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Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Legado De La Familia Veraldi I (Crónica Veraldi)

Status: Terminada
Genre:Romance / Mafia / Amor-odio / Completas
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

VERALDI: El Evangelio de la Sangre y el Oro
En el corazón de la Toscana, donde el honor se firma con fuego y las traiciones se pagan con la vida, nace la leyenda de los Veraldi. Lo que comenzó como el choque inevitable entre el frío acero de Maximiliano y la llama indomable de María, se transformó en un imperio de devoción absoluta. Juntos, desafiaron a las Siete Familias para demostrar que el amor no es una debilidad, sino la armadura más resistente que un hombre de su casta puede portar.
De esa unión sagrada surgieron los gemelos de mirada letal, Alessio y Bianca, herederos de una furia ancestral que no conoce el miedo. Acompañados por sus leones de melena negra, Lucifer y Belial, los nuevos reyes del abismo han aprendido que gobernar es un acto de equilibrio entre la piedad y la masacre. A sus diecinueve años, ya no son cachorros; son depredadores refinados listos para reclamar un mundo que ya se arrodilla ante sus nombres.

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el arte de la humillación

Maximiliano:

Cinco meses. Ciento cincuenta días de un invierno que no se acaba, aunque afuera el sol intente engañar a los demás. Para mí, el mundo se detuvo en aquel aeropuerto, viendo cómo el avión de los Volkov se tragaba la única luz que iluminaba mi jodida existencia.

Estoy sentado en mi despacho, rodeado de botellas vacías y un cenicero que desborda. Mi mano derecha, la que una vez sostuvo la suya con la promesa de un pacto de sangre, ahora tiembla mientras sostiene el teléfono. He quemado todas mis influencias, he torturado a contactos en la embajada y he enviado hombres a morir en la frontera rusa solo para encontrar una dirección, un rastro, un código postal. Nada. Viktor Volkov la ha escondido en las entrañas de Rusia como si fuera un tesoro robado, y el silencio de ella me está matando más que cualquier bala.

Miro la pantalla del celular. El hilo de mensajes que le he enviado parece el diario de un loco. Ella nunca los lee, o al menos el sistema no me da el consuelo del doble check azul, pero no puedo parar. Es mi única forma de no volverme completamente psicópata.

> "Luiza, sé que no me vas a responder. Sé que me odias y tienes todo el derecho del mundo. Lo de Perla... fue el error más estúpido de mi vida. Estaba roto, estaba asustado por lo de tu padre, y reaccioné como el animal que siempre has dicho que soy. Pero ella no significó nada. No hubo un segundo en que no estuviera pensando en tu boca mientras intentaba borrarte con la de ella. Por favor, solo dime que estás viva."

Borro el siguiente mensaje antes de enviarlo, pero luego la desesperación gana y mis dedos vuelan sobre el cristal.

> "No me importa que seas una Valerius. Me importa una mierda tu sangre y la de tu padre. Si tengo que quemar a mi propia familia, si tengo que matar a José para que podamos estar juntos, lo haré. Solo regresa. Moscú te va a volver de hielo, y yo necesito que seas mi fuego. Te extraño tanto que me cuesta respirar, María."

Llevo el teléfono a mi oído y marco su número por centésima vez hoy.

—El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio...

La voz grabada es lo único que recibo. Lanzo el teléfono contra la pared y escucho cómo el cristal se hace añicos, igual que mi vida esa noche en la fiesta. Me hundo en el sillón, cubriéndome la cara con las manos. Puedo sentir todavía el olor de su perfume de rosas y pólvora en el aire, o tal vez es solo mi mente jugando conmigo.

Alessandro Valerius está aquí, en la ciudad, moviendo hilos desde las sombras de la mansión Correa, y mi padre está armando un ejército para una guerra que no podemos ganar si ella está del otro lado. Mi padre cree que me estoy preparando para el combate. No sabe que cada noche muero un poco más imaginando a ese ruso tocándola, entrenándola... o algo peor: haciendo que me olvide.

—Maledetta sia la mia vita... —susurro en la oscuridad—. Te voy a encontrar, María. Aunque tenga que caminar sobre los cadáveres de nuestros padres y prenderle fuego a toda Rusia, te voy a traer de vuelta.

Pero el silencio de mi habitación me devuelve la única verdad que tengo ahora: ella se fue siendo una Correa herida, pero volverá siendo una Valerius letal. Y lo más probable es que, cuando nos volvamos a ver, lo primero que haga sea ponerme una bala entre los ojos. Y lo peor es que, si es ella quien lo hace, probablemente le daré las gracias.

(dos semanas despues)

Dos semanas más de silencio absoluto. Dos semanas desde que estrellé mi último teléfono contra la pared y juré que quemaría el mundo por ella. El vacío que dejó en mi pecho se ha convertido en una herida abierta que supura odio y desesperación. Ya no duermo; solo espero, con los sentidos alerta como un lobo en medio de una ventisca, aguardando una señal que me diga que el rastro no se ha enfriado por completo.

Estoy en el despacho de mi padre, rodeado de mapas de Europa del Este y dossiers sobre los movimientos de los Volkov en el Báltico. Mi nuevo teléfono, uno encriptado que no dejo ni para ducharme, vibra sobre la mesa de roble. El sonido es leve, casi imperceptible, pero para mí suena como un disparo en una iglesia vacía.

Se me detiene el corazón. Mis dedos, marcados por los golpes al saco de boxeo, tiemblan ligeramente cuando deslizo la pantalla.

No hay nombre. No hay saludo. No hay rastro de la María que una vez me susurró que me amaba en la oscuridad de un coche. Solo hay un mensaje corto, seco, una bofetada de realidad que me deja sin aliento:

"55.7558° N, 37.6173° E. Ven a terminar lo que empezaste, Veraldi. O muere en el intento."

Son coordenadas. El centro exacto de Moscú. Es una invitación a un matadero, y ambos lo sabemos. Ella no me está pidiendo que la rescate; me está citando para un duelo. Me está llamando para que vea en qué se ha convertido después de que la entregué a los lobos.

Siento una mezcla de terror puro y una euforia enferma recorriéndome la columna. Está viva. Y me odia lo suficiente como para querer verme la cara antes de apretar el gatillo.

—Maldita seas, Luiza... —susurro, y por primera vez en meses, una sonrisa amarga y salvaje aparece en mi rostro—. Allí estaré.

Guardo el teléfono y me pongo la chaqueta táctica. No le digo nada a mi padre. No le digo nada a los Correa. Si voy a Moscú, voy solo. Si ella quiere sangre, le daré la mía, pero no sin antes obligarla a mirarme a los ojos y ver que nunca dejé de ser suyo, ni siquiera cuando fui un bastardo.

Salgo de la mansión bajo la lluvia, sabiendo que probablemente este sea un viaje sin retorno. Pero prefiero morir bajo la nieve de Rusia a manos de María Luiza, que seguir respirando este aire viciado donde ella no está.

El juego ha cambiado. Ya no es una búsqueda. Es la cacería final.

Maria:

El frío de Moscú ya no me quema; ahora somos uno solo. Estoy de pie en la azotea de un edificio antiguo frente a la Plaza Roja, con el viento agitando los bordes de mi abrigo de piel negra. Han pasado cinco meses desde que la niña que lloraba por rincones murió, y en su lugar, ha nacido algo que incluso a mí me da miedo mirar al espejo. A mis dieciocho años, mi cuerpo ha cambiado; el entrenamiento ruso me ha dado una fuerza felina, mis curvas son más peligrosas y mis ojos tienen el brillo helado de quien ya no espera nada de nadie.

Escucho el sonido de la puerta metálica chirriar detrás de mí. No necesito girarme para saber quién es. El aire cambia, se vuelve pesado, eléctrico. Es ese aroma a tabaco, cuero y peligro que solía ser mi hogar.

Maximiliano está aquí.

Me quedo inmóvil, mirando hacia las cúpulas de San Basilio, manteniendo una calma que es pura actuación. Por dentro, mi corazón está martilleando contra mis costillas como un animal enjaulado. El deseo me sube por las piernas como un incendio, recordándome cada roce, cada mordida, cada vez que su voz grave me desarmaba. Dios, quiero darme la vuelta y estrellarme contra su pecho, pero el recuerdo de Perla es el ancla que me mantiene fría.

—Viniste —digo, y mi propia voz me sorprende. Es profunda, segura, carente de la sumisión que alguna vez tuve.

—Dijiste que viniera a morir, Luiza. No iba a dejarte con las ganas —su voz suena rota, áspera, más cerca de lo que esperaba.

Finalmente me giro con una lentitud deliberada. Veo cómo su respiración se corta. Sus ojos recorren mi figura, deteniéndose en mi rostro, en mis labios pintados de un rojo sangre, en la forma en que el vestido de seda bajo mi abrigo se ciñe a mis nuevas curvas. Veo el hambre en su mirada, una mezcla de adoración y desesperación que me hace humedecer los labios, aunque me obligo a mantener la expresión de piedra.

Él da un paso hacia adelante, con los ojos inyectados en sangre y el rostro demacrado por meses de búsqueda. Se ve más salvaje, más hombre, pero yo no le doy la satisfacción de mostrar debilidad.

—Estás... cambiada —susurra, y noto cómo sus manos se cierran en puños para evitar tocarme.

—Se llama madurar, Maximiliano. Deberías intentarlo —le suelto con un descaro que le escuece—. ¿Qué te parece mi nueva vida? Aquí no hay niñas caprichosas, ni hombres que necesitan besar a cualquiera para sentirse poderosos. Aquí solo hay poder real.

Él se acerca más, invadiendo mi espacio personal, y el calor que emana de su cuerpo me tienta a cerrar los ojos y rendirme. Me muero por sentir sus manos grandes en mi cintura, por reclamar lo que es mío, pero lo miro con una indiferencia absoluta, como si fuera un simple mensajero y no el hombre que todavía gobierna mis sueños.

—No me mires así —gruñe él, a centímetros de mi cara—. No me mires como si no me conocieras, como si no recordaras cómo gritabas mi nombre.

—Recuerdo a un guardia que no supo protegerme de sí mismo —le respondo, clavando mis ojos en los suyos—. Ahora, dime... ¿viniste a pelear o solo a mirar lo que ya nunca volverás a tocar?

El silencio entre nosotros es tan denso que casi puedo saborear la nieve que cae. Él está ahí, a centímetros de mí, exudando ese magnetismo animal que siempre me dobló las rodillas. Pero yo no soy la misma. Me mantengo firme, con el mentón en alto, mirándolo con una frialdad que me está costando la vida fingir. Mis entrañas gritan por él, pero mi orgullo, alimentado por cinco meses de exilio y fuego, es un muro infranqueable.

Maximiliano me observa, y veo cómo se rompe. No es un quiebre violento, sino un colapso interno. Sus ojos, siempre cargados de una arrogancia peligrosa, se inundan de una derrota absoluta.

—No tienes idea de lo que ha sido mi vida sin ti —murmura, y su voz se quiebra en la última sílaba.

Entonces, hace lo que nunca imaginé que un Veraldi, el heredero del orgullo italiano, haría jamás.

Maximiliano baja la mirada y, con una lentitud que me corta la respiración, dobla una rodilla sobre el suelo helado de la azotea. Luego la otra. Se queda ahí, arrodillado frente a mí, con las manos apoyadas sobre sus muslos y la cabeza inclinada, en una posición de sumisión total. El hombre que se enfrentó a ejércitos, el que me arrastró fuera de un todoterreno en llamas, está ahora a mis pies, humillado por su propio arrepentimiento.

—Mátame si quieres, Luiza —dice, hablándole a mis botas de cuero—. Dispárame aquí mismo, porque ya estoy muerto desde que te vi subir a ese avión. Pero no me pidas que te mire con indiferencia. Soy tu perro, soy tu esclavo, haz lo que quieras conmigo, pero no me digas que ya no soy nada.

Siento un vuelco violento en el estómago. Verlo así, tan poderoso y a la vez tan destruido, me genera una descarga de deseo tan potente que me tiemblan las manos dentro de los bolsillos del abrigo. Ver al indomable Maximiliano Veraldi de rodillas, suplicando por una mirada mía, es la droga más adictiva que he probado jamás.

Quiero burlarme, quiero escupirle por lo de Perla, quiero recordarle cada una de sus malditas palabras en aquel despacho... pero verlo así, entregándome su orgullo en una bandeja de plata, me está desarmando.

Me acerco un paso, obligándolo a que su rostro quede a la altura de mi cintura. Con una mano enguantada, le tomo el cabello y lo obligo a levantar la cabeza para que me mire. Su rostro es una súplica silenciosa.

—Mírate, Maximiliano —susurro, y mi voz flaquea por primera vez—. ¿Dónde quedó el hombre que me llamó parásita? ¿Dónde está el que me echó de su vida por una sangre que yo no elegí?

Él no responde con palabras. Se inclina hacia adelante y apoya su frente contra mi vientre, abrazando mis piernas con una desesperación que me quema a través de la ropa. Siento su respiración caliente y agitada.

—Solo dime qué tengo que hacer para que vuelvas a ser mía —suplica contra mi cuerpo.

En mi interior, la muralla se está agrietando. El deseo de bajarme a su altura, de enredarme con él en la nieve y olvidar quiénes son nuestros padres, es casi insoportable. Pero entonces, recuerdo que estamos en Moscú. Recuerdo que Viktor está observando por las cámaras. Y recuerdo que mi padre, Alessandro, tiene planes que no incluyen a un Veraldi de rodillas.

—Levántate, Max —le ordeno, aunque mi mano sigue acariciando su nuca con una suavidad traicionera—. Un hombre de rodillas no me sirve de nada en la guerra que se avecina.

Maximiliano:

No me levanto. Mis rodillas golpean el suelo de Moscú con un peso muerto, el peso de un hombre que ya no tiene espina dorsal porque ella era la columna que me mantenía erguido. El frío penetra el hormigón, pero no se compara con el vacío glaciar que cargo en las costillas desde que la vi subir a aquel avión. Aquí estoy, reducido a nada, hundiendo mi rostro contra su vientre mientras mis dedos se aferran desesperados a la seda de su ropa, como un niño perdido que encuentra el cadáver de su madre en medio de una guerra.

—Maldita sea, Luiza... —mi voz no es más que un despojo, un siseo roto que se pierde en el viento siberiano—. Mírame. Mira en lo que me convertí. Soy el hombre que juró ser tu refugio y terminó siendo el incendio que te quemó viva.

Me odio. Es un odio negro, espeso, que me llena la garganta hasta asfixiarme. Me odio por cada palabra que vomité en aquel despacho, por haber usado mi lengua como un puñal para despedazar el corazón de la única persona que me amaba sin condiciones. Recuerdo el sabor de los labios de Perla y me dan ganas de arrancarme la piel; fue un acto de cobardía tan ruin, una forma tan patética de intentar apagar tu recuerdo, que solo logré ensuciar lo poco que me quedaba de alma.

—No me levanto porque no tengo derecho a estar de pie en el mismo mundo que tú —sollozo contra su cuerpo, apretando el abrazo con una fuerza que nace de la agonía—. Fui un estúpido. Un bastardo arrogante que dejó que el fantasma de mi padre y el odio de mis ancestros decidieran por mí. Te fallé, María. Te entregué a los lobos porque no fui lo suficientemente hombre para protegerte de mis propios demonios.

Siento las lágrimas arder en mis mejillas antes de congelarse. Me siento pequeño, una sombra miserable del guerrero que alguna vez fingí ser. Cada noche de estos cinco meses ha sido un desfile de torturas: volvía a ver tu mirada herida en el aeropuerto, volvía a escuchar el eco de mis insultos y deseaba que alguien me pegara un tiro en la sien para dejar de oírme.

—He pasado ciento cincuenta noches muriendo, Luiza. Suplicando por un segundo para volver atrás y cortarme la lengua antes de herirte —mi respiración es un jadeo agónico, mezclado con el vaho de la desesperación—. Si quieres que me quede aquí, bajo la nieve, hasta que mi corazón se detenga por el frío, lo haré. Sería el final más digno para alguien que no supo cuidar el tesoro que tenía en las manos.

Levanto la vista, con los ojos empañados y rojos, buscando sus manos. Quiero rozarlas con mis labios, quiero pedirle clemencia a la mujer que yo mismo convertí en piedra. Yo fui el escultor de este monstruo de hielo que ahora me mira desde las alturas.

—Mátame, Luiza. Por favor... mátame de una vez o dime que queda algo de nosotros —susurro, despojado de cada gramo de orgullo—. Porque vivir así, sabiendo que tú eres este témpano de fuego por mi culpa, es un infierno que no le desearía ni a mi peor enemigo. Soy tu perro, soy tu nada. Solo... no me dejes solo en este frío otra vez.

Sentí cómo su cuerpo entero se convulsionaba bajo mis manos, una vibración de puro dolor que subió por mis brazos hasta alojarse en mi garganta. Levanté la vista, con los ojos nublados por mis propias lágrimas, y lo que vi me arrancó el alma del pecho. María tenía los puños cerrados con tanta fuerza que las uñas se le clavaban en las palmas, y su rostro, esa obra maestra de frialdad que había construido, se estaba desmoronando como arena en medio de una tormenta.

Sus sollozos eran roncos, profundos, el sonido de alguien que se está ahogando en su propio veneno.

—No... no lo hagas, Maximiliano. ¡No te atrevas a ser humano ahora! —me gritó, y su voz fue un desgarro que partió el cielo de Moscú.

En cuanto mis dedos apretaron con ternura su cintura, intentando recoger sus pedazos, ella reaccionó con un espasmo de puro terror. Se apartó de mí con un grito sofocado, tropezando con sus propios pies, envolviéndose en sus brazos mientras retrocedía como si mi tacto fuera ácido sulfúrico.

—¡No me toques! ¡No me toques porque me quema! —aulló, y el sonido fue un lamento animal que me hizo querer enterrarme vivo—. ¿Cómo tienes el valor de arrodillarte? ¡No tienes derecho a darme esa cara de perro apaleado después de haberme degollado el corazón con tus maldiciones!

Se llevó las manos a la cabeza, tirando de su cabello con tal violencia que su frente golpeó sus rodillas. La mujer sensual, la Valerius letal, la reina de hielo... todo murió allí mismo. Solo quedaba la niña que yo había dejado desangrándose hace cinco meses, expuesta, rota, sangrando una agonía que no tiene nombre.

—¿Sabes lo que es morir cada noche? —me escupió, y las lágrimas le caían por la barbilla, mezclándose con el vapor de su aliento—. ¡Cada noche el eco de tu voz llamándome parásita me despertaba! ¡Cada noche sentía el asco de saber que me desechaste como si fuera basura infectada! ¡Me obligaste a volverme un monstruo para no sentir que me estaba muriendo por dentro!

Se golpeó el pecho con el puño cerrado, una, dos, tres veces, con una fuerza que me hizo gemir de dolor a mí.

—¡Aquí me duele, Max! ¡Me duele respirar, me duele despertarme, me duele que el mundo siga girando sin ti! —su voz se quebró en un alarido de agonía pura, un llanto tan desgarrador que el aire pareció congelarse a nuestro alrededor—. ¡Mi hombro arde cada vez que nieva, y esa cicatriz me recuerda que la bala de un enemigo me dolió menos que tu indiferencia! ¡Me dejaste sola cuando mi sangre me traicionó! ¡Me lanzaste al infierno y ahora vienes a pedirme perdón porque no aguantas la soledad!

Se desplomó de rodillas en la nieve, a pocos metros de mí, enterrando la cara en el suelo, sollozando con una fuerza tal que su cuerpo entero saltaba en espasmos de puro trauma. El sonido de su llanto no era humano; era el lamento de algo que ha sido destruido demasiadas veces.

—¡Te odio! —gimió, golpeando la nieve con las manos—. ¡Te odio con cada gota de mi sangre! ¡Te odio porque, aunque me hiciste pedazos, mis manos todavía buscan las tuyas en la oscuridad! ¡Maldito seas por hacerme amarte todavía! ¡Maldito seas por obligarme a sentir esto!

Yo no podía más. Mis propias lágrimas me nublaban la vista mientras veía a la mujer que más amaba en el mundo arrastrarse por el suelo por mi culpa. Me arrastré hacia ella, de rodillas, sin importarme la nieve, sin importarme el frío, sintiendo que mi propio corazón se estaba deteniendo de pura culpa.

—Perdóname... perdóname, María... —mi llanto se mezcló con el suyo, un coro de dos almas condenadas que se buscaban en medio del desastre—. Mátame, pero no llores así. ¡Por Dios, no llores así que me vas a matar de verdad!

Nos quedamos allí, dos herederos de la guerra, dos asesinos de élite, reducidos a dos niños rotos llorando en la inmensidad de Rusia, rodeados por el silencio de una ciudad que no sabe de perdón.

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