En un mundo devorado por el sol, Elena huye de su pasado para caer en los brazos de Valerius, el implacable Rey del Norte. Entre sombras y una obsesión incontrolable, su amor prohibido desata un poder ancestral. Juntos, desafiarán el destino para engendrar un imperio donde la noche nunca termina."
NovelToon tiene autorización de glendis para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 19
Habían pasado seis lunas desde que la Ciudad Blanca cayera y el Trono del Eclipse fuera forjado. El Imperio ya no era una zona de guerra, sino un organismo vivo que respiraba bajo una penumbra constante y protectora. Sin embargo, en la intimidad de los aposentos imperiales de Umbra Regis, algo más antiguo y poderoso que la política estaba tomando forma.
Me encontraba de pie en el balcón de obsidiana, observando cómo las nubes violetas se arremolinaban sobre los tejados de la capital. El aire de la noche, cargado de esencia de éter, siseaba contra mi piel. Pero mi atención no estaba en el horizonte, sino en el extraño fenómeno que ocurría en mi propio cuerpo.
Sentía un tirón gravitacional en mi vientre, una pulsación rítmica que no seguía el compás de mi corazón. Mi sombra, que siempre había sido una extensión salvaje y punzante de mi voluntad, se había vuelto mansa, casi reverente; se enrollaba alrededor de mi cintura en capas densas y protectoras, como un capullo de seda negra que custodiaba un tesoro oculto.
El Reconocimiento del Rey
La pesada puerta de bronce de la habitación se abrió. No hubo necesidad de guardias ni anuncios; la presencia de Valerius inundó el espacio como una marea de acero y sombras. Se detuvo a mitad de camino, su capa de piel de lobo arrastrándose por el suelo de cristal.
Sus ojos de obsidiana se entrecerraron. Valerius no era solo un guerrero; era un depredador místico, y sus sentidos captaron el cambio en el aire antes de que yo pudiera pronunciar una palabra. El rastro de mi magia, que solía ser afilado como un estilete, ahora emanaba un calor denso y fértil.
—Elena —dijo su voz, un barítono que hizo vibrar los marcos de las ventanas—. El Vacío en ti... ha dejado de rugir. Hay una nota nueva en tu poder. Una frecuencia que no reconozco, pero que responde a mi propia sangre.
Se acercó con una lentitud que bordeaba la veneración. Se despojó de sus guantes de combate, dejándolos caer con un eco seco sobre el mármol, y se detuvo a escasos centímetros de mí. Su mano, marcada por las cicatrices de la Batalla del Valle, tembló ligeramente antes de posarse sobre mi vientre.
El Pacto de los Tres
En el momento en que su palma tocó mi piel, una descarga eléctrica recorrió a los tres. No fue un simple contacto físico; fue una colisión de linajes. Pude sentir cómo la chispa de vida dentro de mí reconocía al Emperador. La pequeña sombra que crecía en mi interior respondió con un pulso de energía violeta tan fuerte que hizo que las lámparas de la habitación estallaran simultáneamente, sumiéndonos en una oscuridad absoluta.
Valerius soltó un gruñido de asombro y se dejó caer sobre una rodilla ante mí. No era una postura de derrota, sino el reconocimiento de un poder superior al suyo. Apoyó su frente contra mi abdomen, cerrando los ojos.
—Es una tormenta —susurró él, y sentí la humedad de su aliento a través de la tela de mi vestido—. Es un abismo naciendo dentro de otro abismo. Elena, este niño no es solo un heredero... es la prueba de que el mundo que destruimos valió la pena.
—No será una paloma, ni un cuervo —dije, hundiendo mis dedos en su cabello oscuro, sintiendo la conexión total entre nosotros—. Será el primer ser nacido de la oscuridad pura y el amor indomable. Un soberano que no tendrá que luchar por su lugar, porque el universo ya se inclina ante su existencia.
La Promesa de la Eternidad
Valerius se puso en pie y me tomó en sus brazos, alzándome con una fuerza posesiva que me recordaba que, aunque yo fuera la Emperatriz del Vacío, seguía siendo su centro. Me besó con una intensidad nueva, una mezcla de protección feroz y una esperanza que nunca creí que un hombre como él pudiera albergar.
—Gobernaremos juntos —prometió él, mirando hacia el horizonte donde nuestro imperio se extendía hasta donde alcanzaba la vista—. Y cuando este niño respire por primera vez, el sol se apagará definitivamente, porque ya no habrá necesidad de ninguna otra luz que no sea la nuestra.
Me apoyé en su pecho, escuchando el latido rítmico de un imperio que acababa de asegurar su eternidad. El juego de la traición y la supervivencia había quedado atrás. Ahora, en el silencio de la noche eterna, el destino de los próximos mil años dormía plácidamente dentro de mí, esperando el momento de despertar y reclamar su corona.