Bienvenido a EL CONTRATO, una historia donde el poder, el dolor y el deseo se entrelazan en una lucha constante entre la supervivencia y el amor. Esta novela no habla solo de contratos ni de dominación, sino de heridas invisibles, decisiones imposibles y del precio que algunas personas deben pagar para proteger a quienes aman. Aquí conocerás a Monserrat Villarreal y Alexander Montenegro, dos almas marcadas por el pasado que deberán enfrentarse no solo entre sí, sino también a sus propios demonios. Prepárate para un viaje intenso, oscuro y emocional donde cada elección cambia destinos y donde el corazón siempre exige su verdad.
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REGLAS
El sábado amaneció gris. Monserrat apenas había dormido.
El recuerdo de la noche anterior seguía vivo en su cuerpo: el beso, la intensidad, la forma en que Alexander se apartó de repente, como si algo lo hubiera enfurecido consigo mismo.
Cada vez que cerraba los ojos, revivía ese momento.
Y eso la confundía más que cualquier cláusula firmada.
Se sentía atrapada. No solo por el contrato.
Sino por algo más difícil de nombrar.
El taxi se detuvo frente a la clínica privada indicada en la tarjeta.
Un edificio elegante, silencioso, demasiado distinto a la clínica que conocía.
Entró con el corazón acelerado.
La recepcionista ya tenía su nombre.
—La doctora la espera, señorita Villarreal.
Todo estaba preparado.
Todo organizado por él.
Esa idea le provocó un escalofrío.
La doctora fue profesional, amable, distante. Explicó chequeos, controles médicos, exámenes preventivos. tipos de método anticonceptivo.
Hablaba de forma neutral, como si aquel acuerdo fuera algo común.
Para Monserrat, en cambio, cada palabra se sentía como una confirmación de la realidad.
El contrato era real. Ya no había vuelta atrás.
Cuando salió de la consulta, revisó su teléfono.
Había un mensaje.
Alexander:
El lunes empieza oficialmente. Descansa.
Solo eso.
Sin emojis.
Sin explicaciones.
Frío.
Controlado.
Exactamente como él.
Y aun así… el mensaje la hizo respirar diferente.
El fin de semana pasó lento.
Monserrat intentó concentrarse en el hospital, en sus tíos, en los avances que finalmente comenzaban a aparecer.
Pero su mente volvía una y otra vez a la oficina. Alexander.
A la forma en que había dicho lo que es mío.
Esa frase la inquietaba porque no debería haberle gustado escucharla.
Pero una pequeña parte de ella… había sentido seguridad.
Y eso era peligroso.
el lunes llego tan rapido y lento en su mente
Entrar al edificio fue diferente esta vez.
Los empleados la saludaron como siempre, pero ella sentía que todo había cambiado.
Como si todos pudieran ver que ahora pertenecía a algo que no entendía del todo.
Su uniforme ya no estaba en su casillero.
En su lugar había otro: más largo, más elegante, ajustado pero sobrio.
Lo observó unos segundos antes de ponérselo.
Alexander había cumplido su palabra.
Cuando entró a la oficina principal, sintió su mirada inmediatamente.
Alexander estaba al fondo, revisando documentos.
No levantó la vista de inmediato.
Pero ella sabía que la había notado.
—Buenos días, señor Montenegro.
dijo, intentando sonar normal.
Él levantó los ojos lentamente.
La recorrió con una mirada breve, evaluando el nuevo uniforme.
Algo en su expresión se relajó casi imperceptiblemente.
—Buenos días.
Nada más.
Pero el tono era diferente.
Más bajo.
Más consciente.
El día transcurrió bajo una tensión constante.
Alexander parecía más exigente que nunca.
Revisaba cada detalle.
Le daba instrucciones precisas.
Y cada vez que se acercaba a ella, Monserrat sentía el aire cambiar.
No había contacto físico.
Ni insinuaciones.
Solo presencia.
Una presencia que la hacía consciente de cada movimiento.
Para Alexander, el día tampoco era sencillo.
Verla con el nuevo uniforme le había dado una sensación absurda de satisfacción.
No porque fuera más formal.
Sino porque ahora sabía que solo él la vería así.
La idea lo inquietó.
No debía pensar de esa manera.
Pero cada vez que alguien se acercaba demasiado a su escritorio, una tensión silenciosa nacía dentro de él.
La observaba trabajar.
Concentrada. Responsable.
Y se sorprendía pensando que su mundo sin ella sería… más vacío.
Rechazó ese pensamiento inmediatamente.
Los sentimientos complicaban las cosas.
Y él no permitía complicaciones.
Al final de la jornada, la oficina quedó vacía.
Alexander observó cómo Monserrat organizaba sus cosas.
Era el momento de establecer límites.
De dejar claras las nuevas reglas.
—Monserrat.
la llamó.
Ella se detuvo.
—Ven a mi oficina.
Su corazón dio un salto involuntario.
Entró despacio.
Alexander estaba de pie junto a la ventana, igual que aquella noche.
—Hoy empezó oficialmente.
dijo sin rodeos.
Ella asintió.
—Quiero que entiendas algo.
continuó.
—Esto no cambia tu trabajo. Sigues siendo mi asistente. Profesionalmente, nada cambia.
Monserrat respiró un poco más tranquila.
—Pero
añadió él.
-hay reglas.
Ella lo miró en silencio.
—No quiero escenas innecesarias. No quiero rumores. Y no quiero distracciones.
Su tono era firme.
Controlado.
—Entiendo
susurró ella.
Alexander se acercó lentamente.
No demasiado.
Lo suficiente para que ella sintiera su presencia.
—Y quiero honestidad.
dijo.
—Si algo te incomoda, lo dices.
Eso la sorprendió.
No esperaba esa concesión.
—Está bien.
El silencio cayó entre ambos.
La tensión volvió a aparecer.
Alexander la observó unos segundos más.
Había algo vulnerable en sus ojos que lo desarmaba más de lo que quería admitir.
Pero no podía permitirse perder el control.
—Puedes irte.
dijo finalmente.
Monserrat dudó un segundo.
Luego asintió.
Cuando salió, Alexander exhaló lentamente.
Se pasó una mano por el rostro.
Esto iba a ser más difícil de lo que había imaginado.
Porque por primera vez… no estaba completamente seguro de quién tenía realmente el control.