Un contrato por deber. Un secreto por proteger. Un amor nacido de la amargura.
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Capítulo 17: El Silencio de la Harina
El restaurante elegido para el almuerzo es uno de esos lugares donde el prestigio se mide por el silencio y la distancia entre las mesas. Silas y Elena ya están allí. Elena luce una elegancia gélida, cada cabello en su sitio, representando la perfección social que Julian tanto admira en el círculo de los Blackwood.
Durante toda la comida, la conversación gira en torno a mercados y adquisiciones. Julian se muestra impecable, dominante, manejando la charla con su inteligencia calculadora. Yo me limito a estar a su lado, ocupando mi espacio como una figura decorativa.
—Es una lástima lo de la auditoría, Julian —dice Elena, dejando su copa de vino con una delicadeza insultante—. Isabella jamás habría permitido que las cuentas de la fundación llegaran a ese estado de desorden. Ella era tan… meticulosa. Una verdadera Blackwood en espíritu, ¿no crees, Benerice?
Siento el pinchazo en el pecho, la comparación directa que busca mi quiebre. Julian no dice nada; se limita a cortar su carne con precisión, observándome de reojo, esperando mi reacción.
—Isabella era única —añade Elena, clavando su mirada en la mía con una sonrisa de suficiencia—. Debe de ser muy difícil para ti, querida, caminar cada día por los pasillos de una empresa que ella construyó, sabiendo que todos se preguntan por qué fuiste tú la que quedó en pie.
La humillación me quema la garganta. Podría gritar que ella no era lo que todos creen, podría defenderme. Pero mi naturaleza se impone. Bajo la mirada hacia mi plato, apretando la servilleta de lino bajo la mesa hasta que mis nudillos se vuelven blancos. Guardo el dolor, lo trago junto con el nudo de mi garganta, y me sumerjo en mi refugio de silencio habitual. No les daré el placer de ver mis lágrimas.
—Benerice es diferente —es lo único que dice Julian, con una ruda indiferencia que duele más que el ataque de Elena—. Ella tiene sus propios métodos.
El resto del almuerzo es una tortura de comentarios velados y miradas de lástima. Me mantengo callada, inmóvil, como la sombra que Julian siempre ha dicho que soy.
Cuando finalmente llegamos a la mansión, Julian ni siquiera me mira al entrar.
—Tengo llamadas que hacer. No me molestes hasta la cena —dice, dirigiéndose a su despacho con su habitual amargura solitaria.
En cuanto cierro la puerta de la cocina, el peso del día me aplasta. Aquí, entre mis paredes de azulejos y el aroma de las especias, ya no necesito la armadura.
Tomo un bol de cerámica con tanta fuerza que mis manos tiemblan. Empiezo a tamizar harina con una violencia desesperada. El polvo blanco flota en el aire, cubriendo mis manos, mis brazos, el traje sastre que Julian me obligó a usar. Con cada movimiento, el dolor que guardé en el restaurante empieza a filtrarse.
—No soy ella —susurro, y las primeras lágrimas caen sobre la encimera—. Nunca seré ella.
Empiezo a amasar con furia. Mis puños golpean la masa una y otra vez, descargando en ella la humillación de Elena, la frialdad de Julian después de haberme tomado, y la culpa asfixiante que él me lanza a la cara cada mañana. El llanto contenido estalla en un sollozo desgarrador que llena la cocina vacía.
Me derrumbo contra la mesa, con las manos cubiertas de masa y harina, dejando que el dolor salga finalmente. Me duele el cuerpo por la noche anterior, me duele el alma por la indiferencia de mi esposo y me duele el recuerdo de una hermana que, incluso muerta, sigue robándome el aire.
Estoy allí, rota entre los ingredientes, cuando escucho unos pasos pesados en el umbral. No necesito levantar la vista para saber quién es. El aroma a sándalo y la presencia dominante lo delatan. Julian se ha quedado allí, observándome en mi momento de mayor vulnerabilidad, viendo cómo la "esposa perfecta" que exigió se deshace en harina y lágrimas.
—Benerice —su voz suena ronca, despojada de su habitual dureza por un segundo.