"En el pintoresco corregimiento de Jurubirá, en la exuberante región del Chocó colombiano, Aurora vive una vida sencilla y tranquila, ajena a los secretos que guarda su pasado. Rodeada de ríos cristalinos, selva vibrante y la calidez de su familia, cada día parece igual… hasta que la llegada de Pablo, un joven de la ciudad de Madrid, irrumpe en su mundo. Entre encuentros inesperados, emociones que desafían su corazón y secretos familiares que podrían cambiarlo todo, Aurora deberá enfrentar la diferencia de clases, los sentimientos prohibidos y la incertidumbre de un destino que jamás imaginó."
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El Sabor del Coco
Cuando Aurora llegó a la posada de Doña Carmen, el calor de las dos de la tarde pesaba sobre el aire como una manta húmeda. Subió las escaleras de madera, que crujían con cada uno de sus pasos decididos, y se detuvo frente a la puerta de la habitación número tres.
Tocó dos veces. No hubo respuesta. Volvió a tocar, esta vez con más fuerza.
—¿Señor Rossi? —llamó Aurora—. Traigo el almuerzo que le mandó mi madre. Si no abre, se lo van a comer las hormigas antes que usted.
Se escuchó un ruido sordo adentro, como si algo se hubiera caído, y finalmente la puerta se abrió. Pablo apareció sin la camisa de lino, con el cabello desordenado y el rostro rojo por el calor. Se estaba secando el sudor del cuello con una toalla pequeña que ya estaba empapada.
—¿No tienen... no sé, un sistema de ventilación que funcione? —preguntó Pablo con la voz ronca, apoyándose en el marco de la puerta.
Aurora lo miró de arriba abajo. Sin su armadura de ropa cara, Pablo se veía menos imponente y mucho más humano.
—Ya le dije, señorito. Aquí el ventilador es para espantar los mosquitos, no para refrescar el alma —respondió Aurora, extendiéndole el portacomidas de metal—. Tenga. Mi mamá dice que el sancocho de pescado lo pone de pie en un segundo.
Pablo tomó el recipiente. Estaba caliente, y el aroma a leche de coco, cilantro y pescado fresco inundó el pasillo. A pesar del calor sofocante, su estómago rugió de una manera que lo avergonzó.
—Gracias... y dígale a su madre que... que es muy amable —alcanzó a decir Pablo, retrocediendo hacia la pequeña mesa de madera de su cuarto.
Aurora se quedó apoyada en el marco de la puerta, observándolo.
—¿De verdad pensaba que esto iba a ser como en sus oficinas de cristal? —preguntó ella con una pizca de curiosidad, perdiendo un poco la agresividad del muelle.
Pablo dejó el portacomidas y suspiró, sentándose en la silla que cojeaba.
—Pensaba que el dinero compraba comodidades en cualquier parte del mundo, Aurora. Pero veo que aquí, mi tarjeta de crédito no sirve ni para abanicarme.
Aurora soltó una risita suave.
—Aquí lo que sirve es la paciencia y saber escuchar al mar. Si se pelea con el calor, el calor le va a ganar siempre. Mejor cómase eso antes de que se enfríe. El coco da fuerzas, y me parece que usted las va a necesitar si quiere caminar mañana por la selva para ver los terrenos.
En la casa de los Garcés, Bertha terminaba de lavar los platos mientras Sofía le ayudaba a secarlos. Santiago ya se había escapado a la playa con sus amigos.
—¿Crees que a ese señor le guste la comida de acá, mamá? —preguntó Sofía, con la mente todavía puesta en el forastero.
—La comida de acá le gusta a cualquiera que tenga hambre, hija —respondió Bertha con sabiduría—. Lo que me preocupa es lo que ese hombre viene a buscar. Tu padre dice que los de la constructora no traen nada bueno para el pueblo.
—Aurora dice que es un arrogante —añadió Sofía.
—Aurora es orgullosa, y eso está bien —dijo Bertha, mirando por la ventana hacia el camino de palmeras—. Pero a veces el orgullo no deja ver que detrás de la ropa cara, todos tenemos las mismas flaquezas.
Mientras tanto, en la posada, Pablo probó la primera cucharada del sancocho. Cerró los ojos. El sabor era intenso, auténtico, algo que nunca había experimentado en los restaurantes más finos de Madrid. Miró hacia la puerta, pero Aurora ya se había ido. Se quedó solo con el ruido del ventilador perezoso y el sabor del coco en los labios, dándose cuenta de que Jurubirá iba a ser un desafío mucho más grande de lo que Alessandro Rossi le había advertido.