz continuó su trayectoria un metro más allá, iluminando la figura de Don Cornelio. El magnate del pan congelado se encontraba de pie junto a la puerta abierta de su coche de lujo, con la mano en la empuñadura de plata de su bastón y una expresión de sorpresa criminal pintada en sus facciones delgadas.
—¡Ahí los tienen! —rugió Ramiro por el megáfono, su dedo señalando a los culpables—. ¡Los terroristas del paladar y de la luz son ellos! ¡Los que quieren que Villa Delicia coma plástico congelado!
Un grito de indignación unánime estalló en las gradas. El alcalde Don Pancracio, al ver los papeles de las recetas y las cizallas bajo el haz de luz, se levantó de la mesa del jurado con las mejillas coloradas por la furia, señalando con su vaso de agua mineral a los hombres del coche negro.
—¡Cabo Ramírez! —gritó el alcalde, su voz quebrándose por el esfuerzo—. ¡Detenga a esos tiburones de la bollería! ¡Eso es sabotaje contra los intereses turísticos y estomacales de este municipio!
Penélope observó la escena desde su estación. Al ver los papeles fucsias en el bolsillo del secuaz y la evidencia del sabotaje eléctrico, el peso de la sospecha que le había amargado las últimas veinticuatro horas se desintegró por completo. La venda del orgullo se le cayó de los ojos, dejando al descubierto una inmensa culpa y un deseo irrefrenable de reparar el daño causado por su desconfianza. Miró a Ramiro a través de la penumbra; la figura del panadero, sosteniendo el megáfono con firmeza, ya no le pareció la de un rival egoísta, sino la del hombre noble que la había sostenido en el suelo del obrador.
—¡Ramiro! —exclamó ella, soltando las bandejas de macarons.
Olvidándose del protocolo, del jurado y de la multitud que observaba desde abajo, Penélope echó a correr a través del espacio que separaba ambas estaciones en la oscuridad. Sus pasos eran rápidos, desesperados, guiados únicamente por la luz del móvil de él. Sin embargo, en mitad del trayecto, su zapato tropezó con el grueso cable trenzado del generador principal que yacía cortado en el suelo del escenario.
—¡Ah! —soltó un grito ahogado al perder el equilibrio.
Ramiro vio cómo ella se iba hacia delante y, soltando el megáfono con un golpe seco, estiró ambos brazos para amortiguar el impacto. El choque fue inevitable. Penélope cayó con todo su peso sobre el pecho del panadero, arrastrándolo en la caída. Los dos terminaron rodando sobre las maderas del escenario, terminando en una posición idéntica a la del obrador: Ramiro tendido de espaldas contra el suelo y Penélope tumbada directamente encima de él, con las manos apoyadas en sus hombros y los rostros a escasos centímetros de distancia.
Las respiraciones de ambos se mezclaron en el aire templado de la tarde. Penélope lo miraba con los ojos fijos, empañados por unas lágrimas que esta vez eran de puro alivio y arrepentimiento. Sus dedos se apretaron contra la tela blanca de la chaquetilla de Ramiro.
—Perdóname... Dios, perdóname por haber dudado de ti, Ramiro —susurró ella, con la voz temblorosa, las facciones contraídas por la emoción—. Fui una estúpida. Vi ese cuaderno y entré en pánico... pensé que todo lo de la otra noche había sido una mentira.
Ramiro sintió el peso cálido de su cuerpo sobre el suyo y el latido acelerado de su corazón contra sus costillas. La rigidez de su orgullo tradicional se evaporó por completo bajo la mirada sincera de la pastelera. Esbozó una sonrisa sutil, gamberra, la misma sonrisa sin delantal del puesto de hamburguesas, y subió las manos para rodearle la cintura con suavidad, asegurando su posición en el suelo.
—Te perdono, pastelera —respondió Ramiro, con una voz suave que solo ella pudo escuchar en mitad del alboroto de la plaza—. Pero la próxima vez que dudes de mi honor, intenta no tirarme un cuaderno al pecho con tanta fuerza, que todavía tengo la marca de las tapas.
Penélope soltó una pequeña risa ahogada entre las lágrimas, apoyando la frente por un segundo en su hombro, sintiendo que el mundo volvía a tener un orden correcto.
Sin embargo, la realidad del concurso no tardó en reclamar su espacio. Ramiro desvió la mirada de reojo hacia los cronómetros apagados y luego hacia las vitrinas donde el caramelo de la torre helicoidal seguía cediendo milímetro a milímetro debido a la falta de refrigeración. Sus manos se tensaron en la cintura de ella.
—Tenemos un problema serio, Penélope —dijo Ramiro, su tono recuperando la urgencia del profesional—. El jurado está ahí abajo, la luz no va a volver a tiempo y si no hacemos algo con nuestros platos en los próximos cinco minutos, ese tipo de los congelados va a ganar por incomparecencia técnica. Nuestras obras se están muriendo en directo.
Penélope levantó la cabeza, entornando los ojos mientras la chispa de la improvisación que los había salvado en el asilo volvía a encenderse en su mirada. Se apoyó con fuerza en el pecho de él, lista para levantarse. El malentendido había muerto, el sabotaje corporativo estaba al descubierto, pero la batalla final por la calle principal requería una última y desesperada locura conjunta antes de que el cronómetro llegara a cero.