Liam la cambió por dinero; ahora tendrá que inclinar la cabeza ante ella si quiere conservarlo. La venganza perfecta ha comenzado.
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capitulo 2
Alexander Blackwood no era un hombre de palabras vacías. En el mundo de la élite, el silencio es un arma y él la manejaba con una maestría aterradora. Tras nuestro encuentro en su oficina, me hizo una señal para que lo siguiera. No hubo un "por favor" ni un "si te parece bien". Su autoridad era como la gravedad: simplemente existía y te arrastraba hacia su centro.
Subimos a un ascensor privado que no marcaba pisos, sino que requería su huella dactilar. Mientras ascendíamos, el reflejo en las paredes de acero me devolvió la imagen de una desconocida. Mis mejillas todavía estaban rojas por el frío de la calle, mi ropa era barata y mi cabello estaba alborotado por el viento. Al lado de Alexander, que parecía una estatua de mármol perfectamente esculpida, yo parecía un error en el sistema.
—Mira ese reflejo, Luna —dijo él, sin mirarme—. Es la última vez que verás a esa mujer. Si vas a ser mi esposa, debes entender que tu nombre ya no te pertenece. Ahora eres un activo de la familia Blackwood.
El ascensor se abrió directamente a un ático que ocupaba toda la planta superior. Era un espacio minimalista, de techos altos y ventanales que ofrecían una vista obscena de la ciudad. Alexander caminó hacia un mueble bar, se sirvió un whisky sin hielo y me señaló una silla de cuero frente a una mesa de cristal donde reposaba un documento de varias páginas.
—Léelo —ordenó—. Es nuestro contrato matrimonial.
Me senté, tratando de que mis manos no temblaran. Mis ojos recorrieron las cláusulas. No era un contrato de amor, era un tratado de guerra.
* Cláusula 1: Fidelidad absoluta frente al ojo público.
* Cláusula 2: Gestión total de la imagen pública por parte de consultores de Blackwood.
* Cláusula 3: El matrimonio tendrá una duración mínima de dos años.
* Cláusula 4: A cambio, Luna obtendrá el 5% de las acciones de la subsidiaria inmobiliaria y autoridad jerárquica total sobre los miembros de la familia de tercera generación.
—Tercera generación... —susurré—. Eso incluye a Liam.
—Liam es el hijo de mi hermana menor, quien malgastó su vida antes de morir —Alexander se sentó frente a mí, su mirada era un pozo sin fondo—. Él cree que heredar el apellido lo hace dueño del tablero. No sabe que solo es un peón que he decidido poner en juego para ver si sobrevive. Pero se ha vuelto arrogante. Necesita una lección que no pueda olvidar. Y tú eres el instrumento perfecto.
—¿Por qué yo? —pregunté, dejando el documento sobre la mesa—. Podrías casarte con cualquier modelo, con cualquier hija de un magnate. ¿Por qué una huérfana que no tiene nada?
Alexander dejó el vaso de whisky y se inclinó hacia adelante. El olor a sándalo y alcohol fino inundó mis sentidos.
—Porque las hijas de magnates tienen algo que perder. Tú, Luna, ya lo perdiste todo hoy en esa cafetería. Solo alguien que ha tocado fondo puede subir sin miedo a las alturas. Además... —hizo una pausa, y por un segundo, juraría que vi un destello de algo parecido a la admiración en sus ojos—, me gustó cómo me miraste. No me pediste dinero. Me pediste poder. Y eso es algo que respeto.
Firmé el documento. No lo hice por la ambición de las joyas o los coches. Lo hice porque cada trazo de la pluma se sentía como un clavo en el ataúd de la vida que Liam me había arrebatado.
—Bien —dijo Alexander, guardando el contrato—. Mañana a primera hora llegará un equipo de estilistas, un profesor de protocolo y un sastre. Tienes una semana para aprender a caminar, hablar y mirar como si fueras dueña de cada centímetro de tierra que pises. En la fiesta de Año Nuevo, Liam presentará a su "señorita rica". Pero el mundo solo hablará de la nueva señora Blackwood.
Los siguientes siete días fueron un infierno elegante.
Si creía que el orfanato era duro, no conocía la disciplina de la clase alta. Me despertaban a las cinco de la mañana para sesiones de oratoria. Tuve que aprender los nombres de cada familia influyente, sus secretos, sus debilidades. Una mujer llamada Madame Vora me obligaba a caminar con libros sobre la cabeza mientras me criticaba cada gesto.
—¡No, Luna! —gritaba ella, golpeando el suelo con su bastón—. ¡No camines como si estuvieras pidiendo permiso! Eres la esposa de Alexander Blackwood. Cuando entras en una habitación, el aire debe detenerse porque tú lo has decidido. ¡Hombros atrás! ¡Mirada al frente!
Mis pies sangraban en los tacones de diseñador, pero no me quejaba. Cada vez que sentía que iba a desmayarme, recordaba la cara de Liam cuando dejó ese billete de cien dólares sobre la mesa. Ese billete ahora estaba enmarcado mentalmente en mi cabeza como el motor de mi transformación.
Alexander aparecía de vez en cuando. No decía mucho. Se limitaba a observar mis progresos desde las sombras de los pasillos. Una noche, mientras yo practicaba cómo sentarme correctamente con un vestido de seda negra, se acercó a mí.
—Mañana es la víspera de Año Nuevo —dijo en voz baja—. Liam ya ha enviado las invitaciones para su "gran anuncio". Cree que será el protagonista de la noche.
—No tiene idea de lo que viene —respondí. Mi voz ya no era la de la chica asustada de la cafetería. Era más profunda, más pausada. Había aprendido que los que tienen el poder no necesitan gritar.
—Toma esto —me entregó un sobre rojo. Pesaba.
Lo abrí y vi un cheque en blanco, pero firmado por él.
—No es para que gastes —aclaró Alexander—. Es para el momento del impacto. Cuando lo veas, no le llores. No le reclames. Dale el sobre. Sonríe. Y recuérdale quién eres ahora.
Esa noche no pude dormir. Me miré al espejo del vestidor. La mujer que me devolvía la mirada tenía el cabello cortado en un bob perfecto, la piel luminosa y una expresión de frialdad absoluta. Ya no quedaba rastro de la huérfana que compartía mantas rotas.
31 de Diciembre.
La mansión de los Vanderbilt estaba iluminada como si fuera el sol mismo. Los coches de lujo hacían fila en la entrada. Yo estaba sentada en la parte trasera del Maybach de Alexander. Él vestía un esmoquin que lo hacía ver como el soberano absoluto de la ciudad.
—¿Estás lista, Luna? —me preguntó, tomándome de la mano. Sus dedos estaban fríos, pero su agarre era firme.
—He esperado toda mi vida para este momento —respondí.
Bajamos del coche. Los flashes de los paparazzi estallaron de inmediato. Alexander no se detuvo, simplemente me guio hacia la entrada principal. Los guardias, los mismos que Liam dijo que tenían órdenes de no dejarme pasar, se inclinaron casi hasta el suelo al ver a Alexander.
—Señor Blackwood... —murmuró el jefe de seguridad, pálido como un papel al notar mi presencia. No me reconoció al principio, pero cuando sus ojos se cruzaron con los míos, el miedo lo invadió.
Entramos al salón principal. La música de cámara llenaba el ambiente. Divisé a Liam a lo lejos. Estaba rodeado de hombres de negocios, riendo, con una copa de champán en una mano y la cintura de Elena en la otra. Ella era rubia, de una belleza plástica y aburrida, vestida con un diseño que gritaba "mírame, tengo dinero".
Liam se veía radiante, hasta que sus ojos recorrieron el salón y se detuvieron en nosotros.
Vi cómo su risa se congeló. Su copa tembló ligeramente. No podía creerlo. Me miraba de arriba abajo, tratando de encontrar a la chica de la cafetería en la mujer que ahora caminaba del brazo de su tío.
Alexander me apretó el brazo suavemente, dándome la señal.
Caminamos directamente hacia ellos. El círculo de personas se abrió como el Mar Rojo. El silencio empezó a propagarse por el salón como una mancha de aceite.
—Tío Alexander... —la voz de Liam salió en un susurro entrecortado—. ¿Qué... qué significa esto?
Alexander sonrió de una manera que me dio escalofríos incluso a mí.
—Liam, qué falta de modales. ¿No vas a saludar a mi prometida? —Alexander hizo una pausa dramática, asegurándose de que cada oído en la habitación estuviera atento—. Te presento a Luna, la futura señora Blackwood. Tu tía.
El rostro de Liam pasó del blanco al rojo y luego a un gris cenizo. Elena, a su lado, me miraba con una mezcla de confusión y desprecio, sin entender por qué su prometido parecía estar a punto de sufrir un colapso.
—¿Luna? No... esto es una broma —balbuceó Liam—. Ella es... ella es una...
—¿Una qué, Liam? —intervine yo. Mi voz sonó clara y melódica, proyectándose por todo el salón—. ¿Ibas a decir una vieja amiga? ¿O quizás alguien a quien le debes mucho más que una explicación?
Me acerqué a él. Él retrocedió un paso, instintivamente. Saqué el sobre rojo de mi bolso de mano. Era pequeño, vibrante, un contraste violento con la elegancia monocromática de la fiesta.
—Me enteré de tu compromiso —dije, manteniendo una sonrisa impecable, la que Madame Vora me había enseñado—. Y como tu tía política, no podía dejar pasar la ocasión sin darte un detalle. Considera esto como mi bendición. Para que nunca olvides de dónde vienes y quién te dio la mano cuando no tenías nada.
Le extendí el sobre. Él se quedó paralizado. La gente a nuestro alrededor empezó a murmurar. "Es el sobre rojo de los Blackwood", decían algunos. "Es una señal de estatus".
Liam, bajo la mirada gélida de Alexander y la presión social de los invitados más poderosos del país, no tuvo más remedio que levantar la mano. Sus dedos rozaron el sobre con una vibración de terror.
—Gracias... tía —logró decir, y cada letra pareció quemarle la garganta.
—De nada, sobrino —respondí.
Me di la vuelta, apoyando mi cabeza en el hombro de Alexander. No hubo lágrimas. Solo la satisfacción eléctrica de ver el mundo de Liam desmoronarse mientras el mío apenas empezaba a construirse. El Año Nuevo estaba por comenzar, y yo acababa de ganar la primera batalla.
La venganza perfecta no es un acto impulsivo; es una posición en el organigrama. Y ahora, yo estaba en la cima.