En este imperio de sombras, ella es la única que puede calmarlo… o el motivo por el que su mundo arderá.
¿El amor puede sobrevivir cuando tu vida es propiedad del enemigo?
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18°
...Isabella Conti...
^^^Reggio Calabria, Italia^^^
...El día de la boda......
—Deja de moverte de una buena vez, Isa. Te vas a terminar cayendo y todavía me falta colocarte el velo —me regañó Mía con un tono cariñoso pero firme.
Mía se veía absolutamente espectacular. Vestía un hermoso vestido largo de satén azul satini que entallaba su figura a la perfección, cumpliendo con orgullo su papel como mi madrina y dama de honor. Su cabello, teñido de ese llamativo tono rojo violeta que tanto la caracterizaba, estaba perfectamente peinado en un recogido alto, dejando caer unos sutiles mechones sueltos que enmarcaban su rostro. Su maquillaje, a diferencia del mío, era sumamente sutil, resaltando sus facciones sin restarle protagonismo a la novia.
Estábamos instaladas en la habitación principal de Leonardo desde el día anterior. Por pura tradición y logística de seguridad, se había decidido que yo saldría vestida de novia desde este ala de la villa rumbo a la catedral. Mientras Mía peleaba con las delicadas capas de tul de mi velo, yo no podía evitar mirar de reojo hacia la gran ventana, esperando que mi padre ya estuviera listo en las habitaciones de invitados. Me aliviaba enormemente saber que, a pesar de los peligros y la distancia, él había viajado a Italia para estar a mi lado en este día.
—Estoy nerviosa, Mía... de verdad —le respondí en un susurro, acomodándome las mangas de encaje del vestido—. Siento algo extraño aquí, en el estómago. Un vuelco consttante.
No era solo el pánico escenico de la boda. Era un presentimiento pesado, una sombra intuitiva que se había instalado en mi pecho desde hacía días; específicamente desde que Leonardo había regresado de su última reunión de negocios con los coreanos. Había algo en el aire de Calabria que se sentía denso, como la calma que precede a un huracán.
Mía soltó una risita ligera y dejó escapar un suspiro, dándome un suave apretón en los hombros a través del espejo.
—Sí, claro que sientes algo extraño, y ese algo extraño va a acabar naciendo en exactamente siete meses, señora Bianchi —me dijo Mía en un susurro divertido, intentando por todos los medios disipar mis nervios con el recordatorio de nuestro gran secreto.
Antes de que pudiera responderle, un golpe firme y rítmico resonó en la madera de la puerta. Mía reaccionó de inmediato, adoptando una postura defensiva de lo más cómica.
—¡Si es el novio, más le vale que se vaya de aquí ahora mismo o juro que le disparo antes de que llegue al altar! —amenazó Mía con la voz alzada y una chispa de diversión en los ojos—. ¡Y si es alguien más, adelante, la puerta está abierta!
No pude evitar soltar una carcajada limpia ante su ocurrencia, sintiendo que la tensión en mis hombros disminuía un poco. Sin embargo, la risa se me congeló en la garganta en cuanto la puerta se abrió por completo.
La primera en aparecer en el umbral fue una pelinegra que yo conocía sumamente bien. Llevaba un vestido rojo, elegante, de escote corazón que resaltaba su porte aristocrático. Era Elena. Mi corazón dio un vuelco de alegría al verla, pero la silueta que venía pisándole los talones me obligó a contener el aliento
Era otra mujer, de portealtivo y caminar ensayado. Su cabello estaba teñido de un rubio muy claro, aunque saltaba a la vista que no era un tono natural como el mío, las diminutas raíces oscuras que empezaban a asomarse en su cuero cabelludo la delataban por completo, un detalle técnico que mi ojo analítico captó de inmediato. Pero lo que verdaderamente acaparó toda mi atención no fue su costoso vestido de diseñador, sino la pequeña criatura que traía protegida en brazos. La bebé tenía un cabello de un rubio tan claro que parecía oro puro bajo la intensa luz de la habitación, y sus ojos, de un azul claro y cristalino a simple vista, tenían ese toque profundo y tormentoso que me resultó dolorosamente familiar.
—¡Elena! —dije, y esta vez no hice el menor esfuerzo por ocuultar la genuina felicidad que me causaba verla—. Qué bueno que pudieron venir... ¿Y Niko? ¿Dónde está? —le pregunté con curiosidad.
Leonardo me había mencionado, tras su regreso de Rusia, que los había visto muy unidos y prácticamente enamorados, lo cual me alegraba profundamente.
Elena me dedicó una sonrisa que me pareció un tanto forzada, y sus ojos esquivaron los míos por una fracción de segundo antes de responder.
—Él... Niko está abajo, en el patio principal. Está con Alexei —me dijo con un tono cauteloso.
Asentí en silencio, sintiendo como ese maldito presentimiento en el estómago se intensificaba, transformándose en un nudo frío. Alexei Morózov estaba aquí, en la misma propiedad.
—Así que tú eres la famosa mujer que logró robarse el corazón del italiano más poderoso y temido de Europa —habló la mujer rubia, rompiendo el hielo con una voz impregnada de una confianza casi altanera
Yo no recordaba haber visto su rostro jamás en las oficinas de San Petersburgo, pero al mirar la estructura de los ojos de la bebé que cargaba, sentí un escalofrío recorrer mi columna. Ya sabia quién era.
—Así es... o al menos eso es lo que creo —le respondí, forzando una cortesia impecable mientras mantenía la espalda recta.
Elena carraspeo ligeramente, dando un paso al frente para romper la fricción invisible que se estaba generando en el espacio
—Lo siento, no las presenté formalmente —habló Elena, mirando a la rubia—. Isabella, ella es Sofía Bratova, la esposa de... —Elena hizo una pausa que me pareció una eternidad, como si le costara pronunciar el nombre—... de Alexei Morózov. Y Sofía, ella es Isabella Conti, la futura señora Bianchi —concluyó, mirándome con una fijeza que me hizo entender que Elena sabía perfectamente el torbellino que estaba ocurriendo en mi interior.
—Un gusto, por fin, conocer a la mujer que logró robarse el amor del temido Don de la 'Ndrangheta —agregó Sofía, recorriendo mi vestido de novia con una mirada analítica que pretendía ser amable, pero que desbordaba rivalidad implícita.
Mis sospechas se confirmaron en ese mismo instante, abriendo una nueva duda en mi cabeza. La bebé era de él. No había duda alguna, la mirada de la pequeña era un reflejo exacto, una copia en miniatura de esos ojos grises y azules que me habían perseguido en mis peores pesadillas.
—¿Y esta hermosa bebé? —pregunté, desviando por completo la atención de los adultos hacia la criatura, mientras estiraba un dedo para acariciar con extrema suavidad su mejilla perfecta.
—Es mi hija. Mía y de Alexei —respondió Sofía, enderezando la espalda y hablando con un orgullo tan desbordante y una posesión tan marcada que sentí una punzada ardiente quemarme el pecho—. Se llama Bella Sofía —soltó de golpe.
El nombre me golpeó de lleno en el pecho, como un impacto sordo que me dejó sin aire por un segundo. Bella Sofía. Mi mente informática trabajó a mil revoluciones por segundo, procesando la brutal ironía de la situación.
Mía, notando el sutil cambio en mi postura y el leve titubeo en mis ojos, intervino de inmediato con una agilidad tremenda para borrar la densa tensión que amenazaba con devorarse la habitación.
—Mira, Isa, qué tremenda ironía —habló Mía con una sonrisa ligera, ganándose la atención de Sofía—. Matías te llama "Bells"ñ desde que llegaste a Italia, y tu prometido en ocasiones te dice "bella" de cariño. Parece que el nombre está de moda entre las familias.
—Sí... tienes toda la razón, Mía —respondí, recuperando el control de mis facciones y obligándome a sonreír con total naturalidad—. Aunque, para ser completamente sincera, el nombre compuesto suena sumamente elegante y hermoso en ella. Le queda perfecto... ¿Puedo? —le pregunté a Sofía, extendiendo los brazos con delicadeza hacia la niña.
Sofía, un tanto complacida por el halago hacia su elección, asentió con la cabeza y me pasó a la bebé con sumo cuidado, asegurándose de no estropear los encajes de mi vestido.
Al sostener a Bella Sofía contra mi pecho, una oleada de ternura indescriptible me barrió por completo. La pequeña me miró fijamente y, de la nada, estiró sus diminutas manos hacia mí, regalándome una sonrisa inocente y desdentada. En ese microsegundo, el fantasma de Alexei desapareció, solo éramos ella y yo. No pude evitar sonreír de vuelta, sintiendo una calidez en el vientre que me hizo imaginar, por primera vez con total nitidez, cómo sería el día en que tuviera a mi propio bebé en brazos. Deseé con todas mis fuerzas que los meses pasaran rápido para poder experimentar esa paz.
Le acaricié la frente dorada a la pequeña y, con renuencia, se la devolví a su madre. Sofía tomó a la niña de regreso, pero se me quedó mirando con una fijeza extraña, entornando los ojos con curiosidad.
—¿Estás embarazada, Isabella? —me preguntó a quemarropa, tomándome por sorpresa.
Negué con la cabeza de inmediato, manteniendo el rostro completamente inexpresivo.
—No, para nada. Pero por supuesto que sería muy lindo estarlo en el futuro —mentí con una facilidad que ni yo misma me creía.
Al mirar de reojo a Elena, supe de inmediato que Nikolai no le había dicho absolutamente nada sobre mi estado tras su visita médica... La cara de Elena no mostraba más que una ligera tensión social, no la complicidad de quien guarda un secreto de estado. Le agradecí internamente a Niko desde lo más profundo de mi alma por su lealtad mutua. Leonardo y yo habíamos tomado la firme decisión de que nadie más se enteraría de las diez semanas de embarazo por cuestiones de estricta seguridad, al menos hasta que pasaran los meses de mayor riesgo. Por fortuna, mi vientre seguía estando completamente plano bajo las capas de tul y el corsé de mi vestido de novia.
Poco después, tras un par de comentarios de cortesía sobre la ceremonia, ambas mujeres se despidieron para bajar a tomar sus lugares en la comitiva de la iglesia.
Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando el espacio vacío. No podía negarlo: Sofía Bratova era una mujer sumamente hermosa, elegante y sofisticada, y la bebé era una bendición viviente. Una parte de mí esperaba de todo corazón que ese matrimonio en Rusia fuera real, un lazo de amor verdadero y no uno de esos contratos fríos y transaccionales que solían abundar en el mundo de la mafia. Por fortuna, el mío con Leonardo sí era real, nos amábamos, nos respetábamos y nuestro compromiso no dependía de ningún negocio ni tratado de paz.
Me miré una última vez en el espejo, acomodándome el velo con la ayuda de Mía. Estaba lista para dar el "sí, acepto" frente al altar. Sin embargo, en lo más profundo de mi mente, esa extraña sombra no se disipó. Yo no tenía idea de que la maravillosa felicidad que sentía en ese momento estaba a punto de comenzar a desmoronarse justo después de pronunciar mis votos ante Dios.
su madre enferma es su mayor dolor
😁😁😁que tal encuentro