Renata,es solo una empleada en la mansión de los Morana, una mujer que parece no tener pasado y que soporta las humillaciones más amargas por una sola razón: el amor que siente por el hijo del dueño. Por él, es capaz de cualquier sacrificio, incluso de aceptar un matrimonio forzado con un hombre despiadado que jura hacer de su vida un infierno.
Todos la ven como una mujer débil, una "nadie" sin recursos que se deja pisotear. Pero, ¿por qué Renata nunca llora? ¿Por qué sus ojos brillan con una determinación que no pertenece a una sirvienta?
Mientras el mundo intenta quebrarla, Renata guarda un secreto que podría destruir imperios. Ella ha puesto una fecha límite para su silencio... y cuando el reloj marque la hora, todos los que la humillaron descubrirán que la "pobre empleada" era la única persona a la que nunca debieron traicionar.
¿Quién es realmente Renata y qué poder oculta tras su uniforme de trabajo?
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Capitulo 23
El Despacho Presidencial nunca se había sentido tan frío, ni tan lleno de poder. Renata estaba sentada tras el escritorio de caoba, pero no ocupaba la silla principal; prefería trabajar desde la mesa de juntas, rodeada de pantallas tácticas y servidores de alta velocidad. A su lado, Damián Bustamante actuaba como su sombra y su ejecutor. El país estaba en calma chicha, ese silencio sepulcral que precede a que la gente entienda que sus nuevos amos son mucho más peligrosos que los anteriores.
—Las embajadas están enviando cartas de "felicitación" —dijo Renata, sin apartar la vista de un flujo de datos financieros—. Traducción: tienen miedo de que publique sus registros de espionaje.
Damián se acercó por detrás, deslizando sus manos por los hombros de Renata y apretando con esa posesividad característica que siempre la anclaba a la realidad. Le besó la nuca, marcando su piel con una intensidad que decía "eres la jefa del Estado, pero sigues siendo mía".
—Que tengan miedo —gruñó Damián—. El miedo es la mejor moneda de cambio. Pero tenemos un problema, mi reina. Los radares de la frontera detectaron un vuelo privado que aterrizó hace una hora en la pista clandestina de los suburbios. No tiene registros, pero la firma electrónica del transpondedor es una que conoces bien.
Renata se tensó. No tuvo que preguntar.
—Andrés Ferrara —susurró ella—. No viene por la paz. Viene a cobrar la oferta que rechazamos.
Andrés no esperó a ser invitado. Conociendo los conductos de ventilación y los protocolos de emergencia del Palacio —muchos de los cuales él mismo había ayudado a diseñar años atrás—, apareció en el despacho privado de Renata como si fuera un fantasma.
Damián reaccionó al instante, desenfundando su arma y apuntando directamente a la frente de Ferrara. Pero Andrés levantó las manos, sosteniendo un pequeño detonador digital.
—No seas tan rústico, Bustamante —dijo Andrés, su elegancia intacta a pesar de haber entrado por un túnel de servicio—. Si mi pulso se detiene, el Sector 9 del Archivo Fénix se libera automáticamente en la red global. Y créeme, ni siquiera Renata puede detener esa carga una vez que el "interruptor de hombre muerto" se activa.
—¿Qué quieres, Ferrara? —preguntó Renata, haciendo una señal a Damián para que no disparara, aunque la mandíbula de su prometido estaba tan tensa que parecía que iba a estallar.
—El trono te queda grande, Renata —dijo Andrés, caminando por la oficina y tocando los muebles con desprecio—. Estás jugando a ser política cuando eres una espía. El consorcio internacional para el que trabajo no va a permitir que una mujer y su perro de presa controlen la información de medio continente. He venido a llevarme el disco duro físico del Archivo. A las buenas... o por las malas.
Damián se acercó a Andrés, guardando el arma pero acortando la distancia de forma amenazante. Su estatura y su musculatura hacían que el espía pareciera pequeño.
—Ya te lo dije una vez —siseó Damián, su voz vibrando de celos y furia—. Nadie toca lo que es mío. Ni su seguridad, ni su poder, ni su cuerpo. Estás en mi casa ahora, Ferrara. Y aquí, tu interruptor de hombre muerto solo significa que tendré que matarte de una forma en la que tu dedo nunca se suelte de ese botón.
Mientras Damián y Andrés se medían en un duelo de testosterona y amenazas, Renata detectó algo en su pantalla.
—¡Damián, es una distracción! —gritó ella.
Andrés sonrió. En ese momento, las luces del Palacio parpadearon. Ferrara no había venido solo por el archivo; había traído un equipo de hackers de élite que estaban atacando el servidor central desde afuera, usando su presencia en el despacho como un puente de señal.
—Eres buena, Renata, pero yo te enseñé todo lo que sabes —dijo Andrés, lanzando una granada de humo cegador al suelo.
En medio del caos blanco, se escuchó el sonido de cristales rotos y una breve lucha cuerpo a cuerpo. Damián embistió hacia donde estaba la voz de Andrés, sus puños impactando contra carne y hueso, pero Ferrara era escurridizo.
Cuando el humo se disipó, la ventana del balcón estaba abierta. Andrés Ferrara había saltado hacia un helicóptero que apareció de la nada, suspendido sobre los jardines del Palacio. En su mano, llevaba un maletín de titanio que contenía el núcleo físico del archivo.
Damián llegó al borde del balcón, rugiendo de furia, disparando contra el helicóptero mientras este se alejaba hacia la noche.
—¡Se lo llevó! —gritó Damián, golpeando la barandilla de piedra—. ¡Ese malnacido se llevó tu secreto!
Renata se acercó a él, extrañamente tranquila. Se limpió un poco de ceniza del hombro y miró la pantalla de su laptop, que seguía activa.
—Dejó que se lo llevara, Damián —dijo ella con una sonrisa gélida.
Damián se giró, confundido.
—¿Qué?
—Andrés siempre fue arrogante. Creyó que el maletín que estaba en la caja fuerte era el original. Pero desde que nos mudamos al Palacio, moví el núcleo real a un servidor oculto en el sótano de tu finca —Renata tecleó algo y en la pantalla apareció la ubicación en tiempo real del helicóptero—. Lo que Andrés tiene en ese maletín es un virus troyano que, en cuanto intente abrirlo, freirá todos los sistemas de su consorcio internacional.
Damián la miró con una mezcla de alivio y una adoración casi religiosa. La tomó de la cintura y la levantó en vilo, besándola con una pasión que quemaba.
—Eres una genia malvada —susurró él—. Mi Primera Dama es una maldita genia.
—Soy la Arquitecta, Damián —respondió ella, rodeando su cuello con los brazos—. Y ahora que Andrés nos ha dado la ubicación de sus jefes al intentar "robarnos", es hora de que la Primera Dama y su Ejecutor salgan de cacería internacional.
Damián sonrió, su posesividad ahora enfocada en una meta clara.
—Prepara el avión privado —ordenó Damián a sus hombres por radio—. Tenemos un espía que cazar y un mensaje que enviar al mundo: lo que los Bustamante-Vane poseen, se queda con ellos. Hasta la muerte.
Vamos a ver qué pasa con el Presi