Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Prólogo
El frío de la madrugada calaba los huesos, pero no tanto como el miedo que llevaba meses creciendo en mi pecho. A mi lado, Adriel dormía con la respiración tranquila, ajena a la tormenta que me desvelaba cada noche desde que habíamos huido del palacio.
Tres meses. Tres meses llevábamos escondidos en esta cabaña en el bosque de Sombras, un lugar que según las leyendas, ni los dioses podían encontrar. Tres meses amándonos en libertad, lejos de las murallas de piedra que aprisionaban mi alma, lejos de los protocolos, lejos de él.
Cyran.
Pronunciar su nombre en mi mente era como tocar una herida abierta. El Emperador. Mi prometido. El hombre al que debía entregar mi vida por voluntad de mi padre y la corte, pero al que jamás podría entregar mi corazón porque ese órgano miserable y terco ya le pertenecía a otro.
Al hombre que dormía a mi lado.
Adriel. El primo de Cyran. El opuesto absoluto a la oscuridad de su linaje. Mientras Cyran tenía ojos de tormenta, Adriel los tenía de miel. Mientras Cyran ordenaba ejecuciones con la misma frialdad con que otros respiraban, Adriel curaba pájaros con alas rotas. Mientras Cyran me miraba como un lobo hambriento mira a su presa, Adriel me miraba como si yo fuera el único milagro en el que valía la pena creer.
Por él huí. Por él abandoné el lujo, el poder, la seguridad. Por él aprendí a dormir en el suelo, a cocinar con mis propias manos, a rezar por las mañanas para que nadie nos encontrara.
Y por él, si hacía falta, moriría.
—¿Otra vez despierta? —su voz, ronca por el sueño, me sacó de mis pensamientos.
Adriel había abierto los ojos y me miraba con esa ternura que siempre lograba desarmarme por completo. Sus dedos buscaron los míos bajo las mantas.
—No puedo dormir —susurré.
—Las pesadillas.
No era una pregunta. Lo sabía. Sabía que todas las noches soñaba con la boda que nunca ocurriría, con el altar, con el Emperador esperándome con una sonrisa que prometía un infierno.
—Soñé que nos encontraba —confesé, y mi voz tembló—. Soñé que...
No pude terminar. Adriel me atrajo hacia su pecho y me envolvió en sus brazos. Olía a pino, a hoguera, a hogar.
—No va a encontrarnos, Seraphina —murmuró contra mi cabello—. Este bosque está protegido. Nadie puede...
El golpe en la puerta fue tan violento que la madera crujió.
Nos quedamos paralizados. Los dos. Mi corazón dio un vuelco tan brutal que creí que se detendría. Afuera, el viento había cesado. Los lobos habían callado. El bosque entero contenía la respiración.
—Seraphina.
Esa voz. Esa voz.
La conocía mejor que la mía propia. La había escuchado en mis pesadillas, en mis insomnios, en el eco de mis peores miedos.
—Seraphina, abre la puerta.
Adriel se movió para alcanzar la espada que siempre dejaba junto a la cama, pero yo lo detuve con una mano en el pecho. Mis dedos temblaban. Mis labios también.
—No —susurré—. No le des una excusa.
Otro golpe. La madera se astilló.
—Sé que estás ahí. Sé que él está contigo. Abre, o derribaré esta puerta y lo que encuentre dentro lo pagaré con sangre.
Me levanté. Mis piernas apenas me sostenían. Cada paso hacia la puerta era un paso hacia mi propio cadalso. Detrás de mí, oí a Adriel levantarse también, oí el metal de su espada deslizándose fuera de la vaina.
—No pelees —dije sin mirarlo—. Por favor.
—No pienso dejar que te lleve.
Abrí la puerta.
Y allí estaba.
Cyran.
Pero no era el Cyran de los salones del palacio, impecable, perfecto, tallado en mármol y hielo. Este Cyran tenía el cabello desordenado, los ojos enrojecidos, la ropa sucia de tierra y sangre. Parecía un hombre al borde del abismo.
Parecía un hombre que había perdido la razón hacía mucho tiempo y apenas lo notaba.
—Seraphina —dijo, y su voz era un susurro roto—. Por fin.
—¿Cómo... cómo nos encontraste?
Sonrió. Esa sonrisa. La misma que vi cuando ordenó ejecutar a una doncella por derramar té sobre su túnica. La misma que mostró cuando su padre murió y él heredó el trono. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos, porque sus ojos hacía años que no sentían nada que no fuera obsesión.
—Magia antigua —respondió—. Pactos que ni tú ni tu amante podrían comprender. Sangre de reyes, ofrecida a cambio de un deseo. ¿Adivinas cuál fue mi deseo?
Di un paso atrás. Adriel se puso a mi lado, espada en mano. Cyran lo miró y por un instante, algo brilló en su mirada. Algo que podría haber sido dolor, o rencor, o las ruinas de un cariño fraternal que alguna vez existió entre ellos.
—Primo —dijo Adriel—. Vete. No queremos problemas.
—¿Problemas? —Cyran rió, y su risa era un cuchillo—. No vine a buscar problemas. Vine a buscar lo que es mío.
—No soy tuya —las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas—. Nunca lo fui. Nunca lo seré.
Algo se rompió en su rostro. Por un instante, vi al niño que había sido antes de que el poder lo corrompiera. Vi al joven que me prometió amor eterno cuando apenas teníamos quince años. Vi al hombre que podría haber sido si las circunstancias hubieran sido otras.
Luego, la máscara volvió a colocarse.
—Adriel —dijo sin mirarlo—. Te dije una vez que si te acercabas a ella, te mataría. ¿Recuerdas?
—Recuerdo —la voz de Adriel era firme, pero yo sentía el temblor de su brazo contra mi espalda—. Y recuerdo haberte dicho que prefería morir a verme sin ella.
—Pues bien —Cyran movió la mano con una rapidez imposible. No vi la daga hasta que ya estaba enterrada en el pecho de Adriel.
El tiempo se detuvo.
Adriel abrió los ojos con sorpresa. Miró hacia abajo, hacia el mango que sobresalía de su pecho. Luego me miró a mí. Y sonrió.
—No duele —susurró—. Mentira. Duele mucho.
Se desplomó. Caí de rodillas junto a él, intentando taponar la herida con mis manos, pero la sangre escapaba entre mis dedos como agua, como vida, como todo lo que estaba perdiendo.
—Adriel. Adriel, mírame. Quédate conmigo.
—Siempre —tosió, y la sangre manchó sus labios—. Siempre contigo.
—Te amo —lloré—. Te amo, no te vayas, por favor...
—También yo... —su voz se apagó. Sus ojos, aquellos ojos color miel, se quedaron fijos en el cielo raso de la cabaña. Ya no me veían. Ya no veían nada.
—No...
Un sollozo desgarrado escapó de mi garganta. Lo abracé, lo mecí, lo bañé con mis lágrimas. Pero no volvió. Mi Adriel. Mi amor. Mi vida. Se había ido.
—Levántate.
La voz de Cyran, detrás de mí. Fría. Impasible.
—Levántate, Seraphina. Te daré una última oportunidad.
Me puse en pie temblando. La sangre de Adriel manchaba mis manos, mi ropa, mi alma.
—¿Qué oportunidad? —pregunté, y mi voz no sonaba a mí. Sonaba a alguien que ya estaba muerta por dentro.
Cyran me miró con sus ojos de tormenta.
—Ven conmigo. Vuelve al palacio. Ocupa tu lugar a mi lado. Y todo esto —señaló el cuerpo de Adriel— quedará en el pasado. Será como si nunca hubiera existido.
—¿Cómo si nunca hubiera existido? —repetí incrédula—. ¿Acabas de matarlo y me pides que finja que no pasó?
—Te estoy ofreciendo la vida. La nuestra. La que debimos tener.
—No hay "nuestra". No hay "debimos". Solo hay un monstruo que mató al único hombre que amé.
Cyran suspiró, como si estuviera perdiendo la paciencia con un niño terco.
—Entonces, ¿prefieres morir también? ¿Es eso lo que quieres? ¿Reunirte con él?
Miré a Adriel. Su rostro, pese a todo, conservaba esa paz que siempre había tenido. Parecía dormido. Parecía que en cualquier momento iba a abrir los ojos y a sonreírme.
Pero no lo haría. Nunca más.
Levanté la barbilla.
—Mátame.
Cyran parpadeó.
—¿Qué?
—Mátame —repetí—. Porque si no lo haces tú, lo haré yo misma. No voy a vivir en un mundo donde él no está. No voy a vivir en un mundo donde tú existes. Así que hazlo. Termina lo que empezaste.
Algo cambió en su expresión. Por primera vez, vi incertidumbre. ¿Habría esperado que me arrastrara? ¿Que suplicara? ¿Que eligiera la vida aunque fuera una vida sin amor?
—No quiero matarte —dijo, y por un instante, casi pareció humano—. Solo quiero que seas mía.
—Ya lo fui —susurré—. Fui tu prometida. Fui tu posesión. Pero nunca fui tuya, Cyran. Porque para ser de alguien hay que entregarse, y yo nunca te entregué nada. Él —señalé el cuerpo de Adriel— se ganó mi alma. Tú solo conseguiste mi miedo.
El silencio se alargó. Por un momento, pensé que me dejaría ir. Que vería la locura de sus actos. Que, de alguna manera, la humanidad que alguna vez tuvo despertaría y me dejaría morir en paz.
Entonces desenvainó su espada.
—En el otro mundo serás mía —dijo.
No tuve tiempo de preguntar qué significaba eso. La hoja entró en mi vientre con una facilidad aterradora. El dolor fue inmenso, cegador, pero duró solo un instante. Luego, mis piernas fallaron y caí hacia adelante.
Hacia él.
Sus brazos me atraparon. Por primera y última vez, Cyran me sostuvo contra su pecho. Por primera y última vez, sentí su corazón latir contra el mío, que se apagaba.
—Mía —susurró contra mi oído—. En esta vida y en la siguiente. Y en todas las que existan. Te encontraré siempre. Te amaré siempre. Y siempre, siempre, serás mía.
Sus labios tocaron los míos.
Un beso. Dulce. Casi tierno.
Y mientras la oscuridad me envolvía, alcancé a pensar: ¿El otro mundo? ¿Qué significa eso?
Y luego, nada.