Lo que el silencio esconde
Lucía es dulce, callada, invisible. Nadie sabe lo que guarda. Ni siquiera ella.
Hay cosas que su memoria enterró, pero su cuerpo no olvida. Pesadillas que no puede explicar. Silencios que pesan como losas. Una sonrisa que aprendió a usar como escudo.
Todo cambia cuando él aparece. No la toca. No la sigue. Solo la mira. Y esa mirada le susurra algo que la hiela: él sabe lo que ella olvidó.
Pronto descubrirá que no está solo. Que hay más personas mirando desde las sombras. Que su pasado nunca estuvo muerto, solo esperaba.
Y que el verdadero terror no son los monstruos que vienen de fuera… sino los que llevamos dentro y un día deciden despertar.
NovelToon tiene autorización de Roberto González Álvarez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15: Y mi papá, ¿dónde está?
La biblioteca seguía en silencio.
Lucía seguía allí, con los dedos manchados de aquel líquido rojo que podía ser sangre o no. No se había movido desde que escuchó la voz a sus espaldas. Desde que vio la puerta abierta y el reguero que antes no estaba.
Pero algo había cambiado.
No era el miedo. El miedo seguía ahí, pegado a su piel como una segunda capa. Era otra cosa. Era una pregunta que había estado dormida durante años y que de repente se despertaba con la furia de un animal acorralado.
Y mi papá, ¿dónde está?
Lo dijo en voz alta, sin pensarlo. Las palabras salieron solas, como si alguien las hubiera estado guardando para este momento.
—¿Papá? —repitió, y su voz sonó extraña, casi de niña.
Nadie respondió. Pero el eco de la pregunta quedó flotando entre las estanterías, mezclándose con el olor a libros viejos y a ese algo metálico que no la dejaba respirar.
Lucía cerró los ojos.
Y entonces, sin quererlo, sin buscarlo, empezaron a llegar las imágenes.
Una casa que no reconocía. Un hombre con bigote que la alzaba en brazos. Un coche que se alejaba mientras ella lloraba pegada a la ventanilla trasera. Una discusión. Una puerta que se cierra. Y después, nada. Un vacío enorme donde debería estar su padre.
—Nunca me hablaron de él —susurró, como si acabara de descubrir algo evidente—. Mi abuela nunca. Mi madre nunca. Nadie.
Abrió los ojos. Las manos le temblaban. El picaporte ensangrentado seguía allí, delante de ella, como una respuesta que no terminaba de dar.
Recordó entonces algo que siempre había estado ahí, pero que nunca había cuestionado. En su casa no había fotos de su padre. En los cumpleaños, nadie mencionaba su nombre. Cuando los compañeros del colegio preguntaban, su madre cambiaba de tema con una habilidad que ahora, vista en retrospectiva, resultaba sospechosa.
—¿Por qué nunca pregunté? —se dijo a sí misma, y la pregunta le dolió más que la cicatriz del muslo.
Porque el silencio se había vuelto costumbre. Porque el vacío se había vuelto normal. Porque cuando llevas toda la vida sin algo, terminas por no echarlo de menos. O eso crees.
Pero ahora, con el miedo a flor de piel y los recuerdos empezando a filtrarse como agua por una grieta, la ausencia de su padre se había vuelto enorme. Insoportable.
—Daniel —dijo de repente—. Daniel tiene que saberlo.
Sí. Daniel, que la conocía desde niña. Daniel, que estaba allí cuando ella llegaba a la biblioteca con la cabeza gacha y los ojos tristes. Daniel, que nunca preguntaba, pero que siempre observaba.
Daniel, que ahora había desaparecido dejando un rastro de sangre.
Lucía apretó los puños. El miedo seguía ahí, pero algo más empezaba a crecer por debajo. Algo que no sentía desde hacía años.
Rabia.
—¿Dónde está mi padre? —gritó, esta vez sin importarle quién pudiera escucharla.
El silencio de la biblioteca fue su única respuesta.
Pero entonces, muy lejos, como llegando desde otra dimensión, escuchó algo. Pasos. Alguien caminaba por la acera, acercándose a la puerta principal.
Lucía contuvo el aliento. Se quedó inmóvil, como un animal que huele al depredador.
Los pasos se detuvieron justo al otro lado de la puerta.
Y luego, un golpe. Tres golpes. Secos. Seguros.
—¿Hay alguien ahí? —dijo una voz de hombre desde afuera—. Soy policía. Abran, por favor.
Lucía sintió un alivio tan inmenso que las piernas casi le fallaron. Cruzó la biblioteca a trompicones, llegó a la puerta y la abrió.
Ahí estaba. Joven, moreno, con el uniforme algo arrugado y el aliento que olía vagamente a alcohol. Pero sus ojos eran sinceros. Y su placa, real.
—Soy el agente Julio Vega —dijo él, mirándola con preocupación—. ¿Se encuentra bien? Tiene las manos manchadas de…
—No es mía —cortó Lucía, mostrando las palmas rojas—. No es mi sangre.
Julio frunció el ceño. Miró más allá de ella, hacia el interior de la biblioteca. Vio el mostrador vacío. La silla apartada. La puerta de la trastienda entreabierta.
—¿Hay alguien más dentro?
—No lo sé —respondió Lucía, y su voz se quebró—. El bibliotecario… Daniel… creo que le ha pasado algo.
Julio asintió. Sacó su arma, aunque sin apuntar, y entró con paso firme.
—Quédese aquí —ordenó—. No entre hasta que yo le diga.
Lucía obedeció. Se quedó en la puerta, abrazándose a sí misma, mientras el policía desaparecía entre las sombras de la biblioteca.
Y entonces, en medio del silencio, volvió a escuchar la pregunta que le había estallado en la cabeza minutos antes.
Y mi papá, ¿dónde está?
Esta vez, alguien respondió.
No con palabras. Con una imagen. Un recuerdo que llevaba catorce años esperando.
Su padre. De rodillas. Con las manos atadas. Y detrás de él, el mismo hombre del sótano. El del cigarro. El de la cabeza en el refrigerador.
Sonriendo.
—No —susurró Lucía, y el mundo empezó a girar a su alrededor.
Justo antes de desmayarse, alcanzó a ver a Julio saliendo de la trastienda con el rostro desencajado.
—No hay nadie —dijo él—. Pero hay sangre. Mucha sangre. Y algo más…
Lucía no escuchó el final. La oscuridad la envolvió como una madre que por fin llega a buscarla.
Pero incluso en el desmayo, la pregunta seguía ahí. Ardiente. Implacable.
Y mi papá, ¿dónde está?