Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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La Invitación
-April-
El teclado de mi laptop no dejaba de sonar mientras intentaba darle forma a la tesis. Mi investigación se centraba en Clínica y Cirugía: tratamientos, patologías y métodos de diagnóstico en animales pequeños y grandes. Las referencias iban desde autores de los años ochenta hasta los más actuales.
El avance de la ciencia. El progreso. Todo eso que normalmente me entusiasmaba.
Esa noche, la cafeína era lo único que me mantenía medianamente cuerda.
Agradecía que fuera viernes. Con el estado de ánimo que tenía, no habría sido capaz de rendir en el centro.
Apagué el monitor y arrastré hacia mí un volumen viejo de A. C. Shuttleworth y R. H. Smythe. Un manual clásico de cirugía veterinaria. Lo abrí más por costumbre que por concentración real.
El sonido de una llamada entrante me hizo abrir los ojos de golpe. Me levanté demasiado rápido y el mareo me obligó a apoyarme un segundo en la mesa.
—April Josephine —la voz de mi madre hizo que el corazón se me encogiera—. ¿Estás en casa, hija?
Miré a mi alrededor por reflejo: un plato sucio, la toalla mal doblada sobre el mueble, migajas sobre la barra.
—Sí, madre. Estoy aquí.
Guardé lo que pude mientras el golpeteo en la puerta me hacía dar un pequeño salto.
—Ábreme —dijo Elena, tanto al otro lado de la puerta como a través del teléfono que todavía tenía pegado a la oreja.
Al abrir me abrazó con una ternura que no esperaba y yo le devolví el gesto con sinceridad. Tenerla cerca seguía sintiéndose como un alivio, aunque fuera temporal. A su edad se conservaba bien. Demasiado bien, a veces.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó mientras caminaba hacia la cocina y abría la nevera.
—Lo de siempre.
Sacó la jarra de jugo, se sirvió un vaso y empezó a hablarme de su último viaje a una isla de Venezuela. De lo tropical, de la gente, del mar, de la comida. Yo asentía, todavía con la cabeza nublada por el cansancio.
Hasta que soltó:
—Conocí a alguien.
Fruncí el ceño. Pero obtuvo toda mi atención.
—¿En Venezuela?
Me miró con una sonrisa un poco pícara.
—Jamás creí en el amor a primera vista.
La observé en silencio unos segundos.
—Si no te conociera, diría que estás enamorada.
Se atragantó ligeramente con el jugo y me lanzó una mirada de reproche.
—Entonces, ¿el misterioso tiene nombre?
—Pierre.
—¿Y hace cuánto se conocen?
—Cuatro meses.
Alcé un poco la voz, más por sorpresa que por enojo.
—¿Cuatro meses, Elena? ¿Y recién me entero?
—No uses ese tono conmigo, Josephine. Soy tu madre. —Su expresión se volvió más seria, casi melancólica—. También tengo una vida. Y creo que puedo ser feliz.
La honestidad de esa frase me desarmó. Me acerqué y la abracé.
—No importa quién sea —dije contra su hombro—. Se nota que te está haciendo bien.
Ella me devolvió el abrazo con fuerza. Después se separó, echó un vistazo al apartamento y comenzó a buscar con nerviosismo en su cartera. Al final me extendió un sobre blanco.
Lo tomé con curiosidad. Mi corazón empezó a latir más rápido cuando reconocí la letra.
Dirigida a: April.
Abrí el sobre. Dentro había una invitación elegante de dos anillos y dos copas en relieve.
La boda de Julio.
Junto a su nombre, el de Emily.
El aire se me atascó en la garganta. Me agarré del borde de la barra de la cocina porque las piernas me flaquearon.
De pronto, sin permiso, algo vino a mi mente.
Tenía nueve años. La cocina de la casa antigua olía a mantequilla derretida y a vainilla. La luz de la mañana entraba sesgada por la ventana, dejando un rectángulo dorado sobre el piso de baldosas. Julio me había subido a la barra fría de granito. Yo todavía llevaba el pijama de estrellas y los pies descalzos se me enfriaban contra la piedra. Él movía la mezcla con exagerada solemnidad, como si fuéramos grandes chefs, y de vez en cuando me pasaba el bol de madera para que yo removiera. La masa era espesa, dulce, y se me pegaba entre los dedos.
—Con fuerza, sous-chef —decía en voz baja, casi conspiradora—. Así salen esponjosos.
Elena estaba sentada en la mesa, con las dos manos rodeando su taza de café. El vapor le subía a la cara. Nos miraba con esa sonrisa cansada y cálida que solo aparecía los domingos. Cuando me vio con harina hasta los codos, soltó una risa suave.
—Van a dejar la cocina hecha un desastre.
Julio se giró hacia mí, me levantó un poco más y me manchó la nariz con un toque de masa. La textura era fría y pegajosa. Yo chillé de risa. Él también se rió, con esa carcajada grave que llenaba toda la casa.
—Esta es mi niña —dijo, y me apretó con un brazo contra su costado—. La mejor sous-chef del mundo.
Elena negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Los dos están iguales… imposibles.
En ese entonces el aire olía a hogar. A algo que creía imposible de romper.
Parpadeé.
La invitación seguía frente a mí, nítida y cruel. El nombre de Emily junto al de él. El olor a mantequilla y vainilla se desvaneció de golpe, dejando solo el gusto metálico de la rabia en la boca.
—No entiendo.
Las manos me temblaban. Las lágrimas salieron antes de que pudiera detenerlas. Era una rabia vieja, una que creí enterrada, y de pronto estaba otra vez quemándome por dentro.
—Hija… —Elena intentó acercarse.
—No logro entender qué haces hablando con él.
—Solo déjame explicarte…
—Nos hundió —la interrumpí nuevamente, con la voz rota—. Ese hombre nos destrozó y ahora aparece como si nada para casarse con ella.
Arrojé la invitación lejos de mí. Mi madre se quedó quieta, mirándome llorar sin poder hacer mucho más que estar presente.
No sé cuánto tiempo pasó. Solo sé que en algún momento terminé acostada en la cama, con la cabeza apoyada sobre sus piernas, mientras ella me apartaba el cabello de la cara con sus suaves dedos.
—Nos dañó —dijo al fin, en voz baja—. Lo sé mejor que nadie.
Se quedó callada un momento, acariciándome ahora el cabello.
—Durante mucho tiempo también lo odié. Pero el odio me estaba comiendo por dentro, April. No lo justifico, solo ya no quiero que ese hombre siga teniendo tanto poder sobre nosotras. Ni siquiera ahora.
Apreté los puños con tanta fuerza que las uñas se me clavaron en la palma.
—No puedo vivir con rencor para siempre, April. Julio fue importante en nuestras vidas. Te crió. Tienes tanto de él.
—Mamá, basta.
Mi voz salió apenas como un susurro. La garganta me ardía. Los ojos me escocían. Solo quería desaparecer.
Elena suspiró y no dijo nada más.
Nos quedamos en silencio mientras el resto del mundo seguía girando, ajenos a lo que se acababa de romper otra vez dentro de mí.