Ximena Reyes creyó que su matrimonio con Víctor Rivas era lo único que le quedaba después del accidente que la dejó en cama. Pero la verdad era mucho más cruel: su esposo no solo tenía una amante, también había escondido un hijo con ella, había tomado control de su empresa y estaba esperando el momento perfecto para deshacerse de Ximena sin dejar pruebas.
Encerrada en su propia casa, vigilada, debilitada y sin poder mover las piernas, Ximena parecía no tener salida.
Hasta que entendió algo.
Víctor podía quitarle el teléfono, sus documentos, su dinero y hasta su cuerpo.
Pero no podía quitarle la cabeza.
Con ayuda de su mejor amiga Nadia, un médico frío que parece saber más de lo que dice y las grietas que empiezan a abrirse entre sus enemigos, Ximena decide dejar de suplicar.
Si su esposo quería verla muerta, primero tendría que verla levantarse.
Y esta vez, cada mentira, cada golpe y cada traición iba a cobrarse con intereses.
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Capítulo 18
Capítulo 18
Víctor subió esa noche con una calma falsa.
—Mañana vamos temprano al módulo. Dame tus documentos.
—Están en el cajón.
No discutí.
No pregunté.
No dudé.
Él abrió el cajón y sacó mi INE, copias, papeles notariales y lo que todavía quedaba a mi nombre.
Demasiado fácil.
Quería que pensara eso.
—¿No te preocupa? —preguntó.
—¿De qué?
—De que use tus documentos.
Lo miré como si me doliera que dudara de mí.
—Eres mi esposo.
La frase me supo a veneno.
Víctor quedó satisfecho.
Cuando salió, escuché a Yareli en el cuarto de al lado.
—Te dije que Xime ya no piensa. Le quitaste los documentos y ni se movió.
—No la subestimes —respondió Víctor—. Ximena tiene cabeza.
—Está enferma.
—Por eso mismo. Una persona acorralada muerde.
Sonreí en la oscuridad.
Al menos todavía me temía.
Eso significaba que una parte de él recordaba quién había levantado la empresa.
Esa misma noche, entre susurros, Yareli volvió a insistir.
—Cuando Toño entre al colegio, ya no la necesitamos tanto.
—Primero resolvemos lo del registro.
—Y después...
—Después vemos.
Ese “vemos” me erizó la piel.
Tenía que hacer que después nunca llegara cómodo para ellos.
Antes de dormir, Nadia me respondió por el comunicador.
—Diego dice que si una cuenta recibe movimientos raros, transferencias cruzadas, montos que no cuadran con perfil o reportes de terceros, el banco puede marcarla preventivamente. Si además alguien intenta operar con poderes o documentos sin presencia del titular, pueden pedir aclaración presencial.
—Perfecto.
—¿Perfecto? Suena horrible.
—Para ellos.
Le expliqué el plan completo.
Víctor pasaría a registro temporal para meter a Toño al colegio.
Durante ese periodo, para ciertas operaciones de la empresa, necesitaría usar mis documentos. Si mis cuentas o mi perfil bancario quedaban marcados, cualquier movimiento grande tendría que aclararse conmigo presente.
Eso me obligaría a salir.
Eso podía ponerme frente a un gerente, una cámara de banco, tal vez seguridad privada.
Otra ventana.
—Xime —dijo Nadia—, estás armando una telaraña con los huesos rotos.
—No tengo otra cosa.
—Sí tienes. Me tienes a mí.
Me tapé la boca.
No podía llorar fuerte.
—También sigue buscando a mis papás.
—Encontré salida a Estados Unidos.
—No basta. Víctor no haría algo tan obvio. Busca conexiones, vuelos internos, cruces, autobuses, cualquier escala. Pudo usarlos para perder el rastro.
—Lo hago.
Colgué.
Por primera vez en mucho tiempo, el miedo no estaba solo.
Tenía trabajo.
Tenía dirección.
A la mañana siguiente, Víctor entró antes de que Marisol subiera.
—Te voy a cargar. Desayunamos abajo y nos vamos.
Mi cuerpo se tensó.
Su olor me revolvió el estómago.
Pero no podía resistirme.
Me levantó de la cama como si fuera una cosa. Bajó conmigo en brazos mientras Yareli esperaba en la sala con Toño ya vestido.
—Ay, Víctor —dijo ella con una sonrisa demasiado dulce—. Hacía mucho que no veía que cargaras así a Xime. Qué bonito. Cuando Toño entre al colegio, vamos a volver a ser una familia tranquila.
Familia.
La palabra me golpeó.
Entonces me nació una maldad pequeña.
Rodeé el cuello de Víctor con los brazos.
—Sí, mi amor —dije, pegando la mejilla a su pecho—. Me gusta que me cargues. Hace mucho no me tenías tan cerca. ¿Vas a hacerlo más seguido?
Víctor se endureció.
Yareli dejó de sonreír.
Sus ojos se llenaron de odio.
La escena duró solo unos segundos, pero bastó.
Víctor me dejó en la silla con más brusquedad de la necesaria.
—Come rápido.
Cuando salimos, él se inclinó para ajustar el cinturón del coche.
Yo aproveché para acomodar el comunicador en mi oído.
—Nadia —susurré apenas.
—Ya voy en camino.
Víctor cerró la puerta y subió al asiento del conductor.
—No vuelvas a hablar así frente a Yareli.
—¿Así cómo?
—Como... esas cosas de pareja. Ella es una muchacha decente.
Casi me reí.
Decente.
La mujer que tuvo un hijo con mi esposo, puso una cámara en mi cuarto y quiso darme veneno era una muchacha decente.
—Perdón —dije, bajando la cabeza—. No pensé que la incomodara.
—Piensa más.
Él arrancó.
Yo miré por la ventana.
No dije nada más.
El coche salió de Lago Azul.
Yo llevaba el comunicador oculto, los papeles de mi identidad en manos del hombre que quería matarme y un plan que dependía de no temblar antes de tiempo.