Angelo murió cuando estaba a punto de triunfar. Un accidente absurdo y su sueño de poseer un hotel de lujo se desvaneció.
Pero el destino le dio una segunda oportunidad.
Reencarnó en Kael, un omega hombre olvidado en el harén del Emperador Ethan. El más bajo de los bajos. Un regalo que nadie mira. Invisible.
Kael tiene un objetivo: convertirse en Emperatriz. Tiene las armas: una mente fría y años de experiencia seduciendo a hombres poderosos en su vida anterior. Y tiene un plan: hacer que el Emperador, el Alfa más poderoso del imperio, se vuelva loco por él.
Pero el harén es un campo de batalla de secretos y traiciones. La Emperatriz, la favorita, las concubinas... todas lo aplastarían si pudieran verlo. Y el Emperador ni siquiera sabe que existe.
Kael solo necesita una oportunidad para ser visto.
Lo que no sabe es que en el juego más peligroso de su vida, algunas piezas se mueven solas. Y que el hombre al que juró conquistar podría convertirse en algo que nunca esperó
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CAPÍTULO 17: El segundo encuentro
La mañana comenzó con una reunión de ministros que Ethan habría preferido evitar. Estaban todos: el de Hacienda, el de Guerra, el consejero real; y el tema, como tantas veces en los últimos meses, era el mismo.
—Majestad, no podemos ignorarlo por más tiempo —dijo el consejero real, con ese tono respetuoso pero firme que Ethan había aprendido a detestar—. La falta de un heredero es una debilidad que nuestros enemigos podrían explotar. El imperio necesita estabilidad.
Ethan apretó la mandíbula.
—Lo sé.
—Si algo le ocurriera —continuó el consejero—, la línea de sucesión es incierta. Habría luchas internas, disputas entre las casas nobles. El caos.
—He dicho que lo sé.
El consejero hizo una pausa, pero no se rindió.
—Majestad, con todo respeto, saberlo no basta, es necesario actuar, las concubinas están ahí para eso. Si ninguna ha concebido aún, quizás deberíamos considerar… otras opciones. Traer nuevas sangres, consultar a los médicos imperiales…
Ethan lo miró con una frialdad que heló la sala.
—¿Me estás diciendo que no sé gobernar mi propio harén?
—No, Majestad, solo digo que…
—Ya sé lo que dices. —Ethan se levantó, dando por terminada la reunión—. El tema del heredero es asunto mío, no tuyo. Retírate.
Los ministros inclinaron la cabeza y salieron en silencio.
Ethan se quedó solo en la sala, mirando el mapa del imperio grabado en la pared. La frontera norte, las provincias del sur, las rutas comerciales, todo un mundo que dependía de él y él no podía darle lo que más necesitaba.
Un heredero.
La palabra le pesaba en el pecho como una losa. Llevaba años intentándolo. Decenas de omegas habían pasado por su cama y ninguna había concebido. ¿Era él? ¿Era el destino burlándose de su poder?
Se pasó una mano por el rostro, agotado. Necesitaba despejarse, necesitaba… no sabía qué. Pero una imagen apareció en su mente sin que pudiera controlarlo: ojos grises, una sonrisa tímida, una voz tranquila hablando de mapas y poesía.
Llamó a su eunuco.
—Que venga Kael esta tarde. A mis aposentos.
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En sus aposentos, Sera recibía el informe de uno de sus espías con el rostro impasible.
—Ha estado haciendo peticiones —dijo el espía, un hombre menudo de mirada esquiva—, all encargado de las tareas. Pedía ir al pasillo este, a los jardines cerca de las caballerizas, a la biblioteca a cambiar velas. Siempre a las horas en que el Emperador solía estar cerca.
Sera arqueó una ceja.
—¿Y nadie lo notó?
—Era un sirviente más, mi señora. Nadie presta atención a los sirvientes.
—Continúa.
—Las visitas a la biblioteca se hicieron más frecuentes, coincidían con las horas en que el Emperador lee allí. Nadie más entra sin permiso. Nadie podía verlos.
Sera asintió lentamente, procesando, así que fue ahí. En la biblioteca. El único lugar del palacio donde no tengo ojos ni oídos.
Su perfume de bergamota y pimienta se intensificó, llenando la habitación de una frialdad cortante.
—¿Algo más?
—Nada, mi señora. Solo eso.
—Puedes irte.
El espía desapareció, y Sera se quedó mirando su propio reflejo en el espejo de bronce.
Ese maldito omega es más listo de lo que pensé, encontró el único resquicio, el único lugar donde no podía vigilarlo, y lo usó.—Apretó los puños—.
Pero ahora lo sé, y aunque no pueda actuar ahora, esta información valdrá su peso en oro cuando llegue el momento.
Sonrió, pero era una sonrisa que no tenía nada de amable.
Sigue jugando, hormiga. Cuando menos lo esperes, el suelo se abrirá bajo tus pies.
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Esa tarde, Kael recibió la noticia con la calma de quien ya lo esperaba.
El mismo eunuco de antes, la misma fórmula: "El Emperador solicita tu presencia esta tarde en sus aposentos."
Kael inclinó la cabeza, agradeció, y cuando se quedó solo, abrió los paquetes de túnicas que había guardado.
Eligió con cuidado. Una túnica de un azul grisáceo, casi del color de sus ojos. La tela era suave, caía bien sobre su cuerpo sin ajustarse demasiado, pero marcando lo justo.
Luego se miró al espejo roto y tomó una decisión.
Se recogió parte del cabello en una cola baja en la nuca, dejando el rostro completamente al descubierto, solo unos pocos mechones más cortos caían sueltos a los lados, enmarcando sus pómulos y suavizando el conjunto. El resto del pelo, negro y lacio, caía suelto sobre sus hombros y espalda, rozándole los omóplatos.
Se miró fijamente. Los ojos grises, ahora sin velos, parecían más grandes, más magnéticos. Los pómulos, antes ocultos bajo el cabello, se marcaban con una elegancia que no había querido mostrar hasta ahora.
Esto es lo que necesitas ver, pensó. No la máscara, no la sombra. Una versión de mí que no esperas.
Salió de su habitación.
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Cuando Kael entró en los aposentos de Ethan, este ya lo esperaba en la sala principal. La misma mesa con aperitivos, el vino, la chimenea encendida, pero algo en el ambiente era diferente. Más íntimo, quizás. O más tenso.
Ethan levantó la vista y, por un instante, se quedó quieto.
El cabello recogido dejaba ver por completo ese rostro que hasta ahora había visto siempre en penumbra, siempre escondido tras mechones sueltos. Los ojos grises, enmarcados por los pómulos marcados y esos pocos mechones que caían con descuido calculado, parecían atrapar la luz de las velas. La túnica azul grisácea acentuaba la delgadez de su cintura, la curva suave de sus hombros.
Ethan tragó saliva sin querer.
—Kael —dijo, y su voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Siéntate.
Kael inclinó la cabeza y obedeció, con esa gracia tranquila que ya le era familiar. Se sentó en el sillón frente a Ethan, las manos apoyadas con naturalidad sobre las rodillas.
—Gracias por venir —dijo Ethan, y luego se detuvo, como si las palabras le hubieran salido solas.
Kael esbozó una sonrisa pequeña.
—Es un honor, Majestad. Siempre.
Ethan sirvió vino para ambos, más por tener algo que hacer con las manos que por necesidad. Bebió un sorbo, buscando las palabras.
—Esta mañana he tenido una reunión difícil —dijo al fin, y la confesión lo sorprendió a sí mismo—. Los ministros, presionando como siempre. Cosas del imperio.
Kael asintió, sin presionar, solo escuchando.
—El tema del heredero —continuó Ethan, y su voz perdió parte de su firmeza habitual—. No dejan de insistir. El imperio necesita un heredero, dicen y yo… —hizo una pausa, buscando las palabras—. No sé cuál es el problema, he intentado todo. Y nada.
Kael lo miró con atención, procesando cada palabra.
—Debe ser frustrante —dijo en voz baja—. Sentir que todo el peso recae sobre usted y no encontrar solución.
Ethan asintió, sorprendido por lo mucho que esas simples palabras resonaban en su pecho.
—Lo es. A veces siento que todo depende de mí. Las decisiones, las guerras, el futuro, y no hay nadie con quien compartirlo. Nadie que entienda.
Kael sostuvo su mirada, y por un momento, Ethan sintió que realmente lo veía. No al Emperador, no al Alfa supremo. A él.
—Yo… —Kael dudó, como si no quisiera sobrepasarse—. No puedo imaginar lo que eso supone. Pero si alguna vez necesita alguien que solo escuche… estoy aquí.
Ethan sintió un nudo en la garganta. No sabía por qué esas palabras, tan sencillas, le afectaban tanto.
Hablaron durante horas. De libros, de soledad, de la presión de ser quien todos esperan que seas. Ethan habló de su juventud, de cómo lo prepararon para ser Emperador desde niño, de cómo a veces se preguntaba quién sería si no hubiera nacido en esa cuna. Kael escuchó, y cuando habló, fue para compartir historias de las Tierras del Sur, de gente sencilla que vivía sin grandes ambiciones, de la belleza de una vida simple.
En un momento de la conversación, Ethan se quedó mirando los labios de Kael. Esa boca que pronunciaba palabras tan inteligentes, tan tranquilas. Por un instante, imaginó qué se sentiría callarla con un beso, perderse en ella, olvidar por un momento el peso del mundo, apagar su mente en ese calor.
Sin darse cuenta, había acortado la distancia entre ellos. Estaban más cerca de lo que habían estado nunca. Kael no se movió, no se echó atrás, solo lo miró con esos ojos grises, esperando.
Ethan levantó una mano, a medio camino entre ellos, y luego se detuvo.
¿Qué estoy haciendo?
Retrocedió, despacio, y volvió a su asiento.
—Disculpa —dijo, con voz ronca—. No sé qué me pasa.
Kael negó suavemente.
—No tiene que disculparse, Majestad.
Hubo un silencio, pero no incómodo. Era un silencio lleno, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
Poco después, Kael se levantó.
—Debo irme, Majestad. No quisiera abusar de su tiempo.
Ethan quiso decirle que se quedara, que siguieran hablando, que la noche podía esperar. Pero no dijo nada.
—Gracias —dijo en su lugar—. Por venir. Por… escuchar.
Kael inclinó la cabeza.
—Siempre, Majestad.
Y se fue.
Ethan se quedó solo, mirando la puerta por donde había desaparecido.
¿Qué me está pasando?, pensó.
No encontró respuesta.
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En su diminuta habitación, Kael se sentó en la estera y dejó escapar un suspiro.
Había sido perfecto. La túnica, el peinado, las palabras. Todo había funcionado. Había visto la forma en que Ethan lo miraba, esa mezcla de curiosidad y algo más que aún no se atrevía a nombrar. Había visto su mano levantarse, a medio camino, y luego detenerse.
Está cayendo, pensó. Poco a poco, pero está cayendo.
Pero mientras repasaba la conversación, una idea se instaló en su mente. El tema del heredero. Un alfa supremo como Ethan, según todo lo que sabía del omegaverse, debería ser extremadamente fértil. Sano. Poderoso. No tenía sentido que llevara años intentándolo sin éxito con decenas de omegas.
Algo está mal.
Y entonces, como un fogonazo, le vino la imagen. Sera en el patio de las cocinas, hablando en susurros con aquella criada. La chica tensa, asustada, escondiendo un paquete entre los pliegues de su uniforme.
¿Y si tiene algo que ver?
No podía estar seguro. Pero la semilla de la sospecha estaba plantada.
Si Sera está interfiriendo… si está impidiendo que las omegas conciban…
Las piezas empezaban a encajar.
Kael sonrió en la penumbra. No era una sonrisa de triunfo, sino de cálculo.
Información. La información es poder y esto, puede valer mucho.
Apagó la vela y se tumbó en la estera pero tardó en dormirse. Y cuando lo hizo, soñó con una mano a medio camino, detenida justo antes de tocarlo.
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