Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 18
Olivia
El vapor del chocolate caliente me roza la cara mientras sostengo la taza entre las manos. El calor se filtra por mis dedos, sube por mis brazos e intenta hacer algo que nadie ha logrado en días, aflojarme.
Tengo el mar frente a mi. Las olas rompen con un ritmo constante, dandome la tranquiladad para disfrutar, ya que aquí no hay cámaras, no hay guardias ni trajes a la medida. No hay madres organizando mi vida ni hombres diciéndome lo que debo hacer.
Solo el viento y yo.
Cierro los ojos un momento y dejo que el aire salado me despeine los pensamientos. El cabello húmedo se pega a mi cuello, y por primera vez en mucho tiempo no me importa verme perfecta.
Mi teléfono está adentro, silenciado. Como debería estar todo.
Apoyo los antebrazos en la baranda del balcón y exhalo lento. Siento algo raro en el pecho… espacio. Aquí nadie espera que sea “la hija de”, aquí solo soy Olivia y me doy cuenta de que venir a este lugar es algo que debí hacer hace mucho.
Doy otro sorbo al chocolate. Ya no está tan caliente, pero igual reconforta. El cielo comienza a teñirse de naranja y violeta mientras el sol se hunde en el horizonte.
Es hermoso, tan hermoso que duele porque no soy lo suficientemente libre para disfrutarlo y es por eso, que por un segundo, solo un segundo, me permito imaginar cómo sería mi vida si pudiera elegirla yo.
El viento helado empieza a colarse por el balcón, levantando las cortinas y erizando mi piel. Froto mis brazos y entro a la casa, cerrando el ventanal detrás de mí. Voy a la cocina y dejo la taza vacía en la encimera.
Camino hasta la sala, me dejo caer en el sofá y tomo el control remoto. Enciendo la televisión solo para llenar el raro silencio que me rodea. Busco algo ligero para entretenerme y mi busqueda termina cuando encuentro en el catalogo de películas, mujer bonita.
La dejo correr. Me cubro con una manta e intento seguir la historia, pero mi mente se dispersa. En la playa, en la boda, en Marcos, en mi madre, en todo lo que se supone que debo ser una vez que regrese.
El sonido de la película se vuelve lejano. Mis párpados pesan y sin darme cuenta… me quedo dormida.
No sé cuánto tiempo pasa, minutos, horas. No tengo idea. Lo único que sé es que algo interrumpe la oscuridad espesa del sueño. Una caricia suave en mi rostro.
Frunzo apenas el ceño, todavía atrapada en la neblina del sueño. La caricia se repite, lenta, recorriendo mi mejilla. Mis ojos se abren apenas… borrosos… tratando de enfocar. y entonces los termino abriendo de golpe al notar lo que sucede.
Una mano cubre mis labios y mi corazón se detiene.
Frente a mí, agachado junto al sofá, hay una figura masculina. La luz de la televisión parpadea sobre su rostro y me alivia de alguna manera ver que es Alex.
Sus ojos se clavan en los míos mientras su otra mano hace un gesto claro para que guarde silencio. Respiro por la nariz agitada, con el pánico subiendo como fuego por mi pecho.
Él retira la mano lentamente de mi boca y me incorporo despacio en el sofá, mirándolo como si no supiera si gritar, golpearlo o huir.
—¿Qué haces aquí?— Le digo furiosa. —¿Cómo encontraste este lugar?
Alex sonríe apenas. Aparta un mechón de cabello de mi cara con una naturalidad que me descoloca.
—Esto sonará algo tenebroso— Dice en voz baja. —Pero conozco casi todo de ti, Olivia.
La rabia me despierta por completo.
—Puedes dejar de espiarme. Tu actitud ya empieza a rozar lo escalofriante. Suficiente tengo con los hombres de seguridad de mi padre rondándome por ahí.
Alex no se ofende. Al contrario. Su pulgar se desliza despacio por mi pómulo, como si yo no estuviera a punto de gritarle.
—No te estoy vigilando— Dice con calma. —Me estoy asegurando de que nadie más lo haga.
Parpadeo, confundida.
—Eso no tiene sentido.
Él se mantiene cerca, todavía agachado frente a mí.
—Esta casa está aislada. Sin personal y sin seguridad visible. Tus padres tienen poder, sí. Pero también enemigos. Y tú…— Sus ojos recorren mi rostro, firmes. —Eres la forma más fácil de llegar a ellos.
El aire se me queda atrapado en la garganta. ¿Qué enemigos? Mis padres no tienen conflicto con nadie. Sus negocios son legales y siempre se han mantenido de la mano de la ley. En especial papá.
—¿Y ahora eres mi guardaespaldas?— Pregunto, cruzándome de brazos.
Una media sonrisa se dibuja en su boca.
—No— Su voz baja un tono. —Soy alguien que no soportaría que te pasara algo.
El silencio cae pesado entre nosotros. Solo se escucha el viento golpeando los ventanales y el mar a lo lejos.
—No puedes aparecer así en mi vida— Digo más bajo. —No puedes irrumpir en mi casa en mitad de la noche como si tuvieras derecho.
—Tienes razón— Lo dice, pero no se mueve.
—¿Cómo entraste?
—Puerta lateral. La cerradura es vieja.
Cierro los ojos un segundo.
—Vete.
Lo digo… pero mi voz no suena tan firme como debería.
Alex se pone de pie lentamente y por un instante, no sé qué me inquieta más… que se quede o que se vaya.
—No necesito que me salves de lo que sea que creas que necesito ser salvada— Le digo firme.
—No— Responde. —Pero igual voy a hacerlo.
—¿Por qué?— Ya no resisto la curiosidad. —¿Por qué tanto interés en mi? No me conoces, solo nos hemos acostado y esa no es razón suficiente para que quieras ser mi...— Me detengo al ver como se quita los zapatos y toma asiento en el sofa junto a mi. —Te dije que te fueras— Le afirmo.
—Y como puedes ver, te ignoré por completo— Lo miro incredula. Se supone que este sería un fin de semana tranquilo. No vine aquí para lidiar con la locura de este hombre.
—Vine aquí para estar sola— Sentencio.
—Y yo vine aquí para estar contigo.
Que alguien me de paciencia con Alexander Rozanov.