En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
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CAPÍTULO 18: EL PESO DE LA DESPEDIDA
El día amaneció gris. Las nubes cubrían el cielo como un manto pesado, y el lago estaba quieto, oscuro, como si también estuviera de luto. Alessandra se quedó en la habitación de su abuela hasta que el sol estuvo alto. No quería moverse. No quería dejar ir ese último lugar donde su abuela había estado.
Aeron la encontró allí, sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la cama vacía. Las sombras descansaban a su alrededor, quietas, como si también estuvieran esperando.
—¿Estás bien? —preguntó, arrodillándose frente a ella.
—No. Pero voy a estarlo.
—¿Qué necesitas?
—Nada. Solo que te quedes.
Aeron se sentó a su lado. No dijo nada más. No hacía falta.
Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su calor, su respiración, el latido de su corazón. Y por un momento, el mundo dejó de doler.
—Mi abuela dijo que iba a estar en el árbol —susurró—. En la tierra. En el viento. Dijo que iba a estar siempre.
—Y va a estar. En ti. En tu magia. En tu sangre. En cada cosa que te enseñó.
—¿Crees que se fue en paz?
—Sí. Pudo verte. Pudo pedirte perdón. Pudo darte lo que guardó toda la vida. Se fue sabiendo que estabas lista.
Alessandra apretó el collar que colgaba de su cuello. La piedra seguía brillando suavemente contra su piel.
—¿Y si no estoy lista?
—Entonces aprendes. Como hiciste toda la vida. Como vas a seguir haciendo.
—¿Y si me equivoco?
—Te equivocas. Como todos. Pero no vas a estar sola. Nunca más.
Alessandra abrió los ojos. En la luz gris de la mañana, los ojos de Aeron brillaban con una intensidad que ya no le daba miedo.
—¿Te vas a quedar? —preguntó.
—Siempre.
Bajaron al jardín cuando el sol comenzaba a abrirse paso entre las nubes. Clarissa y Fiorella estaban junto al roble, con las manos entrelazadas y la mirada fija en el lago. Las flores que la abuela había plantado estaban abiertas, como si también estuvieran despidiéndose.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Fiorella, con la voz ronca por las lágrimas que no había dejado caer.
—Vamos a seguir —dijo Alessandra—. Como ella quería.
—¿Y si vuelven? ¿El aquelarre?
—Entonces los enfrentamos. Juntas.
Clarissa sonrió. Era una sonrisa pequeña, cansada, pero real.
—Eso es lo que ella hubiera querido.
—Lo sé.
Las tres se quedaron en silencio, mirando el lago, sintiendo el viento en el rostro. Las sombras de Alessandra se extendieron suaves, tocando las flores, los árboles, la tierra donde su abuela había caminado.
—¿Creen que está aquí? —preguntó Fiorella.
—Sí —respondió Alessandra—. En cada cosa que plantó. En cada cosa que nos enseñó. En cada cosa que nos dejó.
—¿Y eso es suficiente?
—Por ahora, sí.
Por la tarde, Alessandra se quedó sola junto al roble. Aeron estaba en la casa, ayudando a Sebastián con algo que ella no había preguntado. Las sombras descansaban a sus pies, y el collar brillaba contra su piel.
Puso las manos sobre la corteza del árbol. Estaba caliente, viva, como si también estuviera esperando.
—¿Estás ahí? —susurró—. ¿Me escuchas?
El árbol no respondió. Pero las ramas se mecían suavemente, sin viento, y las hojas susurraban algo que ella no podía entender. Pero lo sentía. En el pecho. En la sangre. En la piedra que colgaba de su cuello.
—Te voy a extrañar —dijo, con la voz quebrada—. Aunque casi no te conocí. Aunque no tuve tiempo. Te voy a extrañar igual.
Las lágrimas comenzaron a caer. No las contuvo. Se dejó caer contra el tronco, sintiendo la corteza áspera contra la mejilla, sintiendo las sombras envolverla suavemente, sintiendo que algo dentro de ella se soltaba.
Y en el viento, por un momento, sintió una caricia. Algo suave, algo cálido, algo que no estaba ahí pero lo sentía igual.
“Te quiero”, susurró algo que no era el viento, que no era el árbol, que no era nada que pudiera nombrar. Pero lo sintió. Y supo que era ella.
—Yo también te quiero —respondió, con la voz rota—. Aunque no tuve tiempo de decírtelo.
El viento se calmó. Las ramas dejaron de mecerse. El lago quedó quieto como un espejo. Pero algo había cambiado. Algo en el aire, en la tierra, en su pecho.
La abuela se había ido. Pero también se había quedado.
Cuando cayó la noche, las tres hermanas se sentaron en la terraza con mantas y té caliente. Aeron estaba en el jardín, junto al roble, pero Alessandra sabía que estaba ahí. Lo sentía.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Fiorella.
—Vamos a prepararnos —dijo Clarissa—. Para cuando vuelvan.
—¿Crees que van a volver?
—Sí. Y esta vez no van a venir con cinco. Van a venir con todos.
Alessandra apretó el collar en su mano. La piedra brillaba suavemente, como si también estuviera escuchando.
—Mi abuela me enseñó algunas cosas —dijo—. No es suficiente. Pero es un comienzo.
—¿Vas a poder? —preguntó Fiorella.
—No lo sé. Pero voy a intentarlo.
Clarissa tomó su mano. Fiorella hizo lo mismo.
—Juntas —dijo Clarissa.
—Siempre —dijo Fiorella.
Alessandra sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. No las contuvo.
—Juntas —repitió.
Más tarde, cuando las estrellas brillaban sobre el valle y la luna se reflejaba en el lago, Alessandra se quedó sola en la terraza. Aeron subió las escaleras con pasos lentos.
—¿No puedes dormir? —preguntó.
—Tú tampoco.
—No necesito dormir mucho.
—Eso siempre dices.
Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo.
Se sentó a su lado. Por un momento, ninguno habló. La luna brillaba en el lago, y las sombras descansaban a sus pies.
—¿Cómo estás? —preguntó él.
—Como si hubiera perdido algo que apenas tuve tiempo de conocer. Como si me hubieran arrancado algo que no sabía que necesitaba.
—¿Y cómo sigues?
—Porque ella querría que siga. Porque tengo a mis hermanas. Porque te tengo a ti.
Aeron tomó su mano.
—No te voy a dejar. Pase lo que pase.
—Lo sé. Por eso me quedo.
Alessandra apoyó la cabeza en su hombro. Cerró los ojos. Sintió su corazón latir junto al suyo, sintió las sombras descansar a sus pies, sintió el collar brillar contra su piel.
No sabía qué iba a pasar. No sabía si iba a poder con todo lo que venía. Pero por primera vez, no tenía miedo.
Porque sabía que no estaba sola. Porque tenía a sus hermanas. Porque tenía a Aeron. Porque tenía la memoria de su abuela en cada cosa que le había enseñado, en cada palabra que le había dicho, en cada sombra que la acompañaba.
Y eso, pensó mientras la noche avanzaba, era más que suficiente.