Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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Seis meses de silencio
Los primeros treinta días después de la suspensión total fueron extrañamente tranquilos.
Wishcalia se permitió bajar un poco la guardia, aunque nunca del todo. Contrató seguridad adicional alrededor de la mansión y del colegio de los niños, pero evitó que se notara demasiado. Quería que Mateo y Sofía crecieran sintiendo normalidad, no miedo.
La rutina familiar se volvió más dulce. Por las mañanas, Wishcalia preparaba el desayuno mientras Alexander ayudaba a los niños a vestirse. Por las tardes, cuando podía, salía temprano de la oficina para llevarlos al parque o jugar con ellos en el jardín. Mateo había empezado a decir que quería ser “fuerte como mami” y Sofía pedía que le contara cuentos donde la princesa siempre ganaba.
Una noche, después de bañar a los niños, Wishcalia se quedó mirando cómo Alexander les leía un cuento. Su voz grave y tranquila llenaba la habitación. Cuando los niños se durmieron, ella lo tomó de la mano y lo llevó al dormitorio.
—Hoy quiero que seas tú quien me controle un poco —susurró contra sus labios, aunque ambos sabían que incluso cuando le cedía el control, ella seguía marcando los límites.
Alexander la besó con hambre. La tumbó en la cama y se colocó sobre ella, pero Wishcalia seguía dirigiendo con miradas y susurros. Sus cuerpos se movieron con una pasión renovada, más lenta y profunda que en las semanas anteriores. Ella lo dejó tomar la iniciativa, pero en los momentos clave volvía a tomar el mando, clavando las uñas en su espalda y exigiéndole más. Cuando llegaron juntos al clímax, fue intenso y liberador.
Después, mientras descansaban abrazados, Alexander le acarició el cabello.
—Estos días han sido… buenos. Muy buenos.
Wishcalia sonrió contra su pecho.
—Porque estamos juntos. Y porque nadie nos está molestando. Pero no te confíes. El silencio de tu madre no significa que se haya rendido.
Alexander suspiró.
—Lo sé. Pero por ahora… dejemos que los niños disfruten.
Los meses siguientes pasaron con una mezcla de paz y vigilancia constante. Wishcalia equilibraba su empresa con la familia de una forma que antes le había costado mucho. Llegaba a casa antes de las siete casi todos los días. Los fines de semana eran sagrados: salidas al mar, días de piscina y noches de películas en familia.
Camila cumplía la orden de alejamiento. El detective informó que había dejado la ciudad por un tiempo y que no había intentos de contacto. Elena, por su parte, guardaba silencio. No llamaba, no enviaba mensajes, no aparecía. Wishcalia sabía que ese silencio era peligroso, pero decidió disfrutarlo mientras durara.
En el cuarto mes, Wishcalia descubrió que estaba embarazada.
La noticia la tomó por sorpresa. Se quedó mirando el test positivo en el baño durante varios minutos, con el corazón latiéndole con fuerza. Cuando se lo dijo a Alexander esa misma noche, después de acostar a los niños, él se quedó sin palabras. Luego la levantó en brazos y la besó con emoción pura.
—¿De verdad? —preguntó con los ojos brillantes.
—De verdad —respondió ella, sonriendo—. Vamos a tener otro hijo.
Esa noche celebraron con pasión renovada. Wishcalia, incluso embarazada, tomó el control como siempre. Se movió sobre Alexander con cuidado pero con la misma dominación que lo volvía loco. Él la trató con ternura y fuego al mismo tiempo, susurrando palabras de amor mientras ella marcaba el ritmo.
Los meses siguientes fueron de ilusión contenida. Wishcalia redujo su carga de trabajo, pero mantuvo su carácter fuerte y decidido. Mateo y Sofía estaban emocionados con la idea de tener un hermanito o hermanita. La casa se llenó de conversaciones sobre nombres y de dibujos de “la familia más grande”.
Llegó el sexto mes de suspensión.
La fecha de revisión se acercaba. Elena solicitó formalmente una audiencia para pedir el restablecimiento de visitas. Wishcalia y Alexander se prepararon juntos.
La noche antes de la audiencia, Wishcalia se sentía más vulnerable de lo normal por el embarazo. Se acostó temprano, pero no podía dormir. Alexander la abrazó por detrás y le besó el hombro.
—Todo va a estar bien —susurró.
Wishcalia se giró y lo miró a los ojos.
—Si tu madre demuestra que ha cambiado, le daremos una oportunidad limitada. Pero si intenta cualquier manipulación… la cortamos para siempre.
Alexander asintió.
—Estoy de acuerdo contigo.
Al día siguiente, en la audiencia de revisión, Elena se presentó más calmada. Vestía ropa sencilla y habló con voz medida. Dijo que había reflexionado, que entendía sus errores y que solo quería formar parte de la vida de sus nietos de forma respetuosa.
La jueza escuchó con atención y luego miró a Wishcalia.
—Señora Montenegro, ¿qué opina usted?
Wishcalia, con su vientre ya visible, habló con voz clara y firme:
—Estoy dispuesta a darle una oportunidad. Visitas supervisadas, una vez al mes, aquí en nuestra casa y con mi presencia o la de mi esposo. Pero cualquier intento de manipulación, cualquier contacto con Camila o cualquier comentario negativo sobre mí frente a los niños, y la suspensión volverá a ser total.
Elena aceptó las condiciones sin protestar. Demasiado rápido, pensó Wishcalia.
La jueza aprobó el acuerdo.
Esa noche, después de contarle a los niños que la abuela podría visitarlos pronto bajo reglas claras, Wishcalia y Alexander se quedaron solos en la terraza.
—¿Crees que realmente ha cambiado? —preguntó él.
Wishcalia se acarició el vientre y miró el mar oscuro.
—No lo creo. Pero estoy preparada si no lo ha hecho.
Se acercó a Alexander y lo besó con intensidad. Lo llevó adentro y, a pesar del embarazo, tomó el control una vez más. Sus movimientos fueron más suaves pero igual de dominantes. Alexander la trató con devoción, besando su vientre hinchado mientras ella lo guiaba.
Cuando terminaron, Wishcalia se quedó abrazada a él.
—Vamos a tener un hijo más —susurró—. Y voy a proteger a los tres con todo lo que tengo.
Alexander la besó en la frente.
—Y yo estaré a tu lado.
Pero en la oscuridad, Wishcalia no podía sacudirse una sensación incómoda.
El silencio de Elena durante seis meses había sido demasiado perfecto.
Y ahora que las visitas iban a reanudarse… algo le decía que la verdadera tormenta estaba a punto de llegar.