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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 18

Camila

Nicolás insistía en que estaba bien. Pero no lo dejé discutir más.

Después de sentarlo en el sofá y limpiar lo más urgente, lo ayudé a ponerse de pie con cuidado. Caminaba despacio, rígido, como si cada movimiento le recordara lo que su cuerpo acababa de soportar.

—Vamos a subir —le dije—. Necesitas ducharte. Iremos al hospital.

—Camila, estoy bien —respondió, con una sonrisa cansada—. De verdad, no hace falta.

Lo miré. Bastó eso para que se rindiera.

Preparé la ducha con agua caliente, cuidando que el vapor ya estuviera envolviendo el baño cuando entró. Dejé la pijama sobre la cama, prolijamente doblada, como si ese pequeño orden pudiera compensar el caos de la noche.

—Quédate aquí —le indiqué—. Yo bajo un momento.

Antes de salir, lo vi apoyarse en el marco de la puerta, observándome con una expresión que no supe nombrar del todo. Había gratitud, sorpresa… y algo más.

—Estás exagerando —dijo—. Pero no voy a mentir, me gusta que te preocupes por mí.

No respondí. Bajé directamente a la cocina.

—Tamara —le pedí—, por favor sube la cena a la habitación. Nicolás va comer arriba hoy.

—Claro, señora —contestó de inmediato.

Insistí en ir al hospital, pero Nicolás se negaba. Apenas pude convencerlo de que al menos lo revise un doctor en la casa. Entonces llamé al médico de la familia. No estaba dispuesta a quedarme tranquila sin una revisión.

Cuando el doctor llegó, ya Nicolás estaba acostado. Me disculpé varias veces por la hora, y él restó importancia, con la calma de quien conoce a esta familia desde siempre.

La revisión fue rápida, pero minuciosa.

—Nicolás está bien. Tiene golpes fuertes —dictaminó—, pero nada grave. No hay fracturas ni fisuras. Solo reposo, hielo y estos antiinflamatorios.

Sentí que recién entonces podía volver a respirar.

Me aseguré de darle los medicamentos, le acerqué una bolsa con hielo envuelta en una toalla y me senté a su lado unos minutos, observándolo, comprobando que realmente estuviera bien.

Más tarde llevé a Alvarito. Lo acomodé entre nosotros, con cuidado, como si aquella escena fuera frágil y pudiera romperse con cualquier movimiento brusco.

Encendí la televisión. Una película cualquiera. Ninguno de los dos prestó demasiada atención.

Nicolás pasó un brazo alrededor de mí, con suavidad, consciente de cada gesto. Alvarito se quedó dormido casi de inmediato.

—Si este es el resultado —murmuró Nicolás—, creo que podría dejarme golpear unas cuantas veces más.

Me incorporé de inmediato.

—No bromees con eso —le dije, seria—. Me asustaste. De verdad.

Me miró con atención, sin sonreír esta vez.

—Piensa en el bebé—continué—. No quiero que crezca rodeado de peligros.

Guardó silencio unos segundos. Luego habló, con una firmeza que me atravesó.

—Si es necesario, daría mi vida por él —dijo—. Pero te prometo algo: nuestro hijo siempre va a estar a salvo.

No supe qué responder.

Me acomodé contra su pecho, con cuidado de no lastimarlo, sintiendo su respiración lenta, el calor de su cuerpo, la certeza inesperada de ese momento compartido.

Cerré los ojos.

Y por primera vez desde que todo empezó, me permití pensar que tal vez no estaba sola en esto.

Al día siguiente, después de insistir mucho, logré convencer a Nicolás de quedarse en reposo al menos unos días, hasta que los moretones de su rostro comenzaran a desaparecer. No fue una decisión sencilla: él no sabía quedarse quieto, y mucho menos delegar responsabilidades. Pero esta vez aceptó, quizá porque me vio verdaderamente preocupada.

Reorganicé mi agenda casi por completo. Llamé a mi asistente para posponer reuniones y avisé que, durante esos días, trabajaría desde casa. También me comuniqué con la secretaria de Nicolás para que le enviara los documentos necesarios y pudiera continuar con sus asuntos sin necesidad de ir a la empresa. No dejamos de trabajar, pero bajamos el ritmo. El mundo podía esperar un poco.

Pasaríamos esos días en casa, entre llamadas, correos y silencios compartidos. Yo trabajando desde mi oficina; él, desde la sala. Alvarito iba y venía entre nosotros, ajeno a todo, como si aquel encierro improvisado fuera lo más natural del mundo.

Por la tarde, Morelia vino a visitarnos. Apenas Nicolás le contó lo que ocurrió, no dudó en venir a ver a su hijo.

Llegó con el gesto tenso, los ojos atentos recorriendo el rostro de Nicolás apenas cruzó la puerta. Lo observó con detenimiento, como hacen las madres incluso cuando sus hijos ya son adultos, y recién entonces pareció respirar con algo más de calma.

Le ofrecí una taza de café y nos sentamos todos en la sala a conversar.

—Tenía pensado viajar con Valeria al pueblo este fin de semana —comentó mientras sostenía a Alvarito en sus brazos—. Mi hermana nos estaba esperando. Pero, con Nicolás así, prefiero quedarme para ver si se les ofrece algo.

Nicolás negó de inmediato.

—Mamá, yo estoy bien. Vayan tranquilas. Es más, ¿por qué no vamos todos?

Preguntó con una sonrisa.

Lo miré sorprendida. Yo nunca había ido con ellos a ese pueblo. Solo conocí a su familia en nuestra boda y ya no los volví a ver.

—Me gustaría que Alvarito conozca a su familia paterna. Y también que visite la casa donde su padre pasaba cada verano.

Nicolás sonrió con melancolía.

—Me parece una buena idea —respondí—. Si es lo que tú quieres, estoy de acuerdo.

Y así, casi sin darnos cuenta, el plan quedó hecho.

Nos preparamos para viajar ese mismo fin de semana. Morelia y Valeria irían con nosotros. El pueblo estaba a unas horas de la ciudad, lo suficientemente lejos como para sentir el cambio, pero no tanto como para resultar agotador.

El camino transcurrió tranquilo. Nicolás condujo con cuidado, todavía adolorido, aunque sin quejarse. Yo me ocupé de Alvarito, que miraba todo con curiosidad desde su sillita, como si cada árbol y cada curva fueran un descubrimiento.

Al llegar, nos recibió una casa grande y antigua, de esas que parecen guardar historias en cada pared. Era la casa de los abuelos de Nicolás, ahora habitada por su tía y su familia. Apenas bajamos del auto, salieron a saludarnos: abrazos, sonrisas, voces superpuestas. Los primos de Nicolás, sus tíos… todos parecían genuinamente felices de vernos.

Me sentí acogida desde el primer momento.

Cuando se acercaba la hora de la cena, comenzaron a llegar más personas. Amigos y familiares lejanos que querían saludar a Morelia.

Las últimas en llegar fueron dos mujeres. Después supe que eran madre e hija.

—¡Morelia! — dijo la mujer.

—¡Magdalena! ¡Cuánto tiempo sin vernos!.

Ambas se abrazaron de manera prolongada. Como si en ese abrazo estuvieran poniéndose al día.

—Paola, hija — Morelia saludó con un abrazo mas corto a la más joven.

—Madrina. Qué gusto verte — respondió la chica.

Luego siguieron saludando a Valeria. Y por último a Nicolás.

—¡Nico! — Paola lo abrazó, como quien no necesita autorización para hacerlo.

—Paola. Estás tan cambiada.

Nicolás la saludó con una sonrisa medida.

—Mira. Ella es Camila, mi esposa. Camila, ella es Paola. Mi amiga de la infancia, también es ahijada de mi mamá.

—Mucho gusto, Paola. — Le sonreí.

—El gusto es mío, Camila. En los últimos tiempos escuché mucho de ti y tenía curiosidad por conocerte. Eres más bonita de lo que dicen.

Rió.

—Te lo agradezco.

Dije sin saber muy bien qué decir.

—Oh, lo olvidaba — dijo tomando una bandeja que dejó sobre un mueble. — Nico, te preparé tu favorita. Tarta de frutos rojos.

—No puede ser. Gracias, Paola. Hacía mucho tiempo no probaba una. La disfrutaré muchísimo.

Aquello me instaló una sensación extraña en el pecho. Yo no sabía que a Nicolás le gustaba tanto aquella tarta. Y sobre todo, saber que llevaba tiempo sin probar una me hizo sentir un poco culpable. Tal vez alguna vez podría haberla comprado o preparado yo misma para él.

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