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TU NOMBRE EN MI PIEL

TU NOMBRE EN MI PIEL

Status: Terminada
Genre:Romance / Pareja destinada / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Gabrielcandelario

Sin spoiled

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Capitulo 16

Narrador: Enrique García Ubicación: Limusina Blindada / Torre Eclipse / Mansión García

El cuero del asiento de la limusina estaba frío contra mi espalda, pero no tanto como la furia que me helaba la sangre. A mi lado, el director Sánchez temblaba. Literalmente vibraba, como un perro pequeño y patético que sabe que ha orinado en la alfombra persa.

Miré por la ventanilla tintada. La plaza se alejaba, pero la imagen de ese maldito mural rojo y negro seguía grabada en mi retina. Y el sonido... esa grabación en bucle. La voz de mi hijo, estúpida, arrogante, confesando delitos federales a todo volumen para el desayuno de la nación.

—Enrique... señor García —balbuceó Sánchez, secándose el sudor de la calva con un pañuelo arrugado—. Esto es... esto es inaudito. No sabíamos... la seguridad perimetral dijo que el edificio estaba vacío.

—Cállese, Sánchez —dije. Mi voz salió suave, controlada. Casi un susurro.

—Pero tenemos que emitir un comunicado —siguió él, incapaz de leer el ambiente—. Tenemos que decir que es un montaje. Que es Inteligencia Artificial. Está muy de moda eso ahora, la gente se lo creerá. Podemos decir que...

—He dicho que se calle.

Sánchez cerró la boca con un chasquido audible.

Saqué mi teléfono. Tenía cuarenta y tres llamadas perdidas en los últimos quince minutos. Socios. Inversores. Mi exmujer. Periodistas.

Ignoré todas. Marqué el único número que importaba en ese momento: Almeida, mi jefe de legal.

—Señor García —contestó Almeida al primer tono. Se escuchaba el tecleo frenético de fondo—. Ya lo hemos visto. Estamos redactando las órdenes de cese y desista para los canales de televisión, pero la señal en vivo ya salió. Está en Twitter, en TikTok...

—No me hables de redes sociales, Almeida. No soy un influencer. Quiero nombres.

—El edificio desde donde se proyectó el audio y donde se pintó el mural... —Almeida hizo una pausa, y escuché el sonido de papeles moviéndose—. Es propiedad de Inversiones Rivera S.R.L.

—¿Rivera? —Sentí una punzada en la sien—. ¿La familia de Vanessa?

—Sí, señor. El edificio es un activo inactivo de la constructora del padre de Vanessa, el señor Carlos Rivera.

Solté una risa corta, sin humor.

—Así que es una fiesta. La exnovia despechada y el artista muerto de hambre. Una alianza conmovedora.

—Señor, la policía está en camino al lugar, pero según nuestros informes, los autores ya han huido. Han dejado los equipos de sonido conectados a un sistema de bloqueo. Los bomberos están intentando entrar para cortar el audio.

—Almeida, escucha con atención —miré a Sánchez, que seguía encogido en su rincón—. Quiero que llames al Comandante Rivas. No a la comisaría del distrito, sino a su teléfono personal. Dile que esto no es vandalismo.

—¿Señor?

—Dile que es terrorismo acústico e incitación al desorden público. Han secuestrado una frecuencia de audio en un espacio público. Han atacado la paz social. Quiero órdenes de arresto federales. No quiero que pasen una noche en el calabozo municipal y salgan con una fianza de quinientos pesos. Quiero que los procesen como si hubieran puesto una bomba.

—Entendido, señor. ¿Contra quiénes procedemos?

—Contra Leonardo Candelario, obviamente. Es su estilo, es su firma. Y contra Vanessa Rivera como cómplice necesaria.

—¿Y el chico Velázquez? —preguntó Almeida con cautela—. El acuerdo de confidencialidad que firmamos ayer...

—El acuerdo es papel mojado —corté—. Pero Mateo no estaba allí. No es su estilo. Él es un cobarde que huye. Candelario es el problema. Céntrate en Candelario. Quiero su cabeza en una pica antes del telediario de la noche.

Colgué. El coche entró en el garaje subterráneo de la Torre Eclipse.

—Sánchez —dije, sin mirarle, mientras el chófer me abría la puerta—. Estás despedido.

Sánchez soltó un jadeo ahogado.

—¿Qué? Enrique... por favor. Llevo veinte años en el San Lorenzo. No ha sido culpa mía.

—Tu trabajo es mantener el orden. Has permitido que un becado y un par de niños ricos aburridos conviertan mi institución en un circo. Recoge tus cosas. Si te veo en el campus el lunes, haré que te saquen por la fuerza.

Salí del coche y caminé hacia el ascensor privado. No escuché sus súplicas. Ya era ruido de fondo. Un activo depreciado que había que liquidar.

Mi despacho en la Torre Eclipse era un búnker de cristal y caoba. La vista de la ciudad solía relajarme, darme perspectiva. Hoy, la ciudad me parecía sucia. Infectada.

Entré y me encontré a mi equipo de crisis ya reunido alrededor de la mesa de conferencias. Tres abogados, dos expertos en relaciones públicas y mi jefe de seguridad, Torres.

—Siéntense —ordené, ocupando la cabecera.

Nadie habló. El silencio era denso, cargado de miedo. Me gustaba el miedo. El miedo hacía a la gente eficiente.

—Situación —dije, mirando a la directora de relaciones públicas, una mujer joven llamada Elena que parecía a punto de hyperventilar.

—Señor García —empezó Elena, proyectando un gráfico en la pantalla gigante—. El hashtag #ElCuervo y #LaVerdadNoSeTraslada son tendencia mundial número tres. El video de la confesión de Bruno tiene dos millones de reproducciones en la última hora.

—¿La narrativa?

—La gente está... del lado de los chicos, señor. La historia de "David contra Goliat" vende mucho. Ven a Bruno como el abusador privilegiado y a usted como el encubridor. Las acciones de García Developments han bajado un 4% en la apertura del mercado.

Golpeé la mesa con el nudillo, un solo golpe seco.

—No me pagan para que me den malas noticias, Elena. Me pagan para que las arreglen. ¿Cuál es la estrategia?

—Estamos inundando las redes con bots —intervino el experto digital—. Generando ruido. Cuestionando la veracidad del audio. "Deepfake" es la palabra clave. Hemos contratado a tres peritos de sonido que declararán en televisión esta tarde que el audio tiene marcas de edición digital.

—Bien. ¿Qué más?

—Estamos filtrando el expediente disciplinario de Leonardo Candelario —dijo Almeida—. Peleas anteriores, "problemas de conducta", informes psicológicos que sugieren inestabilidad emocional. Vamos a pintarlo como un chico perturbado, obsesionado con su hijo, que ha creado una fantasía de persecución.

—Excelente. ¿Y la chica Rivera?

Torres, el jefe de seguridad, se aclaró la garganta. Era un exmilitar, ancho como una nevera y con la misma empatía.

—He hablado con mis contactos. Sabemos dónde están. O al menos, dónde estaban hace una hora.

—¿Dónde?

—Salieron del edificio de los Rivera en un coche deportivo. Las cámaras de tráfico los perdieron cerca de la zona industrial del puerto. Es un laberinto allí. Muchos almacenes abandonados. Es probable que se estén escondiendo.

—Encuéntrelos, Torres. No quiero excusas.

En ese momento, mi secretaria entró, pálida.

—Señor García. Tiene una llamada en la línea dos. Es el señor Carlos Rivera. El padre de Vanessa.

Sonreí. La primera pieza del dominó caía.

—Pónmelo en el altavoz. Y salgan todos. Quiero privacidad.

El equipo se escabulló como cucarachas cuando se enciende la luz. Me quedé solo frente al teléfono. Pulsé el botón.

—Carlos —dije, recostándome en mi silla—. Qué sorpresa. Iba a llamarte yo. Tienes una hija muy talentosa. No sabía que te dedicabas al mecenazgo de arte urbano radical.

—Enrique, por Dios —la voz de Rivera sonaba temblorosa, desesperada—. No tenía ni idea. Te lo juro por la vida de mi madre. Vanessa me robó las llaves del loft. Lleva meses rebelde, tú sabes cómo son las chicas a esa edad...

—No me vengas con "cosas de chicas", Carlos. Tu hija ha facilitado la comisión de un delito en una propiedad a tu nombre. Legalmente, eres responsable subsidiario. Mis abogados están redactando una demanda por daños y perjuicios contra Inversiones Rivera por valor de diez millones de dólares. Por difamación y daño a la marca.

—¡Diez millones! Enrique, eso nos arruinaría. Estamos saliendo de una mala racha, tú lo sabes. Ese contrato del puerto...

—Ese contrato del puerto —le interrumpí suavemente— creo que va a ser revisado. Tengo una comida mañana con el Ministro de Obras Públicas. Me pregunto qué pensará cuando le cuente que la empresa contratista apoya a terroristas juveniles.

Hubo un silencio al otro lado. Podía escuchar la respiración entrecortada de Rivera.

—¿Qué quieres, Enrique? —preguntó finalmente, con la voz rota de un hombre derrotado.

—Quiero a tu hija.

—¿Cómo?

—Quiero que me digas dónde está. Ella te llamará. O usará una tarjeta de crédito tuya. O irá a alguna de vuestras propiedades. Cuando lo haga, no le vas a dar dinero. No le vas a dar cobijo. Me vas a llamar a mí. Y vas a mantenerla allí hasta que llegue la policía.

—Es mi hija, Enrique. No puedo entregarla a la policía.

—Tienes dos opciones, Carlos. Opción A: Entregas a la niña mimada para que aprenda una lección de humildad, pasa una noche en el calabozo, yo retiro la demanda civil y quizás te quedes con el contrato del puerto. Opción B: Te destruyo. Te demando, bloqueo tus cuentas y me aseguro de que tu apellido sea veneno en esta ciudad. Y entonces, tu hija irá a la cárcel igual, pero tú serás pobre.

El silencio se alargó diez segundos eternos.

—Tiene... tiene una tarjeta de emergencia —susurró Rivera—. Una American Express Black a mi nombre. Aún no la ha usado, pero si lo hace... me llega la ubicación al instante.

—En cuanto te llegue, me la reenvías.

—¿Me prometes que no le harán daño? Es solo una niña, Enrique. Se ha dejado liar por ese delincuente del barrio.

—Nadie le hará daño, Carlos. Solo vamos a enseñarle cómo funciona el mundo real.

Colgué.

Me levanté y me serví un vaso de agua. Mis manos no temblaban. Ni un poco.

El teléfono volvió a sonar. Esta vez era Roberto Velázquez. El padre de Mateo.

—Roberto —dije, antes de que pudiera hablar—. Supongo que has visto las noticias.

—Enrique, esto es un desastre —la voz de Velázquez era dura, profesional, pero notaba la tensión—. Mateo está en el nuevo colegio. He hablado con el director de allí. Dice que Mateo no ha salido del campus. Él no tiene nada que ver con esto.

—Tu hijo rompió el trato, Roberto. El trato era silencio total. Y esta mañana, mi hijo ha sido humillado ante todo el país.

—¡Fue el chico Candelario! ¡Mateo cumplió su parte! Se fue. Desapareció.

—Su "novio" —escupí la palabra— está usando munición que tu hijo le proporcionó. Es lo mismo.

—No es lo mismo y lo sabes. Mateo está fuera. Si vas a por él, Enrique... tengo archivos también. Tengo correos de la licitación del año pasado. No querrás empezar una guerra conmigo.

Me detuve con el vaso a medio camino de la boca. Velázquez no era Rivera. Velázquez tenía dientes.

—No me interesa tu hijo, Roberto. Es irrelevante. Es débil. Se ha quitado de en medio.

—Bien. Entonces estamos de acuerdo.

—Pero el otro... el tal Candelario. Ese chico es un cáncer. Y voy a extirparlo. Espero que Mateo sea lo suficientemente inteligente para no interferir. Porque si vuelve a San Antonio... si se acerca a Candelario... entonces consideraré que la tregua contigo se ha roto. Y usaré todo lo que tengo.

—Mateo no volverá. Se lo he prohibido. Le he quitado el pasaporte y el acceso a las cuentas. Está aislado.

—Asegúrate de que siga así. Por tu bien.

Colgué.

Miré el reloj. Las doce del mediodía. Era hora de ir a casa y limpiar la basura doméstica.

La mansión estaba en silencio. Los empleados caminaban de puntillas, bajando la mirada cuando pasaba. Sabían que el amo estaba en casa y que el amo estaba descontento.

Subí las escaleras hacia la habitación de Bruno. La puerta estaba cerrada.

No llamé. Abrí de golpe.

La habitación apestaba a alcohol y a cerrado. Las cortinas estaban echadas. Bruno estaba sentado en el borde de la cama, con la cabeza entre las manos. La televisión estaba encendida, sin volumen, mostrando el bucle de las noticias: el mural, su cara derritiéndose en dinero, el caos en la plaza.

Levantó la cabeza cuando entré. Tenía los ojos inyectados en sangre. Parecía haber envejecido diez años en diez horas.

—Papá... —empezó, con voz pastosa—. Yo no...

—Levántate —dije.

—Papá, te juro que...

—¡He dicho que te levantes! —Mi voz restalló como un látigo.

Bruno se puso de pie de un salto, tambaleándose un poco.

Me acerqué a él. Lo miré de arriba abajo. Mi hijo. Mi heredero. Un metro ochenta y cinco de decepción genética.

—¿Tienes idea de lo que has hecho? —pregunté, bajando el tono a ese susurro peligroso—. ¿Tienes la más mínima noción del coste de tu estupidez?

—Fue Mateo... él me grabó sin que yo lo supiera... es ilegal...

—¡Me importa una mierda la legalidad! —le agarré de la pechera de la camisa y le empujé contra la pared. Escuché un cuadro caer al suelo—. ¡Eres un García! ¡Se supone que eres intocable! ¡Se supone que eres más listo que ellos! ¿Cómo pudiste ser tan imbécil de confesarle tus crímenes a tu enemigo en tu propia casa?

—Estaba borracho... quería asustarle...

—Querías presumir. Tu ego es más grande que tu cerebro, Bruno. Y ahora, ese ego nos ha costado millones. Nos ha costado la reputación que mi padre construyó y que yo mantuve.

Le solté con asco, como si tocarle me ensuciara. Bruno se dejó caer al suelo, sollozando.

—Lo siento, papá. Lo arreglaré. Hablaré con la prensa. Diré que...

—No vas a hablar con nadie. No vas a abrir esa boca inútil nunca más. —Caminé hacia su armario y saqué una maleta de viaje. La tiré sobre la cama—. Haz tu maleta. Tienes diez minutos.

Bruno dejó de llorar y me miró con terror puro.

—¿Qué? ¿A dónde voy?

—Lejos. Hay un internado en Suiza. "Disciplina terapéutica". Sin teléfonos. Sin internet. Sin salidas de fin de semana. Muros de piedra y nieve seis meses al año.

—No, papá, por favor. Tengo el partido la semana que viene. Vanessa y yo vamos a volver...

—Vanessa es quien ha puesto tu voz en los altavoces, idiota. Vanessa te ha vendido. Y el equipo... estás fuera del equipo. Estás fuera del San Lorenzo. Estás fuera de esta vida hasta que yo diga que eres digno de volver a ella.

—¡Mamá no dejará que me envíes allí!

—Tu madre está en París de compras. Y cuando vea el telediario y se dé cuenta de que ya no la invitarán a las galas benéficas por culpa de su hijo delincuente, ella misma te compraría el billete.

Me incliné sobre él.

—Ahora, haz la maleta. El coche te espera abajo para llevarte al aeropuerto. Y Bruno... si intentas contactar con alguien, si intentas huir... te cortaré los fondos fiduciarios. Serás un nadie. Trabajarás en una gasolinera el resto de tu vida. ¿Me has entendido?

Bruno asintió, derrotado. Era un niño roto.

Me di la vuelta y salí de la habitación. Cerré la puerta detrás de mí, silenciando sus sollozos.

Bajé al despacho de casa. Me serví un whisky. Solo.

Me senté en el sillón de cuero y miré el teléfono. Un mensaje de Torres.

UBICACIÓN CONFIRMADA. La tarjeta de Vanessa Rivera se activó hace cinco minutos en una gasolinera a las afueras, carretera del Norte. Compraron gasolina, agua y... pintura en spray.

Sonreí. Eran predecibles. Iban hacia el norte. Probablemente buscando refugio en alguna casa de campo de los amigos hippies de la madre de Candelario o algo así.

Marqué el número del Comandante Rivas.

—Comandante —dije, dando un sorbo al whisky—. Los tengo. Carretera del Norte. Kilómetro 45. Van en un deportivo rojo. Matrícula Rivera-01.

—Movilizo a las patrullas de carretera, señor García —dijo Rivas con esa voz de obediencia que tanto me gustaba—. ¿Instrucciones para la detención?

—Son peligrosos, Comandante. Tienen antecedentes de violencia. Se resistirán. —Hice una pausa deliberada, dejando que las palabras pesaran—. No quiero que mis oficiales corran riesgos innecesarios. Si el vehículo no se detiene... tienen autorización para usar la fuerza necesaria para inmovilizarlo.

—Entendido. Fuerza necesaria.

—Y Rivas... quiero que el chico, Candelario, llegue a la comisaría asustado. Quiero que cuando le tomen la foto de la ficha policial, tenga la cara de alguien que sabe que ha perdido. ¿Me explico?

—Fuerte y claro, señor García.

—Excelente. Manténgame informado.

Colgué el teléfono.

Me terminé el whisky de un trago. El líquido ámbar quemó agradablemente en mi garganta.

Miré por la ventana hacia el jardín, donde los jardineros estaban replantando las flores que los fuegos artificiales habían quemado. Todo se podía arreglar. Solo hacía falta dinero, tiempo y mano dura.

Mateo Velázquez había intentado jugar al ajedrez conmigo. Había hecho un movimiento inteligente, lo admito. Pero se había olvidado de que yo soy el dueño del tablero.

Y ahora, iba a barrer sus piezas.

El Cuervo iba a dejar de volar esta misma noche.

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patata_02
tengo la sospecha de que a bruno le gusta leo y como no lo quiere admitir hace todo eso
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