Javier Müller, heredero de una de las corporaciones más poderosas de Europa, siempre fue educado para ser perfecto: elegante, obediente y fuerte ante el mundo. Pero cuando la estabilidad financiera de su empresa se ve amenazada, su padre toma una decisión cruel: unir su fortuna con el imperio criminal más temido del continente.
Así, Javier es obligado a casarse con Damián Moretti, el mafioso número uno, un hombre sin corazón
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Capítulo 18: Sombras en el Sena
París no era la ciudad del amor para Javier Müller; era un laberinto de espejos donde cada reflejo contaba una mentira diferente. El cielo sobre la capital francesa se vestía de un gris plomizo, desprendiendo una llovizna fina que empapaba los adoquines del Marais. Javier, envuelto en un abrigo de lana negra que costaba más de lo que la mayoría de los hombres ganaban en un año, caminaba con una calma que desmentía la tormenta que ardía en su pecho.
Había escapado de la vigilancia de los Moretti con la precisión de un cirujano. Sabía que Damián lo consideraba un objeto, una propiedad valiosa pero inerte, y esa subestimación era su mejor arma. Mientras Damián se ahogaba en su propio ego en Italia, Javier se encontraba en el corazón de un santuario que el tiempo parecía haber olvidado: una biblioteca privada oculta tras una fachada de una antigua tienda de relojes.
En el interior, el olor a papel viejo y cera de abeja lo recibió. Al fondo, sentado en un sillón de cuero desgastado, un hombre de cabellos blancos y ojos que parecían haber visto el nacimiento y la caída de imperios lo esperaba.
—Has crecido con los ojos de tu madre, Javier —dijo el hombre. Su voz era como el crujido de hojas secas—. Pero tienes la mandíbula de los Müller. Un regalo de tu padre legal, supongo.
Javier se sentó frente a él, sin pedir permiso. Su postura era rígida, dominante.
—Usted envió el mensaje. Firmó como "A". ¿Quién es usted y qué sabe de mi madre?
El hombre sonrió con una tristeza infinita.
—Mi nombre es Augusto. Durante años fui el confesor de los secretos que los Moretti no se atrevían a decir en voz alta. Tu madre, Elena, no era simplemente una mujer que pasó por sus vidas. Ella fue el sol alrededor del cual Vittorio Moretti orbitó toda su juventud.
Javier sintió un nudo en la garganta, pero no permitió que su rostro mostrara emoción alguna.
—Luca me dijo que Vittorio la amaba. Pero ella se casó con mi padre en Alemania.
—Fue obligada, igual que Elena fue obligada —corrigió Augusto, inclinándose hacia adelante—. Hubo un pacto de sangre entre familias. Tu madre amaba a Vittorio con una intensidad que asustaba a los patriarcas de aquella época. Pero los Moretti necesitaban una alianza en el sur de Italia, y los Müller necesitaban el rigor de una mujer como Elena para consolidar su linaje en el norte. La separaron de Vittorio como quien arranca una extremidad. Ella fue enviada a Alemania a una cama que odiaba, mientras Vittorio era forzado a casarse con la madre de Damián.
—¿Un espejo de lo que está pasando ahora? —preguntó Javier con amargura.
—La historia es un círculo vicioso, muchacho. Vittorio nunca dejó de amarla. Y ese amor fue el veneno que corroyó su matrimonio. La madre de Damián lo sabía; sabía que el corazón de su marido le pertenecía a una mujer alemana. Por eso, años después, cuando tu madre fue asesinada... —Augusto hizo una pausa, midiendo sus palabras.
—Dígame quién fue —exigió Javier, sus dedos apretando los reposabrazos del sillón—. Luca dice que sabe quién apretó el gatillo.
Augusto suspiró y negó con la cabeza.
—Javier, escucha con atención. Por ahora, debes dejar de investigar. No porque la verdad sea inalcanzable, sino porque no estás listo para las consecuencias de saberla. La pelea llegará a su tiempo, el destino no se puede apresurar. Si sigues rascando esa herida ahora, sangrarás antes de tener el cuchillo en la mano para defenderte. Cuando sea el momento correcto, la verdad llegará a ti por su propio peso. No tienes que preocuparte por buscarla; ella te encontrará cuando seas lo suficientemente fuerte para no dejarte destruir por ella.
—¿Me está pidiendo que me quede de brazos cruzados? —Javier soltó una carcajada helada—. He vivido mi vida buscando justicia.
—No te pido que te detengas, te pido que seas el depredador que espera en la maleza, no el que corre ruidosamente hacia la trampa —dijo Augusto con firmeza—. Ahora vete. Damián ya ha empezado a notar tu ausencia, y aunque he borrado tus huellas en esta ciudad, incluso los fantasmas dejan rastro si se quedan demasiado tiempo bajo la luz.
Mientras Javier procesaba las revelaciones en París, en Italia, el caos se desataba. Damián Moretti, en un ataque de arrogancia e impaciencia, había decidido ignorar las advertencias de sus consejeros. Había ordenado una redada en un almacén en Marsella que, según sus informantes, contenía suministros robados por sus enemigos.
Sin embargo, Damián no se dio cuenta de que ese almacén estaba bajo la protección indirecta de una facción del gobierno francés con la que los Moretti mantenían un equilibrio precario. El error fue catastrófico a nivel diplomático. Las autoridades francesas congelaron tres cuentas clave y detuvieron un cargamento de suministros médicos que servía como fachada legal para los negocios de la familia.
Adriano y Ángel, que se encontraban en una cena de gala en un hotel de lujo en París, recibieron la noticia con una mezcla de horror y deleite. El error de Damián perjudicaba sus operaciones logísticas inmediatas, pero era el clavo que necesitaban para su ataúd político ante el Consejo.
—Es un imbécil —susurró Adriano, bebiendo de su copa de cristal—. Ha puesto a la Interpol en nuestras narices.
—Es nuestra oportunidad —respondió Ángel, sus ojos brillando con una ambición peligrosa—. Si el Consejo ve que no puede mantener la paz con Francia, le quitarán el mando.
Pero no contaban con Luca Ferretti. La mamo derecha de Damián, moviéndose en las sombras como un arquitecto del orden, intervino antes de que el incendio fuera incontrolable. Luca utilizó sus conexiones en la inteligencia italiana para desviar la culpa hacia un grupo terrorista menor, "limpiando" el desorden de Damián antes de que la noticia llegara a oídos de Vittorio.
Damián no cayó en el hoyo que todos esperaban, pero el susto lo dejó paranoico. Y en su paranoia, su primer pensamiento fue para su posesión más preciada.
—¿Dónde está Müller? —rugió Damián en el vestíbulo de la mansión, volcando una mesa de mármol.
—Señor, salió hace dos días hacia una reunión en Milán, según su itinerario —respondió uno de los guardias, temblando.
—¡Mienten! —Damián sacó su teléfono y rastreó el GPS que había instalado secretamente en el reloj de Javier. La señal estaba apagada.
Fue en ese momento cuando recibió la confirmación de uno de sus espías en el aeropuerto: Javier Müller había aterrizado en París dos días atrás y acababa de comprar un vuelo de regreso para mañana mismo.
La furia de Damián fue volcánica. No era celos en el sentido romántico; era la ira de un dueño que descubre que su propiedad ha escapado del jardín sin permiso. Cuando Javier finalmente cruzó el umbral de su suite en el hotel de París —donde Damián lo esperaba tras un vuelo privado relámpago—, la atmósfera estaba tan cargada que el aire parecía doler.
Javier entró con paso firme, dejando su abrigo sobre una silla. Se detuvo al ver a Damián sentado en la penumbra, con una botella de coñac vacía a su lado.
—Vaya, el rey ha dejado su castillo para perseguir a un plebeyo —dijo Javier, su voz cargada de un sarcasmo letal.
Damián se levantó, su figura imponente proyectando una sombra gigantesca sobre la pared. Se acercó a Javier hasta que sus pechos chocaron, una colisión de voluntades dominantes.
—¿Quién es él, Javier? —preguntó Damián, su voz era un gruñido bajo, peligroso—. ¿A quién viniste a ver a mis espaldas en esta ciudad de rameras?
Javier no retrocedió ni un milímetro. Mantuvo la mirada, sus ojos azules como dos cuchillas de hielo.
—Vine a hacer negocios que tu intelecto limitado no podría comprender, Damián. París tiene más que ofrecer que hoteles de lujo y amantes traidores.
—¡Me perteneces! —Damián lo agarró por la solapa de la camisa, sacudiéndolo levemente—. Cada paso que das, cada suspiro que exhalas fuera de mi vista es una traición. Mandé a mis hombres a investigar el lugar donde estuviste. ¿Y sabes qué encontraron? Nada. Es como si hubieras ido a visitar a un fantasma. No hay registros, no hay cámaras, no hay rastro de la persona con la que hablaste.
Javier esbozó una sonrisa lenta, una que enfureció a Damián más que cualquier insulto.
—Quizás es porque hay personas en este mundo que saben cómo ser invisibles, algo que tú, con tu necesidad patética de atención y violencia, nunca entenderás. Eres un niño gritando en una habitación vacía, Damián.
—¿Un niño? —Damián apretó el agarre, sus nudillos blancos—. Este "niño" tiene el poder de borrar tu nombre de la faz de la tierra. ¿Crees que porque fuiste a ver a alguien sobre tu madre estás a salvo? Sé que sigues obsesionado con esa mujer muerta. Ella fue una debilidad para mi padre, y tú eres una debilidad para mí que voy a extirpar si es necesario.
—No te atrevas a hablar de ella —respondió Javier, su voz bajando a un registro gélido que hizo que incluso Damián vacilara por un segundo—. Mi madre tenía más dignidad en un solo dedo que toda tu estirpe de asesinos y cobardes. Tú te crees un dominador, pero solo eres un esclavo de tus impulsos. Mírate, volaste hasta aquí porque no soportas que yo tenga una vida que no puedas controlar. ¿Tan pequeño te sientes, Damián?
Damián soltó su camisa y soltó una carcajada seca, desprovista de humor.
—Te equivocas. No me siento pequeño. Me siento generoso por no haberte roto el cuello todavía. Estás jugando un juego muy peligroso, alemán. Crees que ese "fantasma" que viste te dará las respuestas, pero lo único que vas a encontrar es una tumba al lado de la de Elena.
—Prefiero una tumba con la verdad que una vida de mentiras contigo —replicó Javier, dando un paso hacia adelante, invadiendo el espacio de Damián—. Me llamas propiedad, pero ambos sabemos que soy el único en esta casa al que no puedes doblegar. Me pegaste, me humillaste, y aquí estoy, de pie, mirándote con el desprecio que te mereces. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Vas a llevarme a rastras? Hazlo. Demuéstrale a París lo que realmente eres: un hombre que necesita cadenas para retener lo que no puede conquistar con respeto.
Damián sintió la punzada de las palabras de Javier. Eran indirectas afiladas que daban en el centro de su inseguridad. Su relación con Ángel siempre fue de sumisión fingida, pero con Javier, era una guerra de trincheras donde cada centímetro de terreno costaba sangre.
—Volvemos a Italia. Ahora —ordenó Damián, tratando de recuperar su máscara de autoridad—. Y no volverás a salir de la mansión sin una escolta que yo mismo haya seleccionado.
—Iría a cualquier parte con tal de no tener que ver tu rostro en esta ciudad —respondió Javier, dándose la vuelta para recoger sus cosas—. Pero recuerda esto, Damián: cada vez que intentas encerrarme, solo me das más razones para destruirte. Tu error en Marsella casi te cuesta el apoyo del Consejo. Luca te salvó esta vez, pero Luca no estará allí cuando yo decida dejarte caer.
Damián se quedó inmóvil, viendo la espalda de Javier. La rabia seguía allí, pero también una extraña fascinación que se negaba a admitir. Javier Müller no era una víctima; era un espejo que le devolvía todas sus fallas.
En el pasillo del hotel, Javier cerró los ojos por un momento. El encuentro con Augusto le había dado una advertencia, pero también una chispa de esperanza. La verdad sobre su madre estaba cerca, y aunque el camino estaba lleno de espinas y la presencia asfixiante de Damián, ya no caminaba a ciegas.
Mientras tanto, en las sombras del aeropuerto de París, un hombre observaba el avión privado de los Moretti despegar. Sacó su teléfono y marcó un número internacional.
—Se han ido —dijo el hombre—. Javier tiene la semilla de la duda. Damián tiene el fuego de la paranoia. El escenario está listo.
—Excelente —respondió una voz distorsionada al otro lado—. Que empiecen a devorarse. Los Moretti morirán por su propia mano, y nosotros solo tendremos que recoger las cenizas.
El juego había cambiado. Ya no era solo una lucha por una empresa o un cargamento robado. Era una guerra de legados, de amores prohibidos del pasado y de una verdad que, como dijo Augusto, llegaría por su propio peso para aplastar a los culpables.
Continuará...
El final me encanta, es lo que se necesita para este tipo de historias.
Bueno no se que comentar más, muy buena historia.