Él juró protegerla del mundo, pero no sabe cómo protegerse de ella. Entre reglas rotas y secretos compartidos, Alexander descubrirá que su cicatriz no es lo más difícil de sanar, y que, a veces, para ser libre, hay que dejarse domar.
¿Podrá la luz de Isabella iluminar la oscuridad de la Bestia, o terminará ella consumida por sus sombras?
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capitulo 18
Narrado por: Isabella
El rugido del motor del blindado es un latido constante que retumba en mis sienes. El interior del vehículo huele a metal, a cuero viejo y a la fragancia masculina y terrosa de Alexander, que permanece impregnada en mi piel a pesar de la armadura de Kevlar que me oprime el pecho. Estamos ascendiendo por la ladera de la montaña, un camino serpenteante que conduce directamente a las puertas del infierno de Varga.
Alexander está sentado frente a mí. La luz roja de la cabina proyecta sombras demoníacas sobre su rostro. Sus ojos grises están fijos en una pantalla táctil, coordinando el despliegue de los equipos Alfa y Delta que flanquean la propiedad por el bosque. No parece un hombre; parece una máquina de guerra perfectamente calibrada. Sin embargo, hace apenas unos minutos, esa misma máquina me sujetaba contra la mesa, buscando en mi cuerpo un ancla para no perderse en su propia furia.
—Treinta segundos para el impacto —anuncia Miller por el intercomunicador.
Alexander levanta la vista. Por un instante, el soldado desaparece y veo al hombre. Su mano, enguantada en cuero negro, busca la mía en la penumbra y la aprieta con una fuerza que me corta la circulación, pero no me aparto. Es su forma de decirme que sigue ahí, que no me ha olvidado en medio del ruido.
—Quédate en el blindado hasta que yo dé la señal de "zona despejada" —dice, su voz es una orden que no admite réplica—. Miller se quedará contigo. Si algo sale mal, él tiene órdenes de sacarte de aquí, incluso si eso significa dejarme atrás.
—No voy a dejarte atrás, Alexander —respondo, sintiendo el peso del arma pequeña que guardo en el muslo—. Vinimos juntos a terminar con el legado de mi padre.
Él no tiene tiempo de responder. Una explosión sacude el vehículo, seguida de un estruendo metálico que indica que hemos embestido las puertas principales. El caos estalla.
Los portones traseros se abren y Alexander sale disparado hacia el exterior, seguido por su equipo. El aire gélido de la montaña entra en la cabina, cargado de inmediato con el olor a pólvora y los destellos de las trazadoras que iluminan la noche como fuegos artificiales macabros. Me quedo en el asiento, con el corazón martilleando contra mis costillas. Miller está junto a la puerta abierta, con el fusil en guardia, vigilando el perímetro.
Pasan los minutos, o quizá horas; el tiempo en combate es una ilusión elástica. Escucho gritos, el tableteo incesante de las ametralladoras y explosiones que hacen vibrar el suelo bajo el blindado. De repente, la radio de Miller emite un sonido estático.
—¡Nos tienen fijados en el ala este! —es la voz de uno de los hombres de Alexander—. ¡Varga está intentando escapar por el helipuerto trasero!
—Señorita, quédese aquí —dice Miller, saltando fuera del vehículo para cubrir a sus hombres que retroceden heridos.
Pero no puedo quedarme. La curiosidad que siempre me ha definido, esa misma que me llevó a los archivos de Alexander, me impulsa ahora. Veo una sombra moviéndose cerca de la entrada lateral de la villa, una figura que no lleva el uniforme táctico de los hombres de Thorne. Es un hombre mayor, vestido con un abrigo caro, moviéndose con una cojera que reconozco por las fotos de los archivos: Varga.
Salgo del blindado. El aire frío me corta la cara, pero la adrenalina es un escudo térmico. Me muevo entre los setos de la entrada, esquivando los cuerpos y los escombros. El sonido de la batalla se desplaza hacia el interior de la mansión, dejándome un camino despejado hacia el hombre que destruyó la vida de Alexander y corrompió la de mi padre.
Lo alcanzo cerca del jardín de esculturas. Varga se detiene, jadeando, apoyado en una estatua de mármol que representa a un ángel caído. Se gira y me apunta con una pistola de plata, pero su mano tiembla. Al verme, sus ojos se abren de par en par.
—¿Isabella? —su voz es un graznido—. Te pareces tanto a Marcus... Tienes su misma insolencia en los ojos.
—No hables de mi padre —digo, sacando mi arma y apuntándole. Mis manos no tiemblan. El entrenamiento de Alexander ha dado sus frutos—. Tú lo convertiste en un traidor. Tú le diste el dinero para que vendiera a la familia de Alexander.
Varga suelta una risa seca, amarga.
—¿Crees que yo lo obligué? Marcus era un hombre hambriento, niña. Yo solo le puse el banquete delante. Él disfrutaba del poder tanto como yo. Alexander es un idiota por creer que tu padre era un santo... y tú eres una idiota por estar en la cama de la Bestia que terminó por matarlo.
—Él no lo mató. Lo mató tu ambición —respondo, dando un paso adelante.
En ese momento, una sombra se cierne tras de mí. Siento un brazo poderoso rodeándome la cintura y el cañón frío de un rifle apoyándose sobre mi hombro. Alexander está aquí. Su respiración es pesada, y puedo oler el humo y la sangre en él. Su presencia es una muralla de calor que me envuelve en medio de la nieve.
—Baja el arma, Varga —la voz de Alexander es el sonido del juicio final—. O haré que tu muerte sea tan lenta que desearás que Marcus te hubiera traicionado a ti también.
Varga mira a Alexander, y luego me mira a mí. Ve la conexión entre nosotros, la forma en que su cuerpo protege el mío incluso en medio de un tiroteo. Una sonrisa cruel aparece en su rostro.
—Míralos... —dice Varga—. La hija del traidor y el hijo de las víctimas. Es una tragedia griega perfecta. ¿Sabes lo que Marcus me dijo la última vez que hablamos, Alexander? Me dijo que si alguna vez le pasaba algo, tú serías el encargado de cuidar de su "alegría"... porque sabía que terminarías amándola. Sabía que tu nobleza sería tu ruina.
Alexander aprieta el agarre sobre mi cintura. Siento cómo sus músculos se tensan, cómo su furia contenida está a punto de desbordarse.
—Cállate —gruñe Alexander.
—Incluso muerto, Marcus te ganó —continúa Varga—. Te dejó a su hija para que nunca pudieras olvidar su traición. Cada vez que la toques, cada vez que la beses, estarás besando la sangre de los que te quitaron todo.
Alexander dispara. No a la cabeza, sino al hombro de Varga. El hombre cae al suelo con un grito de agonía. Alexander se adelanta, apartándome suavemente, y se sitúa sobre él. El aura de violencia que emana de él es casi insoportable. Es la Bestia en su estado más puro, desatada y hambrienta de retribución.
—No voy a matarte por Marcus —dice Alexander, poniendo su bota sobre la herida de Varga—. Voy a matarte por ella. Porque intentaste usar su vida como moneda de cambio.
Me giro, incapaz de ver el acto final de ejecución. Miro hacia el horizonte, donde el primer rastro de luz empieza a aparecer tras las montañas. El sonido de un último disparo resuena en el aire gélido, seguido de un silencio sepulcral.
Siento unas manos grandes y cálidas que me giran. Alexander está frente a mí. Su rostro tiene manchas de pólvora y una pequeña herida en la frente, pero sus ojos... sus ojos han recuperado esa luz que solo yo sé despertar. Me toma el rostro entre sus manos manchadas y me besa con una desesperación que me rompe el alma. Es un beso que sabe a cenizas, a final y a un nuevo comienzo.
—Se acabó —susurra contra mis labios—. Se acabó para siempre.
La adrenalina empieza a desvanecerse, dejando paso a una fatiga inmensa. Alexander me levanta en vilo, cargándome como si fuera el tesoro más preciado de su reino en ruinas. Caminamos de regreso hacia el blindado mientras sus hombres terminan de asegurar el perímetro. La villa de Varga está ardiendo detrás de nosotros, una pira funeraria para los secretos y las mentiras de dos décadas.
Subimos al vehículo. Alexander me sienta en su regazo, envolviéndome en su abrigo largo. El silencio entre nosotros es cómodo, cargado de una sensualidad tranquila que nace de la supervivencia compartida. Sus manos se deslizan bajo mi chaleco táctico, buscando el contacto directo con mi piel, necesitando confirmar que sigo viva, que sigo siendo suya.
—¿Qué haremos ahora? —pregunto, apoyando mi cabeza en su hombro, escuchando el latido constante de su corazón.
—Vivir —responde él, besando mi coronilla—. Por primera vez, Isabella, vamos a descubrir quiénes somos cuando no hay nadie a quien odiar.
El blindado arranca, descendiendo la montaña mientras el sol termina de salir. mientras las manos de Alexander recorren mi cuerpo con una ternura nueva, supe que habíamos ganado algo más que una guerra. Habíamos ganado el derecho a nuestra propia historia.
La mansión Thorne nos espera, pero ya no será una prisión ni un búnker. Será el lugar donde la Bestia y su alegría aprenderán que el amor es la única regla que realmente importa.