Nanani fue plantada en el altar y causa de eso cayó en depresión su padre la obligará a tomar clases de arte marciales, Pero ella odia a su sensei o... eso cree
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Capitulo 17
Kai se despidió de Nanami con un beso rápido, de esos que no significan nada pero prometen todo. Ella lo vio alejarse sin saber que él no iba a casa, sino al club donde Rita lo estaba esperando.
—¿Cómo se encuentra la joven? —preguntó Rita en cuanto lo vio entrar.
Kai no respondió. Se sentó en la barra, pidió una cerveza y miró al frente.
Rita se acercó lentamente. Con la excusa de consolarlo, lo abrazó por detrás, su pecho contra su espalda, su aliento cerca de su oído.
—Te extraño —susurró—. ¿No me extrañas ni un poco?
Kai cerró los ojos. No la apartó.
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Mientras tanto, en el hospital.
Hanako estaba sentado junto a la cama de Nanami, sus manos sosteniendo las de ella con esa calma que solo él poseía.
—¿Qué sucede entre tú y el sensei? —preguntó, sin rodeos.
Nanami lo pensó. Las palabras se arremolinaban en su cabeza como hojas secas. No tenía respuestas certeras. Solo sensaciones contradictorias, momentos de calor seguidos de vacíos helados.
—No lo sé —admitió—. No somos nada serio. A veces siento que me quiere, que de verdad le importo. Pero luego... se aleja. Como si yo fuera un error del que tiene que distanciarse.
Apretó las manos, frustrada.
—Quizás solo sea falta de comunicación —dijo Hanako, con esa sensatez que lo caracterizaba—. Deben hablar como adultos. Sobre lo que realmente quieren, lo que esperan el uno del otro. Sin suposiciones. Sin miedos.
Nanami lo miró. Sus ojos, siempre tranquilos. Su forma de poner orden en el caos.
—Eres un hombre muy sensato —dijo, y sus labios esbozaron una sonrisa débil—. Siempre eres sincero y muy maduro. Es algo que me gusta mucho de ti.
Lo abrazó. Porque sí, porque en cada tormenta él estaba ahí. Su mejor amigo. Su compañero de aventuras. Su lugar seguro.
Hanako la sostuvo en silencio, preguntándose si ella sabía que para él, este abrazo significaba mucho más.
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Le dieron el alta al día siguiente.
Nanami fue directo al dojo. Había pensado en las palabras de Hanako, en hablar con claridad, en poner las cartas sobre la mesa. Iba a preguntarle a Kai qué demonios quería. Iba a exigir respuestas.
Pero cuando llegó, la escena la detuvo en seco.
Rita estaba allí. Hablando con Kai. Y de repente, sin previo aviso, lo abrazó.
Kai no la apartó.
Nanami sintió que el mundo se congelaba.
Pasaron segundos. Eternidades. Hasta que Kai giró la cabeza y la vio.
—Llamento haber interrumpido —dijo Nanami, con una voz que no tembló por puro milagro.
Se dio la vuelta y caminó hacia la salida. Rápido. Firme. Huyendo.
—¡Nanami! —la voz de Kai detrás de ella.
Pero no lo siguió. Porque Rita sujetó su mano.
—Déjala —dijo ella, con una frialdad calculada—. De todas maneras, ustedes no tienen futuro.
Kai se detuvo. La miró.
—No quiero oírte.
—Porque sabes que es verdad —insistió Rita, soltando su mano pero clavándole las palabras como cuchillos—. Ella es la hija de tu jefe. Una joven de buena cuna. Tú solo eres un empleado. Un simple instructor. ¿Crees que su familia te aceptará? ¿Crees que tú tienes algo que ofrecerle?
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Kai miró hacia la puerta por donde Nanami había desaparecido. Luego miró a Rita. Luego sus pies, clavados en el suelo.
No fue tras ella.
Porque en el fondo, mordiéndole las entrañas, sentía que Rita tenía razón.
Él no era nadie. No tenía nada. ¿Qué podía ofrecerle a Nanami además de confusión y besos a escondidas?
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Nanami llegó a la mansión hecha pedazos.
—¿Señorita? —Maya la vio entrar y supo, instantáneamente, que algo andaba muy mal.
Pero antes de que pudiera decir algo más, Nanami giró y vio a Hanako, que estaba en el salón, esperándola con la paciencia de siempre.
—¿Qué haces? —le dijo Maya a Hanako en voz baja—. Ve a hablar con ella.
Hanako no dudó. Se levantó y fue tras ella.
—¿Qué ocurre, mi niña hermosa? —preguntó, deteniéndola con suavidad.
Nanami volteó. Sus ojos estaban rojos, las mejillas húmedas. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, un gesto casi infantil.
—¿Acaso no merezco amor? —preguntó, y su voz se quebró—. Siempre termina igual. Siempre. Siento que jamás nadie me va a elegir. ¿Acaso no merezco amor?
Hanako sintió que algo se rompía en su pecho. Dio un paso, la envolvió en sus brazos, y la sostuvo mientras ella lloraba.
—No digas eso —murmuró contra su cabello—. Tú te mereces todo el amor del mundo.
Ella lloró. Lloró todo lo que no había llorado con Kai, todo lo que se había tragado por ser fuerte, por no molestar, por no parecer necesitada.
Pero cuando las lágrimas cesaron, algo cambió en sus ojos.
Se apartó. Se secó el rostro con decisión.
—Bueno —dijo, y su voz sonaba diferente—. Eso ya no importa. De todas maneras, no creo en el amor. De ahora en adelante... solo me voy a divertir.
Hanako la miró, y vio la muralla levantándose de nuevo. Más alta. Más gruesa.
Y supo que las palabras no servirían de nada.
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Horas después, llegó un mensaje de Kai: "¿Podemos hablar?"
Ella aceptó.
Se encontraron en el jardín de la mansión, bajo la luz mortecina del atardecer. Kai llegó con las manos en los bolsillos, la mirada esquiva.
—Nanami... —comenzó, y su voz sonó insegura—. Tú me gustas. Pero estoy confundido.
Ella lo miró. Sin expresión. Los brazos cruzados.
—No sé lo que quiero —continuó él, buscando las palabras—. Tú me gustas mucho, de verdad. Pero no estoy listo para una relación. No puedo darte lo que mereces.
Nanami no dijo nada. Solo lo miró.
—Está bien —respondió al fin, su voz plana como una tabla—. De todas maneras, solo somos algo sexual. Me gusta acostarme contigo. Es todo.
Kai parpadeó, sorprendido por la frialdad.
—¿Entonces... estamos bien?
Ella asintió. Una vez. Seca.
Kai sonrió, aliviado. No vio la tormenta que se escondía tras sus ojos. No vio el muro que ella acababa de terminar de construir.
—Bien —dijo él, feliz—. Me alegra que lo entiendas.
Se despidió con un beso rápido, de esos que no significan nada, y se fue silbando bajito.
Nanami se quedó sola en el jardín, con el pecho hecho añicos y una sonrisa de hielo en los labios.
No, no estaban bien. No, no lo entendía. Pero él nunca se había tomado el tiempo de mirar de verdad.
Desde la ventana de la mansión, Hanako lo había visto todo.
Y por primera vez en diez años, sintió que la paciencia tal vez no era suficiente.