"Brenda, una joven fiestera y dueña de una heladería en la vibrante Ciudad de México, nunca imaginó que su corazón podría ser conquistado por un hombre como Roger, un reservado empresario neoyorquino.
Entre encuentros inesperados, malentendidos dolorosos y dulces reconciliaciones, su historia se enreda en una maraña de emociones.
Pero cuando el pasado amenaza con destruir lo que apenas empezaba a nacer, ambos deberán aprender a luchar por un amor verdadero.
Porque a veces, detrás de un berrinche... se esconde el deseo más sincero de ser amado."
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Capítulo 18
—Amor, tengo algo que decirte —dijo Roger, serio mientras se sentaban en el sofá.
—Dime, mi vida —respondió Brenda, acomodándose mejor, con su pie aún adolorido sobre un cojín.
—Mañana tengo que viajar a Nueva York por dos semanas… y claro que vas a ir conmigo.
—¿Amor? ¿Y la cafetería? —preguntó Brenda haciendo pucheros.
—Deja a cargo a tu socia o a Juana. Dale, ven conmigo, así conoces a mi madre.
—Está bien —aceptó ella con una leve sonrisa mientras intentaba levantarse.
—¿A dónde va, señorita, si está coja?
—Por mi celular. Quiero pizza y voy a pedirla.
—Quédate ahí. Que necia eres, yo la pido.
Terminaron la tarde viendo películas y comiendo pizza. Al día siguiente, estaban listos para salir rumbo al jet privado de Roger que recién había comprado
—Amor, vamos rápido, tengo junta a las cinco —dijo Roger impaciente.
—Pues posponla, soy yo más importante —contestó ella, en tono juguetón.
—Ya vas a empezar, Brenda. Mejor me voy solo —dijo él, cargando su maleta y avanzando hacia la puerta. Obviamente estaba bromeando, esperando su reacción.
—¿Ves? Ese eres tú. Finges que nos quieres —respondió ella molesta, luego se sujetó el vientre—. ¡Auuuu, me duele! ¡Me duele mucho!
Roger salió disparado hacia la habitación.
—¡Si te sigues alterando vas a poner en riesgo al bebé! ¡Espera, llamo al doctor! O mejor, te llevo a la clínica —la alzó en brazos.
Cuando iban bajando las escaleras, Brenda se rió.
—¿Cuál es el chiste, Brenda?
—Amor, estás muy delicado hoy. Era una broma, te amo —le dijo y lo besó antes de que pudiera responderle. Tuvieron un encuentro íntimo y luego se dirigieron al jet para viajar.
Al llegar a Nueva York, Roger la ayudó a bajar con cuidado.
—Princesa, bienvenida a tu casa.
—Gracias, mi amor. Qué linda casa. Mi rey tiene buenos gustos.
—Ah, pues mírate a ti —respondió él con una sonrisa.
Los recibió Elena, la encargada de la casa.
—Mucho gusto, señora —dijo con respeto.
—El gusto es mío —respondió Brenda con dulzura
—Mira, Elena. Ella es mi mujer, Brenda Suárez —dijo Roger con orgullo.
Más tarde, Roger se preparaba para su junta.
—Amor, ¿me acompañas?
—Sí, así aprovecho para conocer dónde trabajas.
Llegaron a la oficina y Brenda se sintió un poco indispuesta.
Brenda pidió pasar al baño, pero estaba en mantenimiento el privado, así que Roger le dijo que le dijera a la secretaria
—¿Hay otro baño por aquí? Creo que me mareé un poco con el vuelo —preguntó a la secretaria.
—Claro, señora. Al fondo del pasillo, antes de las oficinas administrativas.
Mientras iba hacia el baño, distraída, Brenda chocó con un hombre.
—Disculpe, no lo vi —dijo ella.
—Una hermosura como usted se le perdona todo —respondió él, con evidente coquetería.
Brenda sonrió incómoda y siguió su camino. De vuelta en la oficina de Roger, él la sentó en sus piernas.
—La amo, señorita Suárez —le susurró.
—Lo amo, señor Mancini —rió ella.
Tocaron la puerta.
—Adelante —dijo Roger.
—Amor, déjame bajarme. Qué pena que me vean así —susurró Brenda.
Entró el mismo hombre con quien ella había chocado.
—Hola, señorita. Nos vemos de nuevo —dijo él, sonriente.
—¿Se conocen? —preguntó Roger, frunciendo el ceño.
—Señor Mancini, sin querer choqué con la señorita hace un momento —respondió el socio.
—Ah, comprendo. Te presento a mi hermosa mujer y madre de mi hijo, Brenda Suárez —dijo Roger, con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
—Mucho gusto. Augusto Casas. ¿Van a ser padres?
—Sí, señor —respondió Brenda, cortante.
La secretaria entró a avisar que todos los socios estaban listos. Caminaron hacia la sala de juntas. Roger murmuró:
—Ahora hablamos usted y yo, señorita.
—¿Qué hice ahora? —preguntó Brenda, desconcertada.
Terminada la junta, Roger volvió a la oficina.
—Amor, ¿por qué no me dijiste que habías chocado con él?
—Amor, en serio. ¿Vamos a discutir por eso? Solo choqué con él y me disculpé.
—¡Le gustaste a mi socio!
—¡No tengo la culpa! Me dijo algo tonto y ya. Yo no le respondí nada más.
Roger la acorraló contra la pared, los celos marcados en su rostro.
—Eres mía. No hables con hombres, no los mires.
—Roger, me estás lastimando. ¡Amor, me haces daño! Yo te amo a ti.
Él, al notar su expresión, bajó la mirada.
—Lo siento, me cegan los celos —susurró, acariciándole el abdomen—. No los quiero perder.
—Vamos a un restaurante, ¿sí? —dijo para aliviar la tensión.
—Está bien…
En el restaurante, una mujer se acercó a Roger.
—Hola, Roger. Tiempo sin verte.
—Hola, Maribel. ¿Aún vives acá?
—Estoy en París. Pasaba por trabajo. Si quieres, te doy mi dirección para que me visites.
Brenda solo la miró, incómoda. Durante la comida estuvo callada y al llegar a casa, fue directo a la habitación.
—¿Te pasa algo? —preguntó Roger.
—No, solo tengo sueño.
—No, a usted le pasa algo.
—Sí. ¡Mira la marca que me dejaste por tus celos! A mí me reprochas todo. Cometí un error una vez y no me lo perdonas, pero tú sonríes y coqueteas con esa tipa delante de mí. ¡Y yo no te digo nada!
—¿Vas a empezar con tus berrinches? —soltó Roger, cansado.
—¡Passs! —lo cacheteó—. ¡Te odio, Roger! —gritó, rompiendo en llanto.
Roger se quedó inmóvil. Su rostro, tenso.
—Disculpa, tienes razón. Yo te exijo mucho sin darte lo justo. Perdóname, mi amor, ¿sí? Mírame, princesa.
—No quiero verte. ¡Vete! —gritó Brenda, dándole la espalda con lágrimas en los ojos.
Roger no insistió. Cerró la puerta con suavidad y se quedó del otro lado, con un nudo en el pecho.