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Nada Es Gratis

Nada Es Gratis

Status: En proceso
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: escritora 2.0

Anaís no se casó por amor; fue vendida para salvar un imperio. Ahora, atrapada en una mansión de mármol negro que se siente como una tumba, debe aprender la primera regla de su nueva vida: Ricardo nunca pierde. Él es un hombre que no acepta errores, que castiga con el silencio y reclama con dolor. Entre moretones escondidos bajo maquillaje caro y el miedo constante a una promesa de muerte, Anaís deberá cuidar a una niña que es la viva imagen de su captor. En esta casa, las lágrimas ensucian y la obediencia es el único camino para seguir respirando. Pero, ¿cuánto puede resistir un corazón antes de romperse por completo?

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Capítulo 5: Carne y porcelana

El amanecer no trajo alivio, solo la confirmación de mi desgracia. No había terminado de limpiar las últimas manchas de sangre del mármol cuando escuché sus pasos. Ricardo bajaba las escaleras ya vestido con un traje gris plomo, impecable, como si la brutalidad de la noche anterior hubiera sido un sueño. Pero el dolor punzante en mi pómulo y el ardor en mi labio hinchado me recordaban que la pesadilla era mi nueva realidad.

Me puse en pie rápidamente, bajando la cabeza para evitar su mirada. Él se detuvo frente a mí. El aroma de su loción cara, una mezcla de sándalo y cuero, inundó mis sentidos. Antes me hubiera parecido elegante; ahora, ese olor era el disparador de mi pánico.

—Mírame —ordenó. Su voz era un bloque de hielo.

Obedecí. Él tomó mi mandíbula con una mano, girando mi rostro con brusquedad de un lado a otro para inspeccionar el hematoma morado. No hubo una disculpa, ni un rastro de remordimiento. Sus ojos recorrieron mis heridas con la frialdad de un forense analizando un objeto defectuoso.

—Es una marca fea —comentó, soltándome con un empujón que me hizo tambalear—. Arréglalo. No quiero ver esa basura en tu cara cuando baje mi hija. Tienes diez minutos para desaparecer de este salón y transformarte en algo presentable.

Corrí hacia mi habitación, un espacio minimalista que se sentía más como una celda de lujo que como un dormitorio. Pasé los siguientes minutos frente al espejo, cubriendo mi piel con capas espesas de corrector, ahogando los sollozos para que el polvo no se cuarteara. Tenía que ser perfecta para su hija, Bianca.

El resto del día fue un desfile de humillaciones silenciosas. Me obligó a servirle el café mientras él leía informes, ignorándome como si fuera un mueble más de la estancia. Lo más doloroso fue observar cómo jugaba con Bianca; con ella era suave, protector, casi humano. Esa dualidad me enfermaba: el hombre que podía acariciar la cabeza de una niña era el mismo que me había golpeado horas antes. Para ella era un héroe; para mí, era el monstruo que me apretaba el brazo con saña cada vez que la niña se distraía, recordándome quién era el dueño del aire que yo respiraba.

Pero el verdadero infierno comenzó cuando cayó la noche.

Bianca fue llevada a su habitación. La mansión se sumergió en un silencio sepulcral, solo roto por el sonido de mis manos temblorosas lavando la vajilla en la cocina. Sentí su calor detrás de mí antes de escucharlo.

—Sube —dijo cerca de mi oreja. Su aliento sabía a whisky y a peligro.

—Ricardo, yo... estoy cansada, por favor... —susurré, cometiendo el error de replicar.

El impacto de su palma contra la encimera de mármol me hizo saltar. El ruido resonó como un disparo.

—¿Crees que esto es una democracia, Anaís? He pagado por cada noche de tu vida. Y hoy es nuestra noche de bodas. No me hagas llevarte a rastras.

Caminé delante de él, sintiendo su mirada clavada en mi espalda. Al entrar en su habitación principal, el sonido del cerrojo cerrándose a mis espaldas fue la sentencia final. Ricardo se quitó la corbata y la lanzó a un sillón. Luego, empezó a desabrocharse la camisa, revelando ese torso ancho y los músculos definidos que parecían esculpidos para la guerra.

—Desvístete —ordenó, sentándose en el borde de la cama.

—No puedo... por favor, no así —suplicaba, sintiendo cómo las lágrimas arruinaban el maquillaje que ocultaba mis golpes.

Ricardo se levantó en un movimiento fluido y letal. En dos pasos estuvo frente a mí. Me tomó de los hombros y me sacudió con una fuerza que me hizo castañear los dientes.

—¿Te crees muy especial? —preguntó, y su mano bajó con brusquedad, atrapando la cremallera de mi vestido. Tiró de ella con tanta saña que la seda se rasgó, dejando mi espalda al descubierto—. Eres carne, Anaís. Carne que compré para mi uso personal. No te pedí permiso. Te di una orden.

Me lanzó sobre la cama. Las sábanas negras se sentían como escamas frías contra mi piel. Se colocó entre mis piernas, sujetando mis muñecas por encima de mi cabeza con una sola mano, apretando el hueso hasta que mis dedos se entumecieron. No hubo besos, ni ternura. Solo hubo el peso abrumador de su cuerpo y la invasión brusca de mi intimidad.

—Llora todo lo que quieras —murmuró, hundiendo su rostro en mi cuello y mordiendo la piel sensible justo sobre la clavícula—. Nadie va a venir. Tus padres tienen su dinero, y yo tengo lo que quería. Eres mía hasta que me canse de ti.

Cerré los ojos con fuerza, mordiéndome el labio para no gritar, sintiendo cómo el sabor metálico de la sangre volvía a mi boca al abrirse la herida del pómulo bajo la presión de la almohada. Él se movía con una cadencia mecánica, implacable, reclamando su "propiedad" con una violencia gélida.

Cuando finalmente terminó, se apartó con la misma indiferencia con la que se quita un abrigo sucio. Se puso una bata de seda oscura y caminó hacia el ventanal, dándome la espalda. Yo me quedé allí, temblando entre las sábanas revueltas, sintiendo un vacío que me quemaba las entrañas.

—Vete a tu cuarto —dijo sin girarse—. Mañana quiero el desayuno en mi mesa a las cinco. Si llegas tarde un solo minuto, te haré recordar por qué este lugar es tu única realidad ahora.

Me levanté como pude, recogiendo los restos de mi vestido desgarrado. Al salir al pasillo frío, me toqué la piel todavía caliente por su tacto y sentí algo nuevo naciendo entre las ruinas de mi inocencia. No era miedo. Era una rabia negra que empezaba a envenenarme la sangre. Él me quería sumisa, pero esa noche, entre el dolor y la marca de sus dedos en mi cuerpo, comprendí que para sobrevivir a este monstruo, tendría que aprender a morder más fuerte que él.

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Rossy Bta
más capitulos 🙏🔥
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