Él huele a lluvia de verano. Él casi no huele a nada.
Nico es un alfa de veinte años que nunca se ha enamorado. Cree que el amor es un vendaval que lo arrasa todo el primer día.
Jean es un omega de veintiocho que sí amó, y perdió, y se arrancó la marca. Ahora apenas huele. Ahora no espera nada.
Pero Nico vuelve al cibercafé. Cada tarde. Con excusas tontas.
Y poco a poco descubre que el amor no es solo felicidad. También es miedo. Espera. Dolor. La paciencia de quedarse cuando el otro no puede devolver la mirada.
Porque a veces el amor no es un vendaval. A veces crece lento, en silencio, y cuando menos lo esperas ya te ha arrasado.
Porque a veces el amor no ruge. A veces es solo lluvia suave que despierta el musgo que parecía muerto.
Una novela Omegaverse sobre aprender a esperar y atreverse otra vez.
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Capítulo 17: Mojados
El café lo tomaron en un sitio pequeño, cerca de la facultad, con mesas de mármol y luces tenues. Jean pidió un té, Nico un cortado. Hablaron de la exposición, de las fotos que más les habían gustado, de Sasha —solo lo justo— y de cosas sin importancia. Fue una conversación fácil, sin los silencios incómodos de las primeras veces.
Cuando salieron, la noche se había cerrado por completo, las farolas dibujaban círculos naranjas sobre la acera. No llovía todavía, pero el aire olía a humedad, a tierra mojada, a esa tensión que precede a la tormenta.
—Te acompaño —dijo Nico.
—No hace falta —respondió Jean, pero no sonó convincente.
—Igual voy.
Caminaron despacio, bordeando las calles vacías, Jean iba con las manos en los bolsillos de la chaqueta, la mirada baja, Nico, a su lado, miraba el cielo. Las nubes se habían espesado en los últimos minutos, apretadas y oscuras, como si el cielo estuviera a punto de romperse.
—Va a caer —dijo Nico.
—Ya lo sé.
—¿Te gusta la lluvia?
Jean tardó un segundo en responder.
—Depende, cuando estoy dentro de casa sí.
Nico sonrió, no añadió nada más.
Siguieron caminando. Llegaron a la esquina donde Jean siempre doblaba, la calle de su edificio estaba a oscuras, solo la luz amarillenta de una farola al fondo.
Y entonces, la lluvia.
No empezó con suavidad, no hubo advertencia, fue un muro de agua que cayó de golpe, como si alguien hubiera roto una presa en el cielo. Jean dio un respingo, Nico se rió, ese sonido corto y sorprendido que se le escapó antes de poder controlarlo.
—¡Corre! —gritó Nico.
Pero no había adónde correr. Los aleros eran estrechos, las puertas de los comercios estaban cerradas, la lluvia los empapó en segundos. El pelo de Nico, antes peinado hacia atrás, ahora se le pegaba a la frente, la camisa blanca se le adhería a los hombros, a la espalda. Jean sintió el agua fría escurriéndole por el cuello, metiéndose bajo la chaqueta, calándole hasta los huesos.
—Mi casa está a dos calles —dijo Jean, alzando la voz para que se oyera—. Vamos.
No esperó respuesta, tiró del brazo de Nico —un gesto rápido, instintivo— y echaron a correr.
Llegaron jadeando a la puerta del edificio, Jean metió la mano en el bolsillo, sacó las llaves, abrió con dedos que le temblaban —por el frío, se dijo, solo por el frío—. El portal era pequeño, con paredes de azulejos blancos desconchados y un ascensor viejo que parecía no haberse renovado en décadas. Jean ni siquiera se planteó usarlo, sabía que a veces se quedaba atascado entre el segundo y el tercero.
Subieron las escaleras, los escalones eran de piedra, desgastados por los años, y el eco de sus pasos rebotaba en las paredes estrechas. Jean iba delante, con la llave ya en la mano, y al llegar al tercer piso tuvo que hacer dos intentos para acertar en la cerradura, sus dedos no respondían del todo bien.
La puerta se abrió.
El apartamento estaba a oscuras, Jean alargó la mano y encendió la luz, una bombilla de techo, sin pantalla, iluminó la estancia con una luz blanca y fría. Era pequeño, una sola habitación que hacía las veces de salón y dormitorio, una cocina minúscula al fondo, un baño que apenas se intuía detrás de una puerta corredera.
Nico se quedó en el umbral, empapado, sin moverse.
—Pasa —dijo Jean—, voy a buscar una toalla.
Desapareció en el baño, lo oyó abrir y cerrar el armario, y volvió con dos toallas, eran viejas, de un color que debió ser blanco y ahora era grisáceo. Se la tendió a Nico sin mirarlo del todo a los ojos.
Nico cogió la toalla, sus dedos rozaron los de Jean y este retiró la mano demasiado rápido.
Se secaron en silencio. El pelo, la cara, el cuello. Jean se frotó la nuca con un gesto rápido, justo donde tenía la cicatriz y por un segundo se olvidó de que Nico estaba allí. Cuando levantó la cabeza, Nico lo miraba, sus ojos se encontraron un segundo. Nico no apartó la mirada de la cicatriz.
—¿Te duele? —preguntó Nico.
Jean supo a qué se refería.
—Ya no —respondió.
Fue verdad, o una verdad a medias.
Nico no dijo nada más, terminó de secarse y se quedó de pie, sin saber bien dónde sentarse. El apartamento apenas tenía muebles: una cama en un rincón, una mesa pequeña de madera, dos sillas de distinto estilo que parecían encontradas en la calle, una estantería baja llena de libros viejos y algunos recuerdos sin ordenar. Y en la mesita de noche, la cámara.
Nico la vio, pero no dijo nada.
—Puedes sentarte —dijo Jean, señalando una de las sillas, su voz sonó más cortante de lo que quería. Era el nerviosismo, la incomodidad de tener a alguien allí, de tener a Nico allí.
—Está bien —dijo Nico.
Se sentó, la silla crujió bajo su peso. Jean se quedó un momento en medio de la habitación, como si no supiera qué hacer ahora que ya no se estaban secando. Pasó una mano por la nuca, se recolocó el pelo —todavía húmedo, todavía suelto— y luego se giró hacia la cocina.
—Té —dijo—. Voy a poner agua.
Puso la tetera a calentar. Mientras el agua hervía, se quedó apoyado en la encimera, de espaldas a Nico, con los brazos cruzados. Sentía la mirada de Nico en su espalda, no era una incomodidad, no exactamente, era otra cosa. Una conciencia aguda de que ese espacio, su espacio, estaba siendo habitado por alguien que no era él y no le molestaba. Eso era lo más extraño.
El silencio se alargó. El agua hirvió. Jean preparó dos tazas, las llevó a la mesa y tomó asiento en la otra silla, la que estaba frente a Nico, la que siempre usaba para comer solo.
—¿Lo tomas con azúcar? —preguntó.
—No, así está bien.
Se quedaron en silencio, el té humeaba entre ellos y el ruido de la lluvia golpeaba los cristales de la ventana. Jean no levantaba la vista de su taza, sus dedos giraban el borde de la porcelana, una y otra vez, como si el gesto pudiera calmarle algo.
—No es grande —dijo Jean, de repente.
—¿El qué?
—El apartamento.
—Ya lo veo —dijo Nico y luego, sin ninguna malicia agregoó—. Pero está ordenado y huele bien.
Jean levantó la cabeza, lo miró, no supo qué responder a eso. Nadie le había dicho nunca que su casa olía bien o sí, quizás su abuela, hace años. Pero hacía años que nadie entraba en su espacio personal.
—¿A qué huele? —preguntó, y en seguida se arrepintió.
Nico se quedó callado un momento, lo miró. Sus ojos azules, siempre tan directos, ahora parecían más tenues, como si la penumbra del apartamento los hubiera suavizado.
—A té —dijo—, a limpio. A algo que no sé nombrar, como a bosque.
Jean sintió un vuelco en el pecho, pequeño pero inconfundible. Era su olor. Lo que quedaba de él, ese fantasma olfativo que apenas percibían los demás Nico lo había notado, Nico lo había reconocido.
Bajó la mirada.
Bebieron en silencio, la lluvia empezaba a amainar, los golpes contra los cristales se espaciaban, como si la tormenta estuviera perdiendo interés. Jean dejó la taza vacía sobre la mesa, sus manos seguían temblando, solo un poco. No era frío, hacía rato que el frío se le había pasado
Cuando la taza estuvo vacía, Nico se levantó, se acercó a la ventana. La lluvia seguía cayendo, pero ya no con la fuerza de antes. Nico no quería que parara, porque si paraba, tendría que irse. Y no quería irse. Pero la lluvia seguía amainando, poco a poco, sin prisa pero sin pausa.
Nico se volvió hacia Jean.
—Me tengo que ir —dijo.
—¿Ya?
Nico asintió, no añadió nada más. Se acercó a la puerta, se detuvo un momento, se volvió.
—¿Te puedo escribir? —preguntó.
—Ya tienes mi número —respondió Jean.
—Lo sé, pero quería asegurarme de que no te molestaría que te escriba.
Jean bajó la mirada, luego la levantó.
—Sí —dijo—. Puedes escribirme.
Nico sonrió, abrió la puerta.
—Hasta luego, Jean.
—Hasta luego, Nico.
La puerta se cerró. Jean se quedó apoyado contra ella, escuchando los pasos de Nico bajar las escaleras, alejándose. La lluvia seguía cayendo, más suave ahora, casi un susurro.
Jean se pasó una mano por la cara, respiró hondo, miró la silla vacía donde Nico se había sentado, la toalla húmeda colgada en el respaldo. El apartamento seguía oliendo a té, a limpio, a ese algo que Nico había sabido nombrar.
Y Jean, sin saber muy bien por qué, sonrió. Una sonrisa pequeña, casi invisible, que se quedó flotando en la penumbra mucho después de que los pasos se hubieran apagado.