"La Emperatriz Renacida" narra el brutal regreso de Leticia, una huérfana de los barrios bajos convertida en déspota de la moda, quien reencarna como la humillada Adelfa Sterling en una novela rosa. Armada con una astucia letal, frialdad despiadada y tres hijos genios, Leticia desmantela a quienes la oprimieron en su vida pasada y presente, tejiendo una intriga de venganza y poder que reescribe el destino de los inocentes y los villanos por igual.
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El Plan de los Pequeños Genios
Han pasado varios días desde aquel memorable evento en el Club Malujoso, y la desaparición de Sultán, el perro de Leonel Díaz, se había convertido en un auténtico suceso que llenaba los titulares de todos los periódicos y las conversaciones de toda la alta sociedad. Carteles de gran tamaño habían sido pegados en cada esquina, en cada muro y en cada establecimiento de la ciudad, con fotografías del animal y promesas de una recompensa millonaria para quien diera con su paradero. Leonel, acostumbrado a tenerlo todo bajo control, se encontraba sumido en una angustia que pocos habrían sido capaces de imaginar en alguien de su carácter frío y despiadado; para él, Sultán no era solo una mascota, era el único ser que le había mostrado cariño sincero y lealtad absoluta en una vida llena de traiciones y soledad.
Mientras tanto, en la residencia de Adelfa, los tres pequeños genios del mal seguían ocultando al perro en su habitación, tratándolo con todos los cuidados y mimos del mundo, y disfrutando de la situación como si se tratara del juego más divertido de sus vidas. Pero Luna, como siempre, tenía una mente mucho más hábil y retorcida que la de sus hermanos, y fue ella quien presentó la idea que dejaría atónitos a todos.
Estaban reunidos en el suelo, rodeados de juguetes y golosinas, cuando Luna se puso de pie con una expresión de gran sabiduría y una sonrisa traviesa que iluminaba su rostro angelical. Se dirigió a sus hermanos con voz grave y decidida, como una estratega de guerra que acaba de idear el plan más brillante de la historia.
—Hermanos, escúchenme bien —dijo con una seguridad que denotaba que lo que iba a decir era de gran importancia—. Ya que nuestro tan temido y malvado padre, Leonel Díaz, es una persona que nos interesa conocer mejor, he pensado en una idea magnífica. ¿Qué tal si regresamos con el perro a su casa, fingimos que lo hemos rescatado de alguna situación peligrosa y así nos infiltramos en su hogar? De esta forma podremos ir conociéndolo poco a poco, sin que mamá se entere de nada. Si actuamos bien, ese malvado señor se sentirá en deuda con nosotros y hará exactamente lo que nosotros queramos. ¡Es una idea perfecta, ¿no creen?
Santiago y Sebastián se quedaron mirándola con los ojos muy abiertos, sin poder creer lo que acababa de escuchar. Luego, la mirada de Santiago se llenó de admiración y aplaudió con entusiasmo.
—¡Guau! Eres increíble, Luna —exclamó sacudiendo la cabeza con asombro—. ¡No te equivocas, eres tan astuta y tan lista como para dominar al mundo entero! Nunca se me habría ocurrido una idea tan genial como esa.
—¡Por supuesto que sí! —intervino Sebastián, asintiendo con energía—. ¡Y además, como todos sabemos, ustedes salieron tontos al lado de ese padre villano! ¡Hoy mismo, cuando vayamos al parque, a escondidas de nuestra madre, llevaremos al perro a su casa y nos acercaremos a él sin revelarle quiénes somos realmente. ¡Lo tendremos todo bajo control!
Y así lo acordaron. Durante los siguientes días, prepararon cada detalle de su plan con una precisión milimétrica, como verdaderos espías entrenados. Se aseguraron de que Sultán estuviera limpio, bien alimentado y con un aspecto impecable, y se prepararon para llevar a cabo la hazaña que cambiaría muchas cosas.
Llegó el día acordado, y con pasos sigilosos y caras de niños inocentes, salieron de casa llevando al perro entre los tres, que seguía sin sospechar nada, feliz y contento como siempre. Caminaron hacia la zona residencial más lujosa de la ciudad, donde se alzaba la imponente mansión de Leonel Díaz, rodeada de jardines extensos, altos muros y una seguridad rigurosa. Pero para los pequeños genios, ningún obstáculo era imposible de superar. Se acercaron a la entrada principal, con el perro al frente, y esperaron a que alguien los atendiera.
Poco después, Leonel salió al jardín trasero, y al verlos acercarse con Sultán, su expresión pasó de la preocupación a la alegría más grande que había sentido en mucho tiempo. Corrió hacia ellos, y sin pensarlo dos veces, abrazó con tanta fuerza al perro que casi lo estruja, mientras sus ojos brillaban de emoción y alivio.
—¡Mis pequeños, mis adorados! —exclamó con voz cargada de gratitud, sin dejar de acariciar y besar a Sultán, que movía la cola con entusiasmo—. Han recuperado a mi cachorro, han encontrado a mi querido amigo. Estoy en deuda con ustedes para siempre, para toda la vida. Pueden venir aquí cada vez que quieran, pueden jugar con él todo el tiempo que deseen. Solo… ¿Quiénes son sus padres? ¿Dónde viven? Quiero recompensarlos por este gran favor.
Luna y sus hermanos se miraron entre sí, fingiendo una expresión de timidez y preocupación, como si les diera pena tener que decir algo que podría causar problemas. Fue Luna quien respondió, con una voz suave pero llena de inteligencia, jugando con las palabras para conseguir lo que querían.
—Señor, no podemos decírselo —dijo con sinceridad fingida—. Nuestra madre es una mujer muy salvaje, muy estricta y de genio muy fuerte. Si se enterara de que tenemos amistad con un desconocido, y encima venimos aquí sin su permiso, trayendo al perro que hemos rescatado, nos caería una buena cantidad de nalgadas. Y créame, señor, las nalgadas de mamá duelen muchísimo, son de las que dejan la piel rojita y ardiendo durante días. ¡No queremos que nos pase nada malo!
Luego, Luna quiso demostrarles a sus hermanos que ella era la más valiente y la que más travesuras sabía hacer, así que decidió contar una anécdota que los dejara a todos boquiabiertos.
—Además, hace unos días hice una pequeña travesura —continuó con una sonrisa que denotaba orgullo—. Me porté muy mal y mi madre me castigó, me dejó las nalgadas bien rojitas. Pero eso no me importa, porque aprendí cosas muy útiles. Un día encontré un sedante en la casa, y se lo di a tomar a la nana que teníamos en ese momento. Con una rasuradora, le rasuré toda la cabeza, dejándola totalmente calva, como un huevo. Cuando mi mamá se enteró, se enojó muchísimo y me dio muchas nalgadas, pero ¡qué le vamos a hacer! Fue muy divertido ver su cara de sorpresa.
Los dos hermanos la miraron con admiración, y entonces decidieron unirse a la diversión contando sus propias hazañas, que no tenían nada que envidiarle a las de su hermana.
—Es verdad, lo que dice Luna —dijo Santiago con una risa traviesa—. Unos niños mayores nos ofendieron un día, nos dijeron cosas feas y nos trataron mal. Entonces, ¿qué creen que hicimos? ¡Les pusimos tarántulas vivas dentro de sus mochilas! ¡Imagínese, señor! Cuando llegaron a casa y abrieron sus cosas, salieron los bichos y ellos se asustaron tanto que hasta se orinaron del susto. ¡Fue lo más gracioso que hemos visto en toda nuestra vida!
—Y otra vez —añadió Sebastián, riéndose a carcajadas—, les tiramos agua sucia encima cuando pasaban por el parque. ¡Se veían tan desgraciados y tan mojados que no podíamos parar de reírnos! ¡Son unos tontos, se lo merecían por molestarnos!
El mayordomo de la casa, que los observaba desde un rincón con los ojos muy abiertos y la boca abierta, no podía creer lo que escuchaba. En su mente, pensaba con estupor: Dios Santo… estos niños no son niños normales, son verdaderos diabólicos. Los padres de estos tres engendritos deben ser dos psicópatas, solo dos personas perversas y malvadas como ellos pueden haber criado a seres tan viles y astutos. ¡Es increíble lo que dicen y lo que hacen!
porfis no te olvides de actualizar, gracias y perdona el abuso y fastidio.
un abrazo 🤗
solo que le cambiaron el nombre😬🫣🤔🤔