En un mundo de poder y violencia, Luca vive sin sentir… hasta que Elena irrumpe en su vida. Entre traiciones y enemigos, el amor se vuelve su mayor debilidad… y su única salvación.
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capitulo 3
🖤 Bajo la Piel del Hielo (Versión Oscura)
Capítulo 3 — Aprender a obedecer
El olor era peor ahí arriba.
El cuarto de servicio no era solo pequeño.
Era degradante.
Elena permaneció de pie varios segundos después de que la puerta se cerró. No porque no pudiera moverse… sino porque estaba procesando.
La cama estaba rota.
El colchón hundido.
Las sábanas… inexistentes.
En una esquina, un balde oxidado.
—Encantador… —murmuró con voz seca.
Caminó lentamente por el lugar.
Cada paso hacía crujir el suelo.
Se acercó a la puerta.
Cerrada con llave.
Obvio.
Apoyó la frente un segundo contra la madera fría.
Respiró hondo.
—No te van a quebrar… —susurró.
Pero incluso ella sabía que no iba a ser tan simple.
No pasó mucho tiempo antes de que la volvieran a buscar.
La puerta se abrió de golpe.
—Arriba —ordenó una voz.
Elena se giró.
Dos hombres.
Distintos a los de antes.
Pero iguales en actitud.
—¿A dónde? —preguntó.
—¿Ahora preguntás? —se burló uno.
—Caminá.
Elena no discutió.
Salió.
Pasillos más angostos.
Menos elegantes.
Más reales.
Ese era el lado de la mansión que nadie mostraba.
—¿Qué es esto? ¿El basurero? —murmuró.
El hombre que iba detrás la empujó.
—Es donde vas a aprender.
—¿A qué? ¿A ser como ustedes?
Silencio.
—A obedecer.
La llevaron a una cocina enorme.
Pero no era como las otras partes de la casa.
Ahí había ruido.
Movimiento.
Gente trabajando.
Y miradas.
Muchas miradas.
Cuando Elena entró, varias personas levantaron la cabeza.
Algunas con lástima.
Otras… con desprecio.
—Miren lo que trajo el jefe —dijo uno de los hombres.
—¿Esta es la famosa? —preguntó una mujer mayor.
—La misma.
Elena no dijo nada.
Pero lo registró todo.
—Bueno —dijo la mujer—. Entonces que empiece.
Le tiraron un balde y un trapo.
—Limpiá.
Elena miró el suelo.
Sucio.
Grasoso.
—¿En serio? —preguntó.
—¿Te parece un chiste? —respondió la mujer.
—No.
Elena dejó el balde en el suelo.
—Me parece patético.
El silencio fue inmediato.
La mujer la miró con dureza.
—Acá no opinás.
Elena levantó la mirada.
—Entonces tampoco trabajo.
Error.
La mujer se acercó rápido.
Demasiado.
Y le dio una bofetada.
Fuerte.
—Acá hacés lo que se te dice.
Elena giró la cara por el impacto.
Respiró.
Lento.
Luego volvió a mirarla.
_ obligame
Eso…
No era desafío normal.
Era otra cosa.
—¿Qué dijiste?
—Que me obligues.
Silencio.
Uno de los hombres intervino.
—El jefe dijo que trabaje.
La mujer dudó un segundo.
Luego señaló el piso.
—Limpiá.
Elena no se movió.
—No.
El golpe esta vez no fue una mano.
Fue el balde.
Le pegaron en el estómago.
El aire se le fue.
Cayó de rodillas.
—Última vez que te lo digo.
Silencio.
Elena respiró con dificultad.
Miró el piso.
Luego… el trapo.
Lo tomó.
Y empezó a limpiar.
No porque se rindiera.
Porque entendió algo.
Esto no era fuerza.
Era resistencia.
Horas después…
Seguía ahí.
Limpiando.
El cuerpo le dolía.
Las manos le ardían.
Pero no paró.
No les iba a dar el gusto de verla caer.
—Más rápido —ordenó la mujer.
Elena apretó el trapo.
—Hacelo vos.
La mujer levantó la mano otra vez.
Pero esta vez…
Una voz la detuvo.
—Suficiente.
Silencio.
Todos se quedaron quietos.
Luca.
De pie en la entrada.
Observando.
Siempre observando.
La mujer bajó la mano de inmediato.
—Jefe.
Luca no respondió.
Miró a Elena.
En el suelo.
Sucia.
Cansada.
Pero aún con esa mirada.
Esa maldita mirada.
—¿Eso es lo mejor que podés hacer? —dijo.
Elena levantó la cabeza.
—Podría hacer menos.
Silencio.
Alguien murmuró:
—Está loca…
Luca caminó hacia ella.
Despacio.
Se detuvo frente a ella.
—Mirá cómo terminaste —dijo—. Y todavía te creés superior.
Elena lo sostuvo.
—No soy yo la que necesita humillar a otros para sentirse algo.
Eso fue demasiado.
Pero Luca no la golpeó.
Se inclinó.
Muy cerca.
—No te humillo —susurró—. Te pongo en tu lugar.
Elena respiró hondo.
—Ese lugar no es mío.
Luca sonrió.
Oscuro.
—Ahora sí.
Se levantó.
Miró a los demás.
—Déjenla.
Silencio.
—¿Jefe?
—Dije que la dejen.
Volvió a mirar a Elena.
—Quiero ver cuánto dura.
Se giró.
Pero antes de irse, agregó:
—Ah… y si deja de trabajar…
Silencio.
—No le den comida.
La puerta se cerró.
Otra vez.
Elena se quedó ahí.
Arrodillada.
Con el trapo en la mano.
El cuerpo agotado.
Pero la mente… despierta.
—Esto no te va a salir como pensás… —murmuró.
Y siguió limpiando.