Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
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Capítulo 17: Ten el valor de decírmelo a la cara
Las risas de Alexander comenzaron a apagarse conforme se acercaban al área de los ascensores.
Entonces ambos se detuvieron al mismo tiempo.
Frente a las puertas metálicas estaba Nox, esperando con los brazos cruzados.
Su expresión era completamente distinta a la de la mañana. No sonreía, ni había rastro de aquella actitud burlona. Solo observaba fijamente a Marcos con una calma inquietante.
El silencio se volvió incómodo.
Marcos sintió un escalofrío recorrerle la espalda. "Por favor... que no haya escuchado nada."
Nox dio un paso al frente, luego otro y otro más.
Cada golpe de sus tacones contra el suelo resonaba con una tranquilidad inquietante.
Tac...
Tac...
Tac...
Marcos, por puro instinto, retrocedió.
No era miedo, o eso quiso creer.
Simplemente... aquella mujer invadía el espacio personal de cualquiera sin el menor reparo.
—Oye...
Retrocedió un paso más.
Nox no respondi, continuó avanzando con la misma calma glacial.
Marcos volvió a dar otro paso hacia atrás.
Hasta que...
¡Plash!
Su espalda chocó contra las frías puertas metálicas del ascensor.
No tenía más espacio para seguir retrocediendo.
Alexander permanecía a un lado, completamente inmóvil, observando la escena con una curiosidad que pocas veces dejaba ver.
Nox se detuvo justo frente a Marcos.
Apenas los separaban unos centímetros. Lo suficiente para que él pudiera percibir el suave aroma de su perfume.
Ella alzó lentamente el rostro, sus ojos color miel ya no tenían aquella chispa juguetona de la sala de juntas.
Ahora desprendían una serenidad que resultaba mucho más intimidante.
—Para la próxima...
Su voz fue baja y controlada. Demasiado controlada.
—Ten los huevos de decírmelo a la cara.
Marcos tragó saliva, Nox sostuvo su mirada sin pestañear.
—No hables de mí a mis espaldas.
Hizo una breve pausa.
Luego ladeó apenas la cabeza.
—Especialmente cuando estoy a menos de un metro de ti.
Marcos abrió la boca para responder, pero ninguna palabra salió. Su cerebro, por alguna razón, había decidido abandonar la conversación.
Nox soltó un suspiro de decepción.
Con absoluta naturalidad levantó una mano y sujetó la corbata de Marcos.
Tiró de ella lo suficiente para obligarlo a inclinarse unos centímetros hacia ella.
Sus rostros quedaron peligrosamente cerca.
—¿Sí...?
Preguntó con una sonrisa apenas visible.
—¿Niño bonito?
La última frase salió cargada de una ironía tan afilada que Alexander tuvo que desviar la mirada para ocultar una sonrisa.
Nox levantó la mano libre.
Marcos cerró un ojo por reflejo.
¡Paf!
Una palmadita, luego otra y una tercera.
Fueron suaves, casi cariñosas. Pero lo bastante humillantes para que Marcos sintiera que acababan de pisotear su orgullo.
—Eso...
Sonrió satisfecha.
—Así me gusta.
Le acomodó ligeramente el cuello de la camisa, como si estuviera corrigiendo un pequeño detalle.
—Que me mires de frente cuando hables de mí.
Soltó finalmente la corbata.
Marcos permaneció inmóvil, parecía una estatua. Ni siquiera sabía si sentirse avergonzado, enfadado o completamente confundido.
En ese instante...
Ding...
Las puertas del ascensor se abrieron lentamente con su característico sonido metálico.
Alexander dio un paso al interior.
Todavía luchaba por mantener la compostura.
Las comisuras de sus labios temblaban ligeramente, conteniendo una risa que amenazaba con escapar en cualquier momento.
No podía creer lo que acababa de presenciar.
En todos los años que llevaba conociendo a Marcos, jamás había visto que alguien lo redujera al silencio de una manera tan sencilla.
El hombre más sensato, prudente y difícil de intimidar que conocía...
Había sido regañado como si fuera un niño.
Alexander carraspeó, intentando recuperar su habitual seriedad.
Miró de reojo a Nox, que ya caminaba en dirección contraria.
—¿No vienes?
Ella ni siquiera se molestó en girar la cabeza.
Siguió avanzando hacia la puerta de las escaleras de emergencia.
—No.
Respondió con total indiferencia.
—¿Para qué?
Empujó la puerta con una mano.
—¿Para seguir escuchando cómo hablan mierda de mí?
Hizo un gesto despectivo con la mano, como si apartara una nube de humo.
—Tráguensela ustedes solos.
Levantó la mano por encima del hombro a modo de despedida.
Ni siquiera esperó una respuesta.
Simplemente desapareció tras la pesada puerta metálica.
Tac...
Tac...
Tac...
El sonido firme de sus tacones comenzó a descender por las escaleras, perdiéndose poco a poco entre los distintos pisos del edificio.
Hasta que finalmente...
Silencio. El pasillo volvió a quedar completamente en calma, mientras que Marcos seguía inmóvil.
Con una mano acomodándose la corbata que Nox había arrugado y la otra frotándose la mejilla donde ella le había dado aquellas palmadas.
Su rostro estaba completamente rojo.
No sabía si de vergüenza...
O de coraje.
Alexander lo observó unos segundos antes de romper el silencio.
—¿Piensas quedarte ahí parado toda la tarde? O..
Marcos levantó lentamente la mirada.
Lo fulminó con los ojos.
—Ni una sola palabra.
Alexander levantó ambas manos en señal de inocencia.
—No iba a decir nada malo.
Marcos entrecerró los ojos.
—Te conozco.
Alexander dejó escapar una risa baja.
—Solo iba a decir que...
Hizo una pausa deliberada, la sonrisa regresó a su rostro.
—...creo que le caíste bastante bien.
—¡¿Qué?!
La exclamación de Marcos resonó por todo el pasillo.
Entró al ascensor de un par de zancadas y presionó el botón de la planta baja con más fuerza de la necesaria.
Alexander ya no pudo contenerse, soltó una carcajada.
—Vamos, hombre. Si no le importaras, ni siquiera se habría tomado la molestia de enfrentarte.
Marcos soltó un bufido.
—Lo único que quería era estrangularme.
—Eso también demuestra interés.
—¡Alexander!
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse lentamente mientras el eco del grito indignado de Marcos se extendía por el silencioso edificio.
Y por primera vez en todo el día...
Alexander sintió que aquel desastre de reunión había dejado, al menos, una anécdota digna de recordar.